El acuerdo Paz - Lara

Lara es el vicepresidente, pero aún debe construir su poder, pues probablemente sea Rodrigo Paz quien más lo necesita.

La democracia nunca ha sido tan perfecta como se explica en los libros de texto ni en las más ilustres universidades. En Bolivia tampoco, aunque no somos ni los peores del mundo, ni tampoco los mejores. Todavía se hacen chistes sobre que una vez gobernó el tercero, despreciando así el valor del pacto que es esencial en la convivencia democrática, mientras se idealizan situaciones que deberían ser anómalas, como que un solo partido tenga los dos tercios del parlamento y por ende, pueda aplicar el rodillo cuando lo desee.

Afortunadamente la democracia tiene sus mecanismos de corrección y un poder popular que es capaz de darse cuenta de los errores y tomar las medidas necesarias para corregirlos. Aún así, en los últimos 20 años hemos perdido la capacidad de reconocer la negociación y la capacidad de llegar a acuerdos como el elemento central.

Evo Morales tuvo a su lado a un Álvaro García Linera que no representaba bases, por lo que su responsabilidad era con el presidente y nadie más. Luis Arce asumió la presencia de David Choquehuanca para calmar a la base aymara en aquel turbulento 2020, y desde luego, su escaso ritmo de trabajo le ha generado pocos problemas. García Linera manejó desde 2009 una Asamblea con dos tercios; Choquehuanca tenía que manejar una con mayoría muy holgada, pero después del quiebre, a pesar de las posibilidades aritméticas para lograr impulsar proyectos o leyes, simplemente no se intentó siquiera.

Una Asamblea plegada comparte éxitos, pero no fracasos. Paz y Lara han recibido el respaldo del campo popular, pero deben hacerse con los mecanismos que les garantice una interlocución más o menos directa

El binomio Rodrigo Paz y Edmand Lara es intrínsecamente distinto a los anteriores y el momento político también lo es, pero será en la suerte que corra esa pareja donde se juegue la famosa “gobernabilidad” del Estado.

Rodrigo Paz y Edmand Lara han sabido ganar la elección, pero carecen de base social y de militantes puros. No tienen seguidores obsecuentes sino vigilantes activos que recuerdan sus promesas, todas detalladas en las ricas hemerotecas digitales que se guardan en cada celular.

Formalmente, Rodrigo Paz no va a tener dificultades para aplicar sus ideas: tanto Libre como Unidad le han dado respaldo incondicional – aunque habrá que verlo en el detalle – en parte convencidos de que sus programas sobre todo económicos, no difieren.

Una Asamblea plegada comparte éxitos, pero no fracasos. Paz y Lara han recibido el respaldo del campo popular, pero deben hacerse con los mecanismos que les garantice una interlocución más o menos directa y fluida, que desde luego no son mensajes de TikTok a altas horas de la madrugada, pues el “riesgo” de que sean esencialmente amarrados por aquellos que no ganaron, es absolutamente real. Las promesas están grabadas.

Paz y Lara deben también acordar mecanismos para administrar sus diferencias. Todo el mundo entiende que no son la misma cosa y que no están amarrados para siempre, que piensan distinto y que tendrán criterios divergentes, pero es necesario mostrar cohesión.

Lara es el vicepresidente, pero aún debe construir su poder, pues probablemente sea Rodrigo Paz quien más lo necesita.


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