Segunda vuelta, primera oportunidad

Bolivia estrena el reto de una segunda vuelta que, ojalá, sea un ejercicio de madurez democrática.

Los bolivianos acudimos ayer a las urnas en unas elecciones históricas, no solo por lo abiertas e inciertas que fueron, sino porque han dado paso a un escenario inédito en nuestra vida democrática: la segunda vuelta electoral. La segunda vuelta no es comparable a lo que en la antigua Constitución se hacía en el parlamento: cuotear el gobierno para darle estabilidad. Este mecanismo, contemplado por nuestra Constitución pero nunca antes utilizado para elegir presidente, no es un mero trámite numérico, como tampoco un trámite de endoso: es una oportunidad para fortalecer el pacto democrático y para que el debate nacional se centre, por fin, en las prioridades reales del país. Es verdad que el próximo gobierno necesitará cierta mayoría en la Asamblea, pero la Constitución le da amplísimos poderes al presidente electo y el propio Arce ha logrado imponer su criterio por encima del de la Asamblea en varias ocasiones.

En ese contexto, la segunda vuelta no debería ser entendida como una revancha ni como una batalla campal. No es el ajuste de cuentas definitivo. Es, más bien, un espacio para que las dos candidaturas finalistas contrasten sus visiones de manera ordenada, transparente y respetuosa. En lugar de apostar por la guerra sucia, las descalificaciones personales y la manipulación, el país merece una campaña donde el foco esté puesto en la economía, la institucionalidad, la seguridad, la salud, la educación y el desarrollo regional.

Más que una confrontación personal, el balotaje debe ser un debate profundo sobre el país que queremos construir.

En un contexto tan delicado como el que atravesamos —con tensiones sociales latentes, crisis económica, polarización política y una institucionalidad debilitada—, cualquier llamado a la confrontación desmedida puede derivar en un daño profundo a la convivencia nacional. Si algo demostró la jornada del 17 de agosto es que la ciudadanía quiere participar y hacer valer su voz. Esa misma ciudadanía espera ahora madurez, templanza y altura de miras de quienes aspiran a dirigir el país.

La democracia no se mide solo por la transparencia del voto, sino también por la calidad del debate público. Un balotaje limpio y propositivo permitirá que los ciudadanos decidan con más información y menos ruido. No se trata únicamente de elegir a una persona, sino de definir un rumbo para los próximos años, con todos los desafíos y oportunidades que eso implica.

Bolivia estrena hoy un capítulo nuevo en su historia electoral. Si lo hacemos bien, la segunda vuelta puede convertirse en un punto de inflexión hacia una política más madura, centrada y constructiva. Si lo hacemos mal, será un paso más en la espiral de confrontación y descrédito que tanto daño nos ha hecho.

La responsabilidad es compartida: de los candidatos, para elevar el nivel del debate; de los partidos, para respetar las reglas del juego; de los medios, para informar con rigor y sin sesgos; y de la ciudadanía, para mantener el espíritu crítico y no dejarse arrastrar por la manipulación.

En este momento único, Bolivia tiene la posibilidad de mostrar que puede competir sin dividirse, debatir sin insultar y decidir sin miedo.


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