El fuego de nuevo

Los incendios en Tarija, casi siempre provocados, destruyen biodiversidad, salud y futuro: es hora de reaccionar como comunidad

 

Cada año, cuando el invierno se despide y la primavera empieza a insinuarse en los valles de Tarija, el humo vuelve a cubrir nuestro cielo. Y lo hace, normalmente, no por una fatalidad natural ni por un accidente inevitable, sino por la mano del hombre. Los incendios forestales que hoy golpean con crudeza al valle central de Tarija no son fruto de la casualidad: son consecuencia de una práctica que, aunque prohibida y dañina, se ha vuelto costumbre. El llamado “chaqueo” —esa quema para limpiar terrenos o preparar cultivos— se ha convertido en la chispa que enciende la tragedia ambiental de cada temporada.

Los efectos son devastadores. La biodiversidad se reduce a cenizas; especies que tardaron siglos en adaptarse al ecosistema local perecen en cuestión de horas. Los suelos fértiles se erosionan y pierden capacidad productiva. El aire que respiramos se llena de humo tóxico, afectando la salud de niños y ancianos, agudizando alergias y enfermedades respiratorias. Y mientras tanto, los servicios de emergencia, siempre limitados, se ven obligados a desplegarse en múltiples frentes, arriesgando la vida de bomberos voluntarios y comunidades enteras.

Pero quizá lo más preocupante es la indiferencia. Tras algunos episodios fatales que activaron la solidaridad, el tiempo y la repetición ha hecho que como sociedad lleguemos a naturalizar los incendios, como si fueran parte del paisaje tarijeño de septiembre. Hemos aprendido a mirar el humo como quien mira una nube pasajera, olvidando que detrás de esa humareda se esconden hectáreas de bosque perdidas, fauna calcinada y un futuro hipotecado.

No se trata solo de medio ambiente. Lo que se quema en los cerros y quebradas del valle central es también parte de nuestra identidad. El verdor que rodea a Tarija, la belleza de sus campos y viñedos, el aire limpio que siempre la distinguió, todo ello corre riesgo de convertirse en un recuerdo. Y con él, también se deterioran las bases del turismo, de la producción agrícola y de la calidad de vida de las familias.

El fuego no es una fatalidad natural: nace de la imprudencia humana y nos quema a todos, por eso cada vecino debe reaccionar ante el chaqueo

Frente a ello, las respuestas del Estado suelen ser tardías o insuficientes. Faltan recursos, coordinación y sanciones ejemplares. Sin embargo, no podemos quedarnos en la mera crítica a las instituciones: la raíz del problema está en la sociedad misma. Es en nuestros barrios, en nuestras comunidades rurales, en la vida cotidiana donde se decide si una chispa se convierte o no en incendio.

Por eso, hoy más que nunca, es necesario un llamado a la prudencia y a la corresponsabilidad. Cada ciudadano debe entender que prender fuego en esta época del año no es un acto menor: es un atentado contra su propia comunidad. Y cada vecino debe sentirse con la autoridad moral y cívica para reaccionar cuando alguien a su lado enciende un chaqueo. El silencio, en estos casos, es cómplice.

El valle central de Tarija no puede resignarse a vivir bajo la amenaza permanente del humo y las cenizas. La solución exige políticas más firmes, sí, pero también una cultura ciudadana que rechace con claridad la quema indiscriminada. Solo cuando comprendamos que cuidar el bosque, el aire y la tierra es cuidar a nuestras propias familias, podremos dejar de hablar de incendios recurrentes para empezar a hablar de prevención y esperanza.

Que la próxima humareda no nos encuentre otra vez como espectadores pasivos. El fuego no distingue propiedades ni personas: nos quema a todos.


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