Que el humo no vuelva a sorprendernos

Basta un descuido en una quema agrícola, una fogata mal apagada o incluso una colilla de cigarrillo para desencadenar un incendio de enormes proporciones

Los incendios forestales no son un desastre natural inevitable. En la inmensa mayoría de los casos comienzan por una negligencia, una imprudencia o una decisión irresponsable. Por eso, la mejor herramienta para combatirlos sigue siendo la prevención.

Bolivia vuelve a ingresar en la época de mayor riesgo. La combinación de vegetación seca, bajas precipitaciones, fuertes vientos y altas temperaturas crea las condiciones perfectas para que cualquier chispa termine convirtiéndose en una tragedia ambiental. Lo hemos visto demasiadas veces. Millones de hectáreas arrasadas, comunidades afectadas, fauna destruida, cultivos perdidos y un patrimonio natural que tarda décadas en recuperarse.

Tarija tampoco está al margen de ese riesgo. Aunque el departamento suele mirar con preocupación los grandes incendios de la Chiquitanía o la Amazonía, el Valle Central y las serranías circundantes poseen ecosistemas extremadamente vulnerables durante el invierno seco. Basta un descuido en una quema agrícola, una fogata mal apagada o incluso una colilla de cigarrillo para desencadenar un incendio de enormes proporciones.

La prevención debe empezar mucho antes de que aparezca la primera columna de humo. Eso implica campañas permanentes de concienciación, controles efectivos sobre las quemas autorizadas, limpieza de cortafuegos, coordinación entre municipios, gobernación, bomberos, comunidades y voluntarios, además de una vigilancia temprana que permita intervenir cuando el fuego todavía es controlable.

La experiencia demuestra que los primeros minutos son decisivos. Un incendio detectado y combatido rápidamente puede extinguirse con relativa facilidad. Uno que avanza durante horas sin respuesta suficiente termina movilizando enormes recursos humanos y económicos, muchas veces con resultados insuficientes.

Pero la prevención no es solo responsabilidad de las instituciones. También lo es de cada ciudadano. Quienes viven en áreas rurales conocen bien los riesgos de las quemas; quienes disfrutan del campo durante fines de semana o vacaciones deben entender que cualquier conducta imprudente puede tener consecuencias irreversibles. La naturaleza no distingue entre accidentes e intenciones.

También conviene abandonar la falsa idea de que proteger el medio ambiente y producir son objetivos incompatibles. La agricultura, la ganadería y la conservación necesitan convivir. Precisamente por eso resulta imprescindible promover prácticas productivas más seguras, reducir el uso indiscriminado del fuego y fortalecer la asistencia técnica para los productores que buscan alternativas.

El cambio climático añade un elemento adicional de preocupación. Las temporadas secas son cada vez más prolongadas y las condiciones meteorológicas favorecen incendios más intensos y difíciles de controlar. Esperar a que aparezcan las llamas ya no es una estrategia aceptable.

Bolivia dispone hoy de mayor experiencia, mejores sistemas de monitoreo y un valioso cuerpo de bomberos voluntarios que ha demostrado una entrega admirable durante las últimas emergencias. Sin embargo, ningún operativo de respuesta será suficiente si la prevención continúa siendo una tarea secundaria.

Cada árbol que se salva, cada hectárea que no se quema y cada comunidad que evita una tragedia representan una victoria que rara vez ocupa titulares, pero que tiene un valor incalculable para el futuro del país.

Ojalá este año las noticias no vuelvan a contarse en millones de hectáreas perdidas, animales calcinados y familias evacuadas. La mejor temporada de incendios es aquella de la que apenas hay que hablar.


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