El Chaco y la autonomía que merece

La autonomía regional del Chaco necesita una reforma profunda que devuelva su sentido original y fortalezca la capacidad de autogestión, sin caer en la renuncia a un sueño largamente anhelado.

El nuevo aniversario del Gran Chaco nos encuentra en un cruce de caminos. Quince años después de que la Autonomía Regional quedara inscrita en la Constitución de 2009, y más de dos décadas después de la lucha que la impulsó, el balance sigue siendo agridulce. El sueño de la autogestión se convirtió en norma, pero la norma no logró convertirse en motor de desarrollo. El resultado es una estructura institucional que, en la práctica, está más pendiente de reproducir el reparto del presupuesto que de articular una verdadera estrategia común.

El Estatuto Regional tardó demasiado en nacer y lo hizo con un objetivo dominante: blindar el pacto fiscal que otorga al Chaco el 45% de las regalías e IDH, distribuyéndolo a partes iguales entre Yacuiba, Villa Montes y Caraparí. Ese loable gesto de solidaridad intermunicipal ha sido, sin embargo, la semilla de una fragmentación que impide pensar al Chaco como unidad. La “Máxima Autoridad Ejecutiva” siempre proviene de Yacuiba, mientras los otros dos municipios eligen a sus ejecutivos de desarrollo, todos con presupuestos similares, pero sin un órgano que mire por el conjunto. Así, obras estratégicas como el túnel del Aguaragüe, el aeropuerto de Yacuiba, la salud del Pilcomayo o la doble vía del Fray Quebracho se dispersan en un limbo institucional que nadie lidera.

Reformular la autonomía no significa abandonarla: el desafío está en dotarla de instituciones eficaces y visión común, para que el Chaco deje de ser rehén del centralismo y la obediencia política.

La autonomía no es un fin en sí mismo; es una herramienta para resolver problemas y aprovechar oportunidades. Y en el Chaco, esa herramienta está desafilada. Reformularla no implica renunciar al sueño histórico de la autogestión, sino precisamente darle el filo y la dirección que hoy le faltan. Significa construir un esquema que coordine, planifique y ejecute los proyectos que afectan a toda la región, sin ahogarlos en la lógica municipalista ni en la obediencia política a estructuras que siguen operando desde el centralismo.

El potencial del Chaco sigue intacto: recursos hidrocarburíferos, agrícolas y productivos, una ubicación estratégica y una población trabajadora y resiliente. Lo que falta es un modelo que convierta esas fortalezas en desarrollo sostenido. La historia enseña que la autonomía se conquistó a base de movilización ciudadana, no de concesiones partidarias. Ese espíritu debe volver a despertar.

Si la autonomía actual ha terminado secuestrada por el centralismo y las pugnas locales, toca liberarla y redefinirla. No para romper, sino para cumplir la promesa original: que sean los chaqueños, unidos, quienes decidan su destino. Porque sin unidad de acción, la autogestión seguirá siendo un lema, y no la palanca que transforme al Chaco en la región que siempre soñó ser.


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