El sueño mundialista y el proyecto mayor
La Selección busca un sueño que une al país, pero el verdadero campeonato está en construir un Estado que garantice bienestar y futuro
Bolivia vuelve a ilusionarse con el fútbol. Este jueves y el próximo martes la Selección nacional se juega la posibilidad de acceder al Mundial de 2026, nada menos que contra Colombia y Brasil. La ilusión existe, aunque las posibilidades son escasas: no dependemos de nosotros mismos, hay que sumar dos puntos más que Venezuela y los rivales están entre los más grandes del continente. Sin embargo, el país entero volverá a contener el aliento y, por unos días, sentirá que late un mismo corazón.
El fútbol tiene esa fuerza. Es capaz de unirnos, de hacernos olvidar por un instante las diferencias, de despertar emociones que trascienden la fría estadística de los puntos en la tabla. Pero también encierra una trampa en la que caemos recurrentemente: la de proyectar en el fútbol todas nuestras frustraciones nacionales, de maldecirnos como pueblo cada vez que la Verde no saca un buen resultado, como si una derrota deportiva confirmara una supuesta incapacidad colectiva o un destino fatal como nación.
Esa lectura, obviamente, es injusta y empobrecedora. Un país no se define por sus victorias o derrotas en la cancha, menos ahora cuando las diferencias físicas y técnicas acaban por definir ese deporte. La grandeza de Bolivia no pasa por si clasificamos o no al Mundial ni es ese el proyecto prioritario en el que nos debemos embarcar, sino en construir un Estado que atienda las necesidades de sus ciudadanos, que ofrezca educación, salud, empleo digno, seguridad y un horizonte de prosperidad y felicidad. Ese es el verdadero campeonato que estamos jugando y que debemos ganar todos los días.
Eso no significa renunciar a la ilusión futbolera. Al contrario: la Selección debe ser alentada con pasión y sin reservas. La alegría compartida, incluso en la adversidad, tiene un valor enorme en sociedades como la nuestra, tantas veces divididas por la política y la desconfianza. Mantener viva la llama de la esperanza colectiva, aunque sea alrededor de un balón, nos recuerda que todavía podemos vibrar juntos.
La ilusión mundialista debe animarnos, pero no olvidar que el gran partido de Bolivia se juega en la vida cotidiana: justicia, prosperidad y unidad.
Lo que no debemos permitir es que esa emoción se convierta en excusa para la resignación. Un gol en el último minuto puede darnos una felicidad inmensa, pero no resolverá los problemas estructurales del país. La responsabilidad de gobernantes, dirigentes y ciudadanos es mirar más allá del marcador, entender que el gran Mundial que nos espera no está en 2026, sino en la construcción de un país justo, próspero y unido.
La Selección boliviana merece nuestro aliento sincero. Pero Bolivia merece mucho más: un compromiso colectivo para que sus hijos no tengan que soñar con emigrar para tener futuro, sino que puedan soñar aquí, en su tierra, con vidas plenas y dignas. Ese es el partido mayor, el que no podemos darnos el lujo de perder.
Hoy toca alentar con pasión y mañana, seguir trabajando en corregirnos, esforzándonos en ser mejores, porque solo así, los triunfos llegan, en la vida, y en el fútbol.


