El voto y la vida

La democracia no se agota en el voto; se construye todos los días con honestidad, trabajo y respeto

Bolivia amanece hoy con el corazón en vilo y la cabeza llena de preguntas. Es día de elecciones, de un balotaje inédito, y eso, más allá de todo lo que se diga, también es motivo de orgullo. Porque votar sigue siendo un acto de fe: fe en el país, en la democracia y, sobre todo, en nosotros mismos, pero no todos pueden votar y alguna vez hemos temido que no pudiéramos hacerlo.

Las campañas ya quedaron atrás. Y qué campañas. Los discursos, los agravios, las promesas imposibles… todo eso ya no importa. O al menos es relativo, forma parte del pasado. Hoy manda el ciudadano, con su papeleta en la mano y su conciencia en calma. No importa por quién se vote —ni siquiera si se vota en blanco o se anula el voto— lo que importa es participar. Decir presente. Reafirmar que este país sigue perteneciendo a su gente, no a los caudillos ni a las élites, y que se vota con conciencia y para dejar mensajes.

Gane quien gane, Bolivia seguirá haciendo lo que mejor sabe hacer: levantarse, trabajar y resistir.

La política en este país tan pequeño, con tantas necesidades y tan pocas oportunidades, tiene un componente perverso porque toca de cerca, el vecino del vecino, el amigo del padrino, el sobrino de la casera, pero al final, pase lo que pase esta noche, gane quien gane, pierda quien pierda, Bolivia seguirá haciendo lo que mejor sabe hacer: levantarse temprano, trabajar, resistir, y volver a empezar. Ningún resultado electoral cambiará esa verdad elemental que sostiene a este país desde siempre: que el progreso real nace del esfuerzo cotidiano de millones de bolivianos que no se rinden ni se resignan.

Quizá mañana el panorama político siga confuso, o las redes se llenen de euforia y rabia. Ojalá nadie grite “fraude”, como es común en todo el mundo últimamente, pues en cualquier caso, en las calles, en los mercados, en los talleres y en las aulas, la vida continuará. La democracia no se agota en el voto; se construye todos los días con honestidad, trabajo y respeto. Y en eso, el pueblo boliviano lleva ventaja: sabe sobrevivir a las crisis, sabe cuidarse entre sí, sabe seguir y cuando hace falta, también sabe bajar.

Hoy celebremos ese espíritu. No el de los partidos, sino el de la gente común, la que no sale en los titulares pero sostiene al país con sus manos. Esa Bolivia silenciosa, trabajadora y digna que no espera milagros del poder porque confía más en su propio sudor.

Votar es importante, pero creer en nosotros mismos lo es aún más. Que cada ciudadano, al depositar su voto, lo haga con alegría, sin miedo y con la certeza de que, pase lo que pase, este país seguirá caminando. Porque Bolivia no depende de un nombre ni de un resultado: depende de su gente.

Y a quien resulte elegido le toca estar a la altura de esa gente. Dejar de hablar en nombre del pueblo y empezar a escucharlo; gobernar con humildad, sin soberbia ni rencor; asumir que el poder no es un privilegio, sino una carga moral. Que recuerde, cada día de su mandato, que los bolivianos no piden milagros, solo respeto, trabajo y un futuro posible. Lo demás —la dignidad, la esperanza, la paz— el pueblo ya lo pone.


Más del autor
El castigo de los avaros
El castigo de los avaros
Tema del día
Tema del día
La salud también se educa
La salud también se educa