Todos los votos cuentan

El país ha vivido demasiadas elecciones en las que el miedo, la manipulación o la culpa han sustituido al criterio, pero ya no

Después de una campaña electoral eterna, estamos aquí: a 24 horas de elegir presidente. Llegamos a una nueva jornada electoral marcada por el cansancio, la incertidumbre y, sin embargo, en algún lugar, también por la esperanza. Este domingo no solo se elige un nuevo presidente, se mide el pulso de una ciudadanía que, pese a todo, sigue creyendo en el voto como el acto más elemental de libertad. En un país donde los extremos intentan capturar la política y coaccionar al ciudadano en base a miedos y falsedades, ejercer el derecho al voto es un acto de rebeldía cívica y de dignidad. Y no, no hay solo dos opciones.

No hay voto pequeño. No hay voto inútil. No hay voto inocuo. Cada papeleta —marcada, en blanco o anulada— expresa una voluntad política y forma parte de la conversación colectiva que define quiénes somos. Por eso, es importante recordar que en Bolivia votar es obligatorio, sí, pero la forma de hacerlo sigue siendo libre. Nadie puede imponer la conciencia.

El voto no es un cheque en blanco ni un arma de guerra: es un espejo.

Votar por un candidato es expresar confianza, aunque sea mínima, en un proyecto o en una persona. Votar en blanco, en cambio, significa que ninguna de las opciones lo representa, pero que se participa de todos modos, porque se cree en la democracia como método, aunque se desconfíe de sus protagonistas. Y anular el voto, hoy que nadie reclama ese porcentaje para él, recupera el sentido político que siempre tuvo: es un grito de inconformidad, una forma de decir que el sistema necesita una sacudida y, en el balotaje en particular, un rechazo a la resolución sea cual sea, aunque se acate. Quiere decir que no te da igual quien gobierne, sino que desearías que no lo hiciera ninguno.

El país ha vivido demasiadas elecciones en las que el miedo, la manipulación o la culpa han sustituido al criterio. Que si no votas “útil”, favoreces al enemigo; que si no eliges “al menos malo”, estás traicionando a tu región o a tu clase. Ya no. El voto no es un cheque en blanco ni un arma de guerra: es un espejo. Y lo que refleje dependerá de nuestra capacidad de mirar con serenidad lo que de verdad queremos para Bolivia.

Votar sin miedo es votar sin cálculo, sin presión, sin rabia. Es asumir la responsabilidad de ser ciudadano incluso cuando la oferta política no entusiasma. Es recordar que la democracia se sostiene tanto por los que eligen como por los que se niegan a elegir entre lo mismo de siempre.

El lunes, gane quien gane, el país seguirá enfrentando los mismos problemas: la pobreza, la desigualdad, la desconfianza en las instituciones. Pero lo que habrá cambiado —si votamos con honestidad y sin miedo— será la manera en que nos miramos a nosotros mismos. Votar, incluso en blanco o nulo, sigue siendo la forma más civilizada de decir: estamos aquí, pensamos, y no renunciamos a la esperanza.


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