La cultura, patrimonio y futuro
Si no se entiende su valor, al menos se puede considera que la cultura en Tarija es también una oportunidad: la “economía naranja” puede ser un nuevo motor de desarrollo.
Cada 4 de noviembre el mundo celebra el Día de la UNESCO, la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura, fundada en 1945, tras los horrores de la Segunda Guerra Mundial. Su propósito fue —y sigue siendo— construir la paz en la mente de las personas a través del conocimiento, la cooperación y la comprensión mutua. Desde entonces, la UNESCO ha protegido patrimonios materiales e inmateriales, ha promovido la libertad de expresión y ha impulsado la educación y la ciencia como cimientos de sociedades más justas, y aunque últimamente se haya convertido en el objeto de la ira de negacionistas y supremacistas, y el mismo presidente de Estados Unidos se haya esforzado siempre por destruir una institución encargada de proteger la cultura, sus huellas mundiales la avalan.
En Tarija, su nombre resuena con orgullo: la fiesta de San Roque está bajo su amparo desde 2023, ganando en institucionalidad y proyección internacional, y la de Comadres avanza con firmeza hacia el reconocimiento de la Institución. Son logros simbólicos y poderosos, que nos recuerdan que la identidad también se construye y se defiende, y que darle todo el valor y cariño a las tradiciones para que sean reconocidas contribuye, precisamente, a su sostenibilidad.
La cultura no se conserva encerrándola, sino dándole vida, recursos y espacio para crecer.
Pero claro, no basta con el reconocimiento. La cultura —y aquí hablamos más allá del folklore— requiere políticas serias, recursos sostenidos y una visión que la entienda como una inversión, no como un gasto. La cultura es el epicentro del ser y aquello que fluye desde las pulsiones creativas para reivindicarnos como especie y como sociedad, pero también es la primera víctima en los tiempos difíciles: Es urgente que desde el nivel departamental y municipal se creen fondos estables para la revalorización cultural: para los artistas, los gestores, los investigadores y todos los que trabajan en la vasta cadena de la llamada economía naranja, donde la creatividad genera empleo, valor y orgullo.
Tarija tiene una riqueza cultural excepcional, pero corre el riesgo de fosilizarla si solo la celebra sin proyectarla. Conservar no significa congelar. Cada danza, cada canción, cada oficio y cada historia deben evolucionar con su tiempo, dialogar con lo contemporáneo, abrirse al mundo sin perder su raíz.
No podemos esperar que la UNESCO, ni ningún otro organismo externo, resuelva lo que nos corresponde. La defensa y promoción de nuestra cultura empieza en casa, con decisión política, compromiso ciudadano y una mirada que si no es capaz de reconocer la belleza y la cultura como parte esencial de la convivencia, al menos contemple que en la cultura también se juega el futuro económico de esta tierra, que dice querer apostar por el turismo y el desarrollo sostenible sin chimeneas.


