El asalto a la caja de las pensiones
La forma en la que se han decidido las inversiones del fondo más importante del país y el resultado social que le ha dado al país es el principal fracaso de la política económica del MAS
A lo largo de los últimos dos meses en El País hemos venido publicando una serie de reportajes que tienen un elemento común: la administración del fondo de pensiones de los trabajadores bolivianos. Se trata del principal fondo de inversiones del país dotado con unos 30.000 millones de dólares al tipo de cambio oficial, que se verá reducido en cuanto se aplique la devaluación que los candidatos prevén, sea cual sea el eufemismo que utilicen – sincerar, unificar, normalizar, etc., - aunque ese es otro debate.
Por lo general, los debates de políticos al respecto de la administración del fondo de pensiones se simplifican hasta el ridículo, pues aunque los datos públicos a fin de año demostraban que el 52% estaba depositado en el sistema bancario; un 34% en el Tesoro General de la Nación – en diferentes instrumentos -, un 3% en el extranjero – aunque sean los mismos bonos soberanos emitidos en el sistema internacional -, y el resto en “grandes empresas” que operan en el país, curiosamente a menudo catalogadas como “extranjeras”, aunque lo único que no sea boliviano sean lo dividendos que repatrían a sus países de origen.
El populismo político al que asistimos impávidos simplifica el asunto con un “el gobierno lo roba” y metiendo miedo a los jubilados o ahorristas sobre las posibilidades de que la plata se esfume. La receta alternativa suele ser la de volver a contratar a las AFP – más empresas extranjeras -, cuando lo cierto es que estas han tenido siempre un muy estrecho margen de decisión, pues al fin – como en todo el mundo - están normadas por decretos y un entramado normativo que prevé (o simula) salvaguardar los intereses de la nación y sus habitantes.
La realidad es mucho más compleja, pues la falta de mecanismos de transparencia y la incultura tributaria general (y normal) ha acabado por empoderar a un pequeño círculo de economistas y financistas, agarrados desde 2006 a la solapa de Luis Arce, que en oscuros despachos de altos edificios acaban definiendo inversiones millonarias, intereses, réditos, cuadros de accionistas y demás, a cambio de un miserable interés que acaba sumando a las míseras pensiones calculadas en base a una esperanza de vida inalcanzable, aunque esa es también otra historia.
Los datos analizados evidencian que los ahorros jubilatorios han servido para sostener negocios privados ante la indulgencia de los supervisores
A lo largo de estos reportajes se ha evidenciado como una tupida red de relaciones personales y políticas prohijadas por Morales, García Linera y Luis Arce son responsables de las más altas decisiones sobre el fondo y sus destinos. Se ha destripado cómo se mantiene esencialmente el sistema ideado en los 90 para inyectar capital de los ahorristas a los bancos y también a estas grandes empresas – Enfe, Sinchi Wayra, Telecel, Andina, BFC, Gravetal, etc., - incluso cuando sus balances públicos evidenciaban debilidades y sospechosas operaciones de auto préstamos e importaciones infladas que el supervisor no ha querido ver, y que las agencias calificadoras, siempre funcionales al negocio, tampoco. La plata de las AFP primero y de la Gestora después no ha dejado de fluir hacia ellas con muchísima condescendencia.
Aunque las operaciones puedan tener “visos de legalidad” o se trate de “conflictos éticos” – que en realidad no lo son - y todo el sistema mire para otro lado cuando se pone el dedo en la llaga, hay un problema de fondo que es, además, el gran debe del Movimiento Al Socialismo (MAS) en sus 20 años de gobierno: el acceso al crédito no se ha democratizado y las empresas no han crecido ni mejorado su productividad, calidad o competitividad a pesar de tener mejores márgenes de beneficio gracias a los subsidios al combustible y la energía, por ejemplo.
El proyecto nacionalista y nacionalizador del MAS se difuminó a las primeras de cambio, cuando alguien descubrió que el poder real los tenían “los de siempre”, y no era difícil hacer negocios con ellos. Todo cambió, pero en realidad, nada cambió.
Obviamente, una cosa fue administrar la bonanza y otra este fin de ciclo bochornoso. Puede ser que haya cosas que “no cambian nunca”, pero al menos: luz y taquígrafos.


