La cultura de los difuntos

Todos Santos es una tradición familiar que merece la pena sostenerse involucrando a los más jóvenes y cuidando todos los aspectos a su alrededor

Culmina hoy una de esos citas emblemáticas dentro de la cultura nacional, una muestra del sincretismo boliviano, capaz de conjugar en el mismo acto tradiciones ancestrales y ritual católico; creencias de fe y de reencarnación; moral cristiana y paganismo puro, y es que la celebración del Día de Difuntos y el Día de Todos Santos trasciende las propias reglas en tanto que cada familia lo hace suyo y lo interpreta de acuerdo a su amor, porque de eso van estos días.

En síntesis, Todos Santos va de recordar a los familiares perdidos, de honrarlos y festejarlos, lo que en sí contribuye precisamente a solidificar los lazos de las familias con sus ancestros. Son las jornadas en la que los familiares nos reunimos para recordar, que es al final el volver a vivir. Es la jornada también en la que los niños pueden reconocer, preguntar y entender quién era aquel abuelo o aquel papá perdido o mamá desaparecida precozmente.

Todo lo demás es ritual, que no deja de ser importante en tanto que es lo que ayuda a conservar precisamente la práctica, pero en lo que es difícil ponerse de acuerdo. Lo estándar, más o menos, en Tarija es armar la mesa de difuntos con las imágenes de los familiares, llenarla con los alimentos, bebidas y otros objetos o vicios de los que gustaba el fallecido – no el doliente, aunque también – y además decorar con las habituales flores aromáticas de la región. Velas, escaleras, masitas de pan, etc., se colocan al gusto de la familia.

La mesa en sí se debió colocar al mediodía del 1 y se levanta al mediodía de este 2, normalmente compartiendo con la familia, aunque esto también es al gusto de cada uno. La cuestión de fondo es sentir que el difunto ha retornado a compartir con la familia en el momento actual, no en el pasado ni en el futuro, sino en este momento en el que tal vez haya nietos, nuevos oficios, nuevas victorias o derrotas. No se trata de detener ni de retroceder en el tiempo.

Por el medio se suele ir al cementerio, aunque en estos tiempos de agobios las visitas de rigor se pueden adelantar en el tiempo o retrasarlas, porque al final lo dice la práctica es que el difunto llega a la mesa. En cualquier caso, llegar hasta el nicho o la lápida, también en familia, para compartir también algún gusto del agrado del difunto resulta habitual, también oraciones de cualquier credo y, de nuevo, la vida y las anécdotas.

Lo que pasa con las tradiciones es que muchas veces se van degradando con el paso de los años, se pierden las esencias y se incorpora parte del folklore, y lo que es peor, se empiezan a hacer cosas sin saber muy por qué se hacen, y se acaban perdiendo los valores que los sustentan.

Todos Santos es una tradición familiar que merece la pena sostenerse involucrando a los más jóvenes y cuidando todos los aspectos. Sin duda es una máxima expresión de la bolivianidad.


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