La cuarentena fallida y los “muchos” muertos
La cuarentena ha fracasado en Tarija, en Yacuiba, en Santa Cruz y en general, en toda Bolivia. Los casos positivos de coronavirus y los decesos siguen creciendo, pero la precariedad socioeconómica se ha impuesto: la gente necesita salir a trabajar para garantizar el sostén de sus...
La cuarentena ha fracasado en Tarija, en Yacuiba, en Santa Cruz y en general, en toda Bolivia. Los casos positivos de coronavirus y los decesos siguen creciendo, pero la precariedad socioeconómica se ha impuesto: la gente necesita salir a trabajar para garantizar el sostén de sus familias.
El fracaso, por si acaso, sí tiene responsables. Es cómodo culpar “a la gente” y socializar la responsabilidad de cuidarse como algo personal, que evidentemente lo es. Mucho más complejo, en estos tiempos de política populista, es reconocer que al Estado y sus gestores les faltó habilidad para manejar la situación.
La Presidenta Jeanine Áñez recibió apoyo cerrado de todos los sectores cuando el 22 de marzo decretó la cuarentena total, e incluso en la posterior declaración de estado de emergencia, cuando ya empezaba a reconocerse esa estrategia de la criminalización del otro.
Entonces había 27 casos confirmados en el país; hoy hay más de 4.000. Entonces, muchos creímos que la decisión estaba resguardada en una estrategia veloz que hubiera permitido identificar y aislar a la población infectada y de riesgo, acelerando los tratamientos, aprovechando el sacrificio que el conjunto de los bolivianos sí hizo en las primeras semanas de la pandemia.
La cuarentena empezó con 27 infectados y hoy hay más de 4.000. La estrategia médica entró en decisiones inexplicables, como la de prohibir los test rápidos y economizar hasta el extremo la toma de muestras para pruebas PCR.
La estrategia médica entró en decisiones inexplicables, como la de prohibir los test rápidos y economizar hasta el extremo la toma de muestras para pruebas PCR. El lema era “esperar” a los síntomas, justo lo contrario que recomendaban todos los organismos en la lucha contra la pandemia.
La estrategia médica debía acompañarse de una estrategia económica suficiente que mantuviera a la gente tranquila en casa garantizando la alimentación de los más necesitados. Inicialmente se hizo: se aplazaron los pagos de créditos, se asumió el pago de servicios básicos, e incluso se coqueteó con la suspensión de pagos de alquileres. Sin embargo, los nulos resultados ofrecidos por la estrategia médica dejaron en evidencia lo que ya era evidente, que 500 bolivianos no alcanzan para nada. En ese contexto, la ASFI acabó dando la puntilla, pero antes ya se habían sentado las bases del fracaso con la “democratización” de la responsabilidad y el intrincado sistema de “cuarentena dinámica”, que quedó grabado a fuego en el subconsciente.
Chile anunció hace apenas tres semanas con bombos y platillos su retorno a la normalidad dando por controlada la crisis, pero la semana pasada tuvo que reponer medidas aún más severas ante el rebrote de la enfermedad.
En Bolivia ni siquiera hemos alcanzado la capacidad instalada para hacer test diariamente, que según los responsables es de 1.300 sumando todos los laboratorios del país. Sin capacidad de testeo, resulta imposible calcular evoluciones de la pandemia y sus picos, que pasan a ser ejercicios más o menos creativos combinando buenas intenciones y experiencias de países vecinos. Tampoco se han aprovechado los dos meses de cuarentena para fortalecer las capacidades médicas con más equipos o más personal, más allá de unas cuantas y polémicas acciones de entrega y saludos a la bandera.
Levantar las manos sobre la cuarentena supone arriesgar la salud de la población y resignarse a que haya “muchos muertos”, que dice el ministro Marcelo Navajas. Culpar a “la gente” es una mezquindad de quienes han asumido la tarea de liderar. Queda por ver cuántos “muchos” están dispuestos a soportar.
El fracaso, por si acaso, sí tiene responsables. Es cómodo culpar “a la gente” y socializar la responsabilidad de cuidarse como algo personal, que evidentemente lo es. Mucho más complejo, en estos tiempos de política populista, es reconocer que al Estado y sus gestores les faltó habilidad para manejar la situación.
La Presidenta Jeanine Áñez recibió apoyo cerrado de todos los sectores cuando el 22 de marzo decretó la cuarentena total, e incluso en la posterior declaración de estado de emergencia, cuando ya empezaba a reconocerse esa estrategia de la criminalización del otro.
Entonces había 27 casos confirmados en el país; hoy hay más de 4.000. Entonces, muchos creímos que la decisión estaba resguardada en una estrategia veloz que hubiera permitido identificar y aislar a la población infectada y de riesgo, acelerando los tratamientos, aprovechando el sacrificio que el conjunto de los bolivianos sí hizo en las primeras semanas de la pandemia.
La cuarentena empezó con 27 infectados y hoy hay más de 4.000. La estrategia médica entró en decisiones inexplicables, como la de prohibir los test rápidos y economizar hasta el extremo la toma de muestras para pruebas PCR.
La estrategia médica entró en decisiones inexplicables, como la de prohibir los test rápidos y economizar hasta el extremo la toma de muestras para pruebas PCR. El lema era “esperar” a los síntomas, justo lo contrario que recomendaban todos los organismos en la lucha contra la pandemia.
La estrategia médica debía acompañarse de una estrategia económica suficiente que mantuviera a la gente tranquila en casa garantizando la alimentación de los más necesitados. Inicialmente se hizo: se aplazaron los pagos de créditos, se asumió el pago de servicios básicos, e incluso se coqueteó con la suspensión de pagos de alquileres. Sin embargo, los nulos resultados ofrecidos por la estrategia médica dejaron en evidencia lo que ya era evidente, que 500 bolivianos no alcanzan para nada. En ese contexto, la ASFI acabó dando la puntilla, pero antes ya se habían sentado las bases del fracaso con la “democratización” de la responsabilidad y el intrincado sistema de “cuarentena dinámica”, que quedó grabado a fuego en el subconsciente.
Chile anunció hace apenas tres semanas con bombos y platillos su retorno a la normalidad dando por controlada la crisis, pero la semana pasada tuvo que reponer medidas aún más severas ante el rebrote de la enfermedad.
En Bolivia ni siquiera hemos alcanzado la capacidad instalada para hacer test diariamente, que según los responsables es de 1.300 sumando todos los laboratorios del país. Sin capacidad de testeo, resulta imposible calcular evoluciones de la pandemia y sus picos, que pasan a ser ejercicios más o menos creativos combinando buenas intenciones y experiencias de países vecinos. Tampoco se han aprovechado los dos meses de cuarentena para fortalecer las capacidades médicas con más equipos o más personal, más allá de unas cuantas y polémicas acciones de entrega y saludos a la bandera.
Levantar las manos sobre la cuarentena supone arriesgar la salud de la población y resignarse a que haya “muchos muertos”, que dice el ministro Marcelo Navajas. Culpar a “la gente” es una mezquindad de quienes han asumido la tarea de liderar. Queda por ver cuántos “muchos” están dispuestos a soportar.


