Por una autonomía eficiente
La Autonomía es una conquista importante, pero hay que cuidarla todos los días para que sea útil
La recentralización de la gestión administrativa está llegando a muchos países que en su momento apostaron políticamente por la autonomía como forma más eficiente de atender los servicios públicos.
En su momento la argumentación tenía que ver con que cualquier decisión tomada más cerca del problema sería obviamente más adecuada, al conocer mejor los problemas, las necesidades, las dinámicas sociales y demás aspectos que hacen a la sociedad. Esta forma de gestión, acompañada por fuerte representación política local, sirvió también para desinflar algunas aspiraciones secesionistas tardías que a finales del XIX no lograron constituirse en Estados Nación.
La dinámica implementada por lo general en los Estados de Europa es diferente a la de Estados Unidos que hizo el camino contrario: desde los Estados se fueron cediendo algunas competencias al Gobierno Federal, sobre todo en materia de representación internacional y militar, pero también para salvaguardar la piedra filosofal: el dólar. La propia Europa que desde los 2000 ha intentado emular a los estadounidenses conformando la Unión Europea no está logrando que esta funcione con la autonomía suficiente para ser representativa.
Es verdad que en muchos países se han duplicado estructuras, se han creado refugios para políticos profesionales y se ha perdido el impacto social en un tiempo tosco y egoísta
Argentina, que en un principio se parecía más a los Estados Unidos al ser fundacionalmente un bloque de Provincias Unidas y sigue teniendo muchas competencias en ellas, se creó con una mayor voluntad de integración unitaria y desarrolló más políticas federales.
La autonomía boliviana, sin embargo, es un experimento relativamente reciente por mucho que a finales del siglo XIX se denominara “federal” a la guerra civil que acabó llevándose la sede gobierno a La Paz y poco más. En los años 80 se empezó a pedir descentralización y desde 2005 cobró fuerza una idea de autonomía adaptada a la española que en 2008 se acabó incorporando a la Constitución más como movimiento táctico que como convicción política del partido gobernante, y que desde entonces ha hecho todo lo posible por inviabilizar esa fórmula. Aun hoy la mitad de los departamentos no tienen Estatuto Autonómico y la ausencia de un verdadero Pacto Fiscal ha ligado la suerte del formato a la bonanza de los hidrocarburos, y por lo tanto, el fiasco es una realidad.
Muchos de los países que hoy plantean una recentralización lo hacen en base a criterios económicos y cierta demagogia. Es verdad que en muchos países se han duplicado estructuras, se han creado refugios para políticos profesionales y se ha perdido el impacto social en un tiempo tosco y egoísta, donde los caudillos ganan fuerza y las tecnologías ocupan espacios inauditos.
Nuestra autonomía es por definición confusa, las competencias exclusivas fuera del nivel central son escasas y apenas se aplica para las cuestiones que resultan más gravosas, como comprar medicamentos o asfaltos. Seguramente estamos a tiempo de sentarnos a reflexionar, recortar y planificar los aspectos más concretos que garanticen el objetivo final: garantizar la eficiencia en la administración de los servicios de calidad. La Autonomía es una conquista importante, pero hay que cuidarla todos los días para que sea útil.


