Volver a clase
Bolivia necesita un cambio de paradigma con una reforma que abra más horas las aulas, que especialice a los más capaces y atienda a los que tienen más problemas, y donde el esfuerzo se valore
El debate de la vuelta a clase ya está sobre la mesa de todos los niveles de gobierno después de año y medio de irregularidad, incluyendo la intempestiva cancelación del año lectivo en 2020, y sin contar cómo fue el fin del curso de 2019 en la mayoría de las ciudades. El debate es urgente y necesario, sin duda, pero sea cual fuere la última decisión es importante un compromiso colectivo para que el asunto sea exitoso.
Completar dos años sin clases presenciales es directamente un suicidio colectivo que tendrá un hondo impacto en varias generaciones y que a la larga tendrá impacto en el propio desarrollo del país, pues el desempeño educativo está íntimamente ligado a estos aspectos del crecimiento.
Inicialmente se argumentaba que los niños podían recuperar los aprendizajes en el tiempo, sobre todo los conceptuales, y también desarrollarían las habilidades motrices en su debido momento. Además, se consideraba que estando en el hogar igualmente se iban a trabajar algunos conceptos, sobre todo con los más pequeños. Con todo, nos arriesgamos a tener una generación que no domine sus trazos – los más pequeños -, unos adolescentes que no hayan aprendido a convivir entre diferentes – los medianos -, y unos jóvenes que no hayan aprendido las reglas básicas de la matemática, la física y la sintaxis o la ortografía, y que aun así sigan escalando en la vida con perdón de la pandemia.
Completar dos años sin clases presenciales es directamente un suicidio colectivo que tendrá un hondo impacto en varias generaciones y en el desarrollo del país
La educación virtual y a distancia no ha funcionado. Hubo un buen intento, todo muy teórico, con algunos buenos pedagogos involucrados, pero poco a poco la desmotivación se impuso. Y es que lo importante del colegio nunca han sido los conceptos, que también, sino, sobre todo, lo social.
La legislatura podía haber empezado con un gran pacto por la educación, un plan urgente para salvar el año que hubiera continuado con una reforma al sistema educativo que nos permita saltar hacia delante lo que ya teníamos retrasado y lo que nos hemos vuelto a quedar atrás, pero nadie ha hecho ni mención.
Con prácticamente todos los colegios reformados y con la pirámide poblacional más contenida, Bolivia necesita un cambio de paradigma con una reforma que abra más horas las aulas, que especialice a los más capaces y atienda a los que tienen más problemas, y donde el esfuerzo se valore. Para ello, claro, hace falta destinar más recursos del Presupuesto General del Estado.
Con todo, lo que hoy se debate es el retorno inmediato a la vieja normalidad, porque tampoco se han aprovechado estos 15 meses para tomar medidas en los colegios, y como para todo, nos encomendaremos a los santos y a los ancestros para que todo vaya bien y el Covid no asome por las puertas de las aulas y de las casas, como lo hemos estado haciendo durante todos estos meses donde los colegios han estado cerrados, pero los niños han seguido juntándose en guarderías, parques, bibliotecas improvisadas y otros espacios destinados a la conciliación.
Volver a las aulas parece ser ineludible, pero no podemos volver al mismo sistema de siempre. Es urgente una revolución educativa en el país y eso va más allá de lo comunitario.


