El reto de unir a Tarija: Chaco y Valle Central

La disputa histórica entre el Chaco y el Valle Central sigue marcando la política y la economía de Tarija

Tarija carga con una fractura interna que, aunque a veces se disimula en los discursos de unidad, sigue marcando el rumbo de su política y de su economía: la tensión entre el Valle Central y el Chaco. Dos territorios que se necesitan mutuamente, pero que han avanzado con recelos acumulados, promesas incumplidas y agravios que se reciclan en cada coyuntura electoral. Vivir de espaldas se ha convertido en común.

En el plano político, el origen de la autonomía regional chaqueña, que debía servir para cerrar esas heridas y garantizar la autogestión de una de las regiones más ricas y pujantes del país, no ha dejado de generar resquemores. En el Valle por los asuntos “separatistas”, que no hay que negar, sino limar; y en el Chaco, tras la práctica, como un engorro insuficiente. El resultado es que, casi dos décadas después, ni la autonomía departamental ni la regional han terminado de coordinarse, dejando un terreno fértil para la duplicación de estructuras, la dispersión de recursos y, en definitiva, la ineficiencia en la gestión pública.

Esa fractura también tiene consecuencias económicas. El Valle Central concentra la institucionalidad, la agroindustria y la vitivinicultura, pero el motor gasífero estuvo en el Chaco. Cuando las rentas eran altas, la disputa giraba en torno a la distribución de regalías; hoy, con la caída de la producción, la pugna se traduce en quién asume el costo de la crisis. En lugar de proyectar juntos un modelo productivo diversificado y complementario, las regiones se observan con sospecha, como si la ganancia de una supusiera la pérdida de la otra.

La próxima gobernación tiene el reto de transformar la desconfianza en cooperación y construir una agenda común para todo el departamento.

De cara a las elecciones departamentales de 2026, esta herida no puede seguir abierta. El próximo gobernador deberá proponerse como principal tarea política la reconciliación territorial. Y reconciliación no significa retórica de hermandad, sino construcción de una agenda concreta de integración.

Esa agenda debería partir de tres ejes que hoy son un poco menos campo de batalla, pero siguen:

Lo fundamental es tener competencias claras y asegurar la cooperación institucional. Gobernación y autonomía regional necesitan mecanismos estables de coordinación para planificar juntos políticas sociales, de infraestructura y desarrollo productivo. No se trata de suprimir autonomías, sino de hacerlas funcionales al bien común, y en esto los dos candidatos a la presidencia han prometido avances.

Es importante encontrar claves económicas que nos acerquen y nos hagan complementarios.  El Valle Central puede aportar su experiencia agroindustrial, turística y vitivinícola; el Chaco, su vocación energética y ganadera. Unidos, ambos territorios tienen un potencial exportador inmenso si se articulan cadenas productivas y se comparten infraestructuras logísticas.

Por último es importante asegurar la inversión en cohesión social. La integración no es solo institucional ni económica. Pasa por el intercambio cultural, académico y de servicios, de modo que un joven chaqueño vea en Tarija capital una oportunidad y un joven del Valle encuentre en el Chaco un espacio de expansión y empleo.

El 2026 puede marcar un punto de inflexión. La ciudadanía debería exigir a los candidatos a la Gobernación un compromiso serio con esta agenda de acercamiento. No se trata de elegir entre Chaco o Valle, sino de elegir a quien tenga la capacidad de gobernar para todo el departamento.

Si Tarija quiere ser más que la suma de sus partes, debe construir un proyecto común. Ese es el verdadero desafío de la próxima gobernación: suturar la fractura interna y sentar las bases de un desarrollo integral y compartido.


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