Tarija y su habitabilidad
Tarija crece en cemento y ladrillos, pero también en viviendas vacías: la burbuja inmobiliaria amenaza la cohesión social.
Tarija ha cambiado de rostro en las últimas décadas. Según el Censo 2024, el número de viviendas particulares se ha duplicado desde 2001, alcanzando casi 199.000 inmuebles. La expansión se concentra en las ciudades, que hoy acogen casi dos tercios de las viviendas. Sin embargo, detrás de esta aparente bonanza se esconde una realidad inquietante: el crecimiento del parque habitacional no siempre significa más hogares ocupados, sino un mercado cada vez más desvinculado de las necesidades de la población.
El fenómeno de la desocupación es alarmante. Mientras en 2001 apenas el 5% de las viviendas estaban vacías, en 2024 esa cifra asciende a casi el 9%, con más de 17.000 inmuebles sin uso efectivo. En la zona urbana, donde el dinamismo económico y la migración deberían traducirse en ocupación, más de la mitad de esas casas deshabitadas reflejan un mercado inflado por la especulación, los alquileres inaccesibles y las construcciones orientadas a inversión en lugar de al bienestar social.
La burbuja inmobiliaria tarijeña no es un fenómeno aislado: se vincula al efecto del gas y a la migración sostenida, pero también a decisiones económicas que privilegian la rentabilidad sobre la utilidad social. Edificios cerrados, urbanizaciones incompletas y viviendas en anticrético conviven con familias que siguen sin acceso a un techo digno. La cifra de hogares con personas temporalmente ausentes –más de 21.000– evidencia que la vivienda se ha convertido en un bien financiero más que en un hogar, y que la población recurre a migración interna y externa para sobrevivir económicamente.
Este desequilibrio tiene consecuencias profundas. Las ciudades crecen, pero también crece la exclusión: sectores populares quedan al margen de un mercado que se encarece pese a la alta disponibilidad de casas vacías. En paralelo, el abandono rural se intensifica, con comunidades que pierden habitantes y memoria, mientras las urbanizaciones invaden espacios que antes pertenecían al campo. La expansión urbana sin planificación ni políticas de arraigo amenaza tanto la cohesión social como la sostenibilidad territorial.
Tarija enfrenta así un doble desafío: asegurar que cada construcción responda a necesidades reales y revertir el vaciamiento rural ofreciendo servicios y oportunidades que frenen la migración. No se trata solo de ladrillos y cemento, sino de garantizar que los hogares cumplan su función esencial: ser el lugar donde la comunidad vive, crece y se arraiga.
La paradoja tarijeña es clara: más viviendas, pero menos hogares plenamente habitados. Mientras el mercado inmobiliario siga siendo un instrumento de inversión especulativa y no de desarrollo social, el crecimiento material del departamento será solo un espejismo frente a la verdadera necesidad de arraigo y bienestar de su gente.


