El último gabinete de Arce
El 55% cosechado en 2021 no impidió que el gobierno de Arce acabe roto e incapaz de sacar adelante iniciativas ni controlar la crisis
Aunque técnicamente es una formalidad, este miércoles se “celebra” el último gabinete de ministros con el presidente Luis Arce al frente. Se entiende que todos los ministros entregarán sus renuncias y se mantendrán en funciones hasta que el nuevo presidente, Rodrigo Paz Pereira, tal vez el mismo 8 de noviembre o el 9, nombre a su nuevo equipo. Son tres días de interinato donde aparentemente no se podrán tomar decisiones de fondo ni que condicionen al próximo gobierno – adjudicar obras, cambiar reglamentos, o similar -, pero por la naturaleza propia del gobierno saliente, conviene estar atentos a estos últimos movimientos.
Con ese acto formal se cierra la gestión presidencial de Luis Arce, que si hace cinco años no se preveía que sería sencilla, desde luego, nadie esperaba que acabara en el desastre al que asistimos impávidos.
El final ha sido especialmente vergonzoso: a los escándalos financieros manchados, presuntamente, de corrupción y nepotismo, se unen vilezas morales
Arce llegó al poder de forma contundente. Los 11 meses del gobierno de Áñez, que debían ser de transición, fueron un extravío de principio a fin. Los exabruptos de determinados personajes y también el manejo de la pandemia desmontó el mito del cambio y los bolivianos volvieron a elegir al MAS con un 55%, lo que de alguna forma dictaba sentencia sobre lo sucedido en 2019, donde el problema fue la candidatura de Evo Morales por encima de la Constitución y el referéndum del 21 de febrero de 2016.
La selección de Arce como candidato fue exclusiva de Evo Morales, o al menos él asumió el desgaste desde Buenos Aires en contra del criterio de los movimientos sociales, pero para entonces el expresidente hacía tiempo que escuchaba más a su círculo palaciego, más preocupado por blindar el manejo económico y financiero del Estado.
Arce era la opción de ese círculo, aunque Morales no tardó en darse cuenta de que no era la suya. Los roces empezaron pronto y cuando se avecinó la crisis – y los aliados del círculo palaciego pensaron esencialmente en sus dólares y sus negocios – intentó blindar al MAS acusando a Arce de desviar el proceso.
La ruptura en el partido hegemónico llevó la gestión a un callejón sin salida, incapaz de tomar iniciativas legislativas concretas ni negociar nada, se pasó al decreto puro y duro, pero sin amenazar a los poderes fácticos que seguía controlando. El TCP le quitó la sigla a Morales y se la dio a Arce, aunque para entonces el fracaso ya estaba firmado.
Arce sufrió el final de un modelo que lo hubiera sufrido cualquiera y seguramente, no hubiera podido hacer nada muy diferente: el gas se acabó, el proyecto del litio estaba descarrilado desde hacía tiempo, los exportadores y bancos dejaron sus dólares afuera y las RIN se agotaron comprando combustible para seguir alimentando el círculo. Arce y sus jóvenes tiburones de la economía pública fueron incapaces de enderezar el proyecto.
El final ha sido especialmente vergonzoso: a los escándalos financieros manchados, presuntamente, de corrupción y nepotismo, se unen vilezas morales como la de no hacerse un ADN para confirmar o desmentir la existencia de un hijo fuera del matrimonio o la de tener a Marcelo Arce Mosqueira un mes prófugo por golpear a su pareja.
Hay muy poco destacable de la gestión. Quizá los planes de reactivación de la exploración capitaneada ahora por YPFB que empiezan a dar tímidos resultados. El resto está descontrolada: la biodiversidad asediada por mineros y agroindustriales; la violencia del narco creciendo, la Justicia degradada a mínimos imposibles…
La mejor de las noticias es que el tiempo ya se acaba, pero ojo. Los problemas siguen ahí.


