Fin de campaña, inicio de decisiones
Entre promesas rápidas y ajustes menores, el país sigue esperando un proyecto de futuro.
Tras semanas de recorridos, actos, entrevistas y spots, la campaña electoral entra en silencio. Ha sido un proceso relativamente breve pero intenso, marcado por las decisiones del TCP dejando fuera a importantes opciones electorales, por la incertidumbre del resultado y por la novedad de una más que probable segunda vuelta presidencial. Sin embargo, si hay algo que caracteriza a esta contienda es su escasa ambición de pensar a largo plazo: mucho se ha hablado de la economía, pero poco —muy poco— del modelo de país que necesitamos para superar la larga lista de desafíos que arrastramos.
El debate ha orbitado casi exclusivamente alrededor de la situación económica, con propuestas que, en su mayoría, ofrecen soluciones inmediatas y ajustes parciales respecto a la política aplicada por el Movimiento al Socialismo en los últimos veinte años. Se han prometido subsidios, incentivos y reorientaciones de gasto, pero pocas veces se ha ido más allá para plantear reformas estructurales, estrategias de desarrollo productivo a largo plazo o cambios institucionales profundos, además de haber omitido vilmente cualquier referencia a la necesidad de ingresos del país.
Una campaña sin modelo alternativo de país es una oportunidad perdida para el debate democrático, pero la última palabra siempre será de los ciudadanos.
No se trata de restar importancia a la urgencia económica. Bolivia atraviesa un momento delicado: las reservas internacionales han caído, la producción de gas se reduce, el déficit fiscal persiste y la inflación presiona a los hogares. Son problemas reales que exigen medidas concretas y rápidas. Pero gobernar un país no es solo apagar incendios: es también prever, planificar y construir un horizonte compartido.
En esa dimensión de futuro, esta campaña ha dejado mucho que desear. No hemos escuchado propuestas claras sobre cómo encarar la crisis energética más allá de renegociar contratos, buscar nuevos mercados o subastar el litio al mejor postor. Tampoco se ha debatido en profundidad sobre el deterioro institucional, el acceso a la justicia, la educación en un mundo digital o el cambio climático que ya golpea nuestras regiones. Temas todos ellos que, nos guste o no, definirán nuestra capacidad de progreso.
La política boliviana sigue atrapada en un juego de espejos con el pasado reciente. Los candidatos – incluso los oficialistas - discuten sobre qué conservar o qué modificar del modelo económico-social del MAS, pero no se animan a dibujar un proyecto alternativo que inspire y movilice a la ciudadanía. El riesgo de este enfoque es que las soluciones se queden en parches, sin atacar las causas estructurales de nuestras debilidades.
Ahora, la palabra vuelve a estar en manos de los ciudadanos. El próximo domingo, millones de bolivianos decidirán no solo quién ocupará la Presidencia, sino también qué rumbo quieren para el país. A falta de un debate profundo, la elección será, en buena medida, una declaración sobre qué modelo económico y político estamos dispuestos a sostener, cambiar o abandonar.
El voto, incluso en campañas pobres de ideas, sigue siendo el acto más poderoso de la democracia. Ojalá lo ejerzamos con conciencia, pensando en la Bolivia que queremos ver no solo en cinco años, sino en veinte. El tiempo de las promesas termina hoy; el de las decisiones, apenas comienza.


