Ciudades para vivir juntos
El Día Mundial de las Ciudades nos invita a mirar el espacio urbano no solo como un conjunto de calles y edificios, sino como el reflejo más visible de cómo convivimos —o dejamos de hacerlo— como sociedad.
El 31 de octubre se celebra el Día Mundial de las Ciudades, una fecha que la ONU instituyó en 2014 con la intención de recordarnos que el mundo ya es, esencialmente, urbano. Más de la mitad de la humanidad vive hoy en ciudades, y para 2030 se estima que esa cifra alcanzará los cinco mil millones de personas. No es solo una cuestión de números: es el modo de vida predominante de nuestra época. Vivimos en ciudades, y las ciudades nos definen.
Pero en Bolivia, y particularmente en Tarija, nuestras urbes están aún lejos de ser esos espacios inclusivos, seguros y sostenibles que propone la Nueva Agenda Urbana de Naciones Unidas. Las ciudades bolivianas han crecido, pero no se han desarrollado al mismo ritmo; se expandieron territorialmente pero sin planificación, sin servicios adecuados, sin transporte digno ni mecanismos efectivos de gestión ambiental. Es una urbanización de sobrevivencia, más que de convivencia, y a estas alturas cualquier intervención que busque ordenar la ciudad genera conflictos.
Tarija y las ciudades bolivianas necesitan políticas urbanas que piensen la identidad como futuro compartido: planificar para incluir, construir para convivir.
En Tarija, la ciudad ha sido históricamente un refugio de identidad y cultura, pero también un laboratorio de contradicciones. La gestión de los servicios públicos sigue siendo fragmentaria, con empresas municipales desbordadas o dependientes de decisiones políticas antes que técnicas. El transporte público, en manos privadas y atomizadas, no responde a una lógica de servicio sino de subsistencia; no articula barrios ni promueve eficiencia energética ni movilidad sustentable porque los choferes dependen de cuanta más gente suba a su vehículo y es así, sin embargo, como sigue siendo el modo en que miles de tarijeños se mueven cada día, en medio del caos, la informalidad y la resignación.
Los viejos clivajes siguen presentes en Tarija y el mapa de color de la última elección sigue mostrando diferencias sentidas entre el centro y los barrios al otro lado de la Circunvalación, lo que deja varios desafíos activos para vivir mejor: reconstruir una idea de ciudad como espacio de convivencia, donde las diferencias no se conviertan en fronteras. Necesitamos políticas urbanas que piensen la identidad no solo como historia compartida, sino como futuro compartido. Que un plan de transporte, una red de saneamiento o un nuevo barrio no sean simples obras de infraestructura, sino oportunidades para reforzar el tejido social y la pertenencia.
La ONU recuerda que las ciudades deben ser diseñadas para “vivir juntos”. Ese debería ser también el lema de nuestra política urbana: diseñar para convivir, planificar para incluir, construir para permanecer. En tiempos de desconfianza y fragmentación, nuestras ciudades podrían volver a ser —si lo decidimos colectivamente— el mejor antídoto contra la desintegración social que amenaza a Bolivia.
Porque no hay país posible sin ciudades que funcionen. Y no hay ciudad posible sin ciudadanos que se sientan parte de ella.


