Cooperación Sur-Sur: una oportunidad estratégica para Bolivia y Tarija
La cooperación Sur-Sur nos permite dejar de vernos únicamente como proveedores de materias primas y empezar a reconocernos como socios con capacidad de generar soluciones propias
Cada 12 de septiembre, el mundo conmemora el Día de las Naciones Unidas para la Cooperación Sur-Sur. Más allá de las formalidades internacionales, se trata de un recordatorio de que los países en desarrollo no solo pueden, sino que deben, apoyarse entre sí para enfrentar retos comunes como la pobreza, la desigualdad, la crisis climática o el acceso a tecnologías estratégicas.
Bolivia, país con profundas riquezas naturales pero también con serias limitaciones estructurales, tiene mucho que ganar en este espacio de cooperación horizontal donde alguna vez fuimos pioneros y hasta piedra angular y hemos acabado en la irrelevancia absoluta. Ejemplos en otras latitudes muestran que el intercambio de experiencias y recursos no es una quimera: Brasil ha compartido con África programas exitosos de agricultura familiar y alimentación escolar; Cuba desplegó brigadas médicas en la lucha contra el ébola; y países del sur global han desarrollado mecanismos de energía compartida, como gasoductos o redes eléctricas transfronterizas con beneficios mutuos alejados de tutores y vigilantes de otras latitudes que siempre atienden a sus intereses.
En tiempos de incertidumbre global y de declive de las viejas hegemonías, Bolivia y Tarija no pueden darse el lujo de quedar aisladas
En el caso de Tarija, la cooperación Sur-Sur puede tener impactos muy concretos. En lo energético, nuestra ubicación estratégica en el corredor gasífero del Cono Sur ofrece oportunidades para proyectos conjuntos de industrialización de hidrocarburos y energías renovables con Argentina y Paraguay. En lo agrícola, los programas de agricultura familiar y riego tecnificado que se aplican en Brasil o Chile podrían adaptarse a los valles tarijeños, fortaleciendo la producción vitivinícola y frutícola y generando más valor agregado. En lo ambiental, las experiencias de países andinos en manejo comunitario del agua y control de incendios forestales serían de enorme utilidad para un valle central cada vez más presionado por la sequía y el chaqueo.
También en lo social hay ejemplos posibles: intercambios de buenas prácticas en salud comunitaria con Cuba o en educación intercultural con Perú pueden fortalecer nuestras comunidades rurales y pueblos indígenas. Y en lo cultural y turístico, Tarija podría integrarse mejor a corredores regionales que unan el sur boliviano con el norte argentino y el oeste paraguayo, promoviendo rutas enológicas, gastronómicas y de naturaleza que beneficien directamente a la población.
Pero quizá el mayor beneficio sea estratégico y político: la cooperación Sur-Sur nos permite dejar de vernos únicamente como proveedores de materias primas y empezar a reconocernos como socios con capacidad de generar soluciones propias. Esta visión encaja con la Agenda 2030 y con el lema de este año: “Un mejor mañana a través de la Cooperación Sur-Sur”… pero por alguna extraña razón seguimos mirando al norte, o al cielo, esperando soluciones milagrosas que nunca llegan.
En tiempos de incertidumbre global y de declive de las viejas hegemonías, Bolivia y Tarija no pueden darse el lujo de quedar aisladas. Urge reactivar y profundizar los mecanismos de integración regional y cooperación solidaria que permitan fortalecer la autosuficiencia, diversificar la economía y mejorar la calidad de vida de la población.
La cooperación entre iguales no es caridad: es un camino para construir soberanía compartida. Y para Bolivia, y en particular para Tarija, representa una oportunidad que no debería desaprovecharse.


