Corrupción: el voto frente al espejo
La corrupción erosiona la confianza y la democracia desde lo cotidiano hasta los grandes negociados
En nuestro país, la corrupción no es un fenómeno abstracto ni una acusación que se agita solo en campañas políticas: es una presencia constante que se cuela en lo público y en lo privado, en lo visible y en lo invisible. La vivimos en los trámites que se demoran hasta que “aceitamos” el proceso, en las “gestiones” de tránsito en la vía urbana, en las licitaciones direccionadas, en la manipulación de contratos, en el tráfico de influencias y en los silencios cómplices. La padecemos todos, aunque muchos prefieren mirarla de reojo para no reconocer que se ha convertido en un hábito que nos degrada como sociedad. Nadie puede calcular cómo hubiera crecido este país sin haber padecido todas esas décadas de corrupción y espolio.
Lo más peligroso de la corrupción es que se normaliza. Termina percibiéndose como una “costumbre nacional” o una “maldición inevitable” contra la que no vale la pena luchar. Sin embargo, bajo esa pátina de resignación, se esconden negociados millonarios que drenan recursos de hospitales, escuelas, carreteras y programas sociales. Lo que podría financiar desarrollo y bienestar se diluye en cuentas opacas, sobreprecios y favores políticos. El terror a caer en las redes de la Justicia depende más de la capacidad material de eludirla que de la posibilidad de demostrar la inocencia.
Pocas candidaturas presentan planes sólidos para reforzar los sistemas de control, transparentar el uso de los recursos o blindar las licitaciones públicas de las redes clientelares
En el escenario electoral de este 17 de agosto, la corrupción debería ser un tema central. No solo porque afecta directamente a la economía —al encarecer obras, distorsionar mercados y espantar inversiones—, sino porque mina la confianza en las instituciones y en la política misma. Sin confianza, no hay contrato social que aguante; sin instituciones fuertes, no hay desarrollo sostenible posible.
Lamentablemente, muchas veces el debate electoral la reduce a un arma arrojadiza para desacreditar al adversario. Se intercambian acusaciones, pero rara vez se habla de cómo prevenirla, detectarla y sancionarla. Pocas candidaturas presentan planes sólidos para reforzar los sistemas de control, transparentar el uso de los recursos o blindar las licitaciones públicas de las redes clientelares.
La corrupción, en todas sus formas, es un lastre que no solo empobrece materialmente al país, sino que deteriora la autoestima colectiva. Nos roba oportunidades, tiempo, servicios y, sobre todo, futuro. Combatirla no es solo tarea del próximo gobierno: exige ciudadanía vigilante, medios independientes, justicia imparcial y un cambio cultural que rompa con la lógica del “roba, pero hace”. Casi nada. Un desafío titánico.
Este domingo, cuando depositemos el voto, estaremos decidiendo mucho más que un nombre o un partido. Estaremos eligiendo el tipo de Estado que queremos: uno sometido a los intereses privados de unos pocos, o uno capaz de administrar lo público con honestidad y eficiencia. Pero eso será solo el primer paso, pues tocará estar vigilantes. No habrá discurso ni promesa que valga si seguimos tolerando que la corrupción campee impune. La decisión final es nuestra, y no hay espejo más implacable que el de las ánforas.


