El humo ya está aquí

Bolivia inicia una temporada de incendios forestales que amenaza con ser una de las peores de los últimos años. Las campañas oficiales no bastan: se necesita acción inmediata, control efectivo y sanciones ejemplares para frenar una práctica destructiva que se repite impunemente cada año

Bolivia amaneció este domingo con 632 focos de calor activos. Más del 85% se concentraban en el departamento de Santa Cruz, pero todos los departamentos del país presentaron algún grado de afectación. El dato, ofrecido por el viceministro de Defensa Civil, no es apenas una advertencia: es un llamado de auxilio. Y eso que apenas comienza la temporada seca. Si los primeros compases del año ya muestran una expansión preocupante de las quemas, ¿qué se puede esperar cuando el fuego avance sin contención, empujado por el calor, la sequía y la impunidad?

Cada año, las autoridades repiten planes, diagnósticos y promesas de coordinación. Cada año, el fuego gana. El Ministerio de Medio Ambiente presentó, hace apenas unas semanas, un nuevo Plan de Acción de Prevención de Incendios Forestales 2025, con respaldo de la cooperación europea. Se priorizaron 84 municipios, se anunciaron brigadas, monitoreo satelital, trabajo conjunto con SERNAP, ABT, FONABOSQUE y los gobiernos subnacionales. En el papel, todo está previsto. Pero en la realidad, los focos de calor se multiplican, la frontera agrícola sigue expandiéndose sin regulación efectiva y las zonas afectadas se degradan sin recuperación ni justicia.

La temporada de incendios recién comienza, pero ya amenaza con ser catastrófica, y el Estado parece haber renunciado a prevenirla con firmeza

No se trata de negar los esfuerzos institucionales, sino de reconocer su evidente insuficiencia. El Estado boliviano, en todos sus niveles, ha sido complaciente con las quemas ilegales y la ampliación descontrolada de la frontera agropecuaria. La ABT, llamada a fiscalizar y sancionar, rara vez lo hace. El Ministerio de Medio Ambiente presenta planes sin que se traduzcan en cambios sustantivos. Y los incentivos económicos —como el dólar caro o el alza de precios internacionales en granos y carne— agravan una lógica productiva que sacrifica el bosque por beneficios inmediatos.

A todo esto se suma la inestabilidad institucional, la incertidumbre electoral y la ausencia de voluntad política para afectar intereses concentrados en el agroextractivismo. Las causas de los incendios no son solo naturales: son decisiones humanas, legales y políticas. No hay cortafuegos posibles si quienes deben encender las alarmas están mirando a otro lado.

Bolivia necesita un control riguroso, permanente y descentralizado de las quemas. Necesita recuperar la autoridad ambiental, con personal suficiente, equipos modernos, autonomía técnica y respaldo político. Se debe aplicar la ley con firmeza y visibilizar a los responsables. Y más allá de eso, se requiere un nuevo pacto nacional por el uso sostenible del suelo, que incluya al agro, pero no a costa del bosque.

No hay solución sin sanción. No hay protección sin inversión. No hay plan creíble si, aún empezando la temporada, ya se prende la alerta roja. Es tiempo de exigir lo obvio: que cuidar el medio ambiente no sea solo un discurso, sino una política de Estado con resultados visibles y medibles.


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