¿Una campaña violenta?

La dinámica de los escraches, y las mentiras, en un escenario electoral nuevo, pero en un país agotado, puede acabar convirtiéndose en un cóctel explosivo

Este domingo por la tarde, cuando la guardia se baja, fuimos víctimas como otros muchos medios de una malintencionada viralización de un video en el que la esposa de Edman Lara, hoy diputada electa, Diana Romero, respondía con golpes al acoso de una multitud que hacía caer su celular. Es lo que viene sucediendo desde el mismo 18 de agosto, y aunque no es excusa – pedimos encarecidas disculpas a nuestros lectores - encajaba perfectamente en el contexto que se viene viviendo en este tramo de la campaña electoral por la presidencia de Bolivia.

El asunto, tal como se viene materializando, ha dejado de ser un juego o una situación espontánea. Grupos más o menos organizados persiguen a Edman Lara y su esposa con el objetivo de sacarlos del control, pues han bastado unas pocas semanas de verdadera exposición pública – volaron bajo el radar durante toda la campaña – para conocer su explosividad.

A estas alturas del partido, el carácter no sirve ya de ninguna excusa. Edman Lara aspira a la vicepresidencia del país, el cargo que además obliga a tener más mano izquierda, pues sobre él recae la responsabilidad de coordinar la actividad legislativa con las diferentes bancadas, que este año además será de aritmética compleja. Lara y su entorno deben aprender técnicas para administrar sus apariciones públicas sin que eso le reste autenticidad. En los 20 años del MAS ha habido muchas autoridades populares y sin formación específica, incluyendo al propio Evo Morales, que han sabido ejercer el poder sin caer en ese tipo de altisonancias que más bien constituyen otro retroceso.

La victimización solo genera más rencores y sin darnos cuenta, se vuelve a servir la misma mesa de siempre en un escenario aparentemente totalmente distinto.

Dicho esto, la estrategia de convertir a Edman Lara en un peligro público es de alto riesgo, pues las redes sociales en sí constituyen un caldo de cultivo polarizado y muy abonado para la violencia. La victimización solo genera más rencores y sin darnos cuenta, se vuelve a servir la misma mesa de siempre en un escenario aparentemente totalmente distinto.

Obviamente en el PDC no se han quedado de brazos cruzados y han buscado también algún elemento con el que movilizar emociones de fondo. El post racista de Juan Pablo Velasco de hace 15 años – “a los collas hay que matarlos a todoooos” - es exactamente eso por mucho que haya pasado una eternidad desde entonces y los contextos hayan cambiado, pues lo cierto es que no han cambiado tanto. Desde luego, la estrategia de control de daños procediendo a eliminar la cuenta, negar la evidencia y negarse a responder señalando que son mentiras no es la mejor. Desde luego no va a tener fácil participar en actos en occidente, como a Lara se le están complicando los del oriente.

Las campañas de segunda vuelta siempre son más duras y violentas que las iniciales, pues es un todo por el todo – Tuto dijo que lo tenían que “matar” para retirarse -, pero es imprescindible hacer un llamado a la responsabilidad de los líderes, no por su suerte, sino porque el país sigue acumulando frustración en medio de una crisis aguda que parece interminable y una descomposición moral del Gobierno que da vergüenza. Lo peor no ha pasado y el humor social sigue pendiente de una chispa. Cuidado que lo que parecía un cambio democrático ejemplar acabe convirtiéndose en la enésima reproducción de un pulso inacabado que nadie parece dispuesto a enterrar.


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