Trump y el gobierno de “América”

El plan de Trump no tiene que ver con reventar el comercio mundial, sino con cambiar un modelo completo para que sus ciudadanos vivan mejor sin importarle el resto

En la lucha común de unos y otros contra los estados del bienestar, que se financian con impuestos progresivos – pagan más los que más tienen – y atiende con servicios de calidad a todos, sin menoscabo de que quien quiera pueda acceder a servicios privados, aunque estos preferirían no tener la “competencia” del Estado para llegar a mucha más población en los “negocios” de la salud y la educación, por ejemplo, convergieron por un lado los liberales más ortodoxos, que han dejado muy atrás a la democracia cristiana del siglo pasado aunque aplican las aún más antiguas enseñanzas libertarias, y por el otro fuerzas extremistas con tintes totalitarias más que nacionalistas, racistas o xenófobas.

En la sinergia del combate, con la ayuda inestimable de las dinámicas individualistas y ególatras que difunden las redes, la izquierda socialdemócrata clásica, pero también las nuevas izquierdas populistas de Sudamérica, quedaron atrapadas sin discurso ni respuesta ante los avances de unos discursos cada vez más radicales en nombre de la “libertad” que ya se han ido plasmando en la política real. Obviamente que la corrupción campante en muchos de esos gobiernos populares y la distancia enorme entre el discurso ético y la práctica diaria están ayudando en ese paseo que está cambiando radicalmente los gobiernos en medio mundo.

El plan de los aranceles - ahora suspendido temporalmente - es netamente política a mediano plazo y de alto riesgo pero no dudará en movilizar al Estado para que salga bien

Ahora, el parteaguas ha llegado. Donald Trump es millonario empresario antiglobalización que tiene un lema muy sencillo de entender: Make America Great Again (MAGA). No hay donde perderse. No se han perdido los ciudadanos estadounidenses que lo han elegido de nuevo tras cuatro años de gobierno de Joe Biden, y sin embargo, muchos analistas y líderes que abrazan el liberalismo parecen haberse sorprendido con sus medidas anunciadas en campaña y que ha ido poniendo en marcha, entre titubeos, amenazas y retrocesos desde el primer día de su gobierno hasta ayer mismo, donde volvió a poner en pausa su medida estrella arancelaria excepto para China.

Expulsar migrantes (ilegales dice) era una de sus prioridades en campaña para “proteger” a sus votantes: el ciudadano trabajador promedio que ve amenazado su salario cuando hay demasiada mano de obra disponible. La segunda eran los aranceles, nunca lo escondió: se trata de repatriar empresas que se fueron de Estados Unidos a otros países por un solo motivo: abaratar los costos de producción. Las nuevas reglas del mercado, con incrementos de precios, tal vez logren esa repatriación o tal vez incentiven a otros a crear nuevas empresas con base en Estados Unidos, pero también es posible que nada de eso suceda.

La mayoría de los analistas tienen dudas de los cálculos económicos y de que esas medidas vayan a funcionar, pues el salario promedio sigue siendo muchísimo más alto en Estados Unidos que en el Sudeste Asiático, los estándares de calidad han mejorado sustancialmente, los costos de transporte han bajado y las propias materias primas necesarias son más asequibles de conseguir (vía expolio o no) en terceros países que en Estados Unidos, por lo que queda claro que la medida es netamente política a mediano plazo, y también de alto riesgo. Trump decidió ayer “pausar” la medida por 90 días excepto con China, el único país que se le ha cruzado y le ha respondido simétricamente y que ayer el presidente de Estados Unidos tildó de “irrespetuosa” con el comercio mundial. Curioso.

El pulso siempre fue con China. La medida en suspenso responde, dicen los analistas, a su forma de negociar, que incluye un profundo irrespeto por el resto del mundo. Quedan 90 días en el que se irán moviendo las fichas, pero hay que tener en cuenta que el plan de Trump no tiene que ver (solo) con reventar el comercio mundial, sino con cambiar un modelo completo para que sus ciudadanos vivan mejor sin importarle el resto, que son simples peones a su servicio y voluntad. El resto del mundo, evidentemente, debe tomar nota y responder en la medida que su dignidad le permita. El combate está servido.


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