Crisis, resiliencia y patriotismo

La gravedad del momento económico, el malestar social y el calendario electoral obliga a tomar decisiones de fondo para sostener al país

Hace varios meses que los gestos políticos no logran tener ningún impacto en el escenario económico. La desconfianza es de tal tamaño que muy pocos están dispuestos a invertir o arriesgar en estos tiempos, una situación que sigue ahondando en la descomposición del sistema y, por supuesto, en la salud de las familias.

El Gobierno ha intentado dar certidumbres. De hecho, el presidente Luis Arce decidió renunciar a su repostulación con ese objetivo, pero nada ha mejorado, lo que invita a pensar que el análisis del propio gobierno, que sitúa el origen de la crisis en un boicot organizado en su contra, es errado.

En algún momento alguno de los analistas que lo acompañan en la gestión sugirió que esa salida permitiría aflojar tensiones con los exportadores, sobre todo con los grandes ganaderos, y en paralelo liberar algunos de los créditos de la Asamblea en dólares como respaldo a nuevas operaciones, y que de esa manera se podría regularizar el suministro de combustibles y quién sabe, animar incluso a los mineros a volver a depositar sus dólares en las cuentas nacionales y a los banqueros a traer algunos de los fondos de sus SAFI para estabilizar la situación nacional. O quién sabe, quizá alguno creyó que en ese escenario de no continuidad, las bancadas de la Asamblea se ahuecarían a aprobar también los contratos del litio y con ello recibir algún tipo de asistencia financiera decente de los supuestos aliados rusos y chinos que aspiran a explotar el Salar de Uyuni.

La agonía está siendo larga y mirar el calendario da pavor; en paralelo, crecen las protestas sociales por los precios, aunque se entremezclen con intereses políticos

Ahora, tampoco se puede aventurar demasiado. A pesar de que los principales poderes económicos del país – mineros, banqueros, agroindustriales, y todo el entramado de la economía “ilícita” - han sido muy bien tratados en los 20 años del Movimiento Al Socialismo (MAS), algunos llevan tiempo apostando a que el ciclo se debe de acabar antes de que el gobierno cambie en sus planteamientos e ingrese en otra deriva, pues temen que la estrategia de culpar a Arce para salvar el modelo pueda dar resultado, sobre todo ante el despropósito opositor.

La agonía está siendo larga y mirar el calendario da pavor; en paralelo, crecen las protestas sociales por los precios, aunque se entremezclen con intereses políticos que, en sí y junto al calendario electoral, desalientan la movilización.

Pensar que Luis Arce en sus tres últimos meses de gobierno va a desmontar su “modelo” es inviable, pues ni siquiera el FMI le abriría la puerta a un gobierno con las horas contadas. En esas, tampoco parece viable que vaya a tomar decisiones que son parte esencial del programa electoral de los aspirantes a sucederle, como retirar la subvención de los hidrocarburos o bajar o subir impuestos.

En esas cabe preguntarse si lo correcto es acabar el mandato o no, y es posible que cualquier iniciativa institucional destinada a buscar soluciones de algún otro modo sea arruinada por los mismos intereses. Apelar a la resiliencia de unos, como siempre, y al patriotismo de los otros, que hoy pasa por reponer los dólares en el sistema financiero, o al menos dejar de gastarlos, y dejar de jugar con fuego. El país no lo merece.


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