Acabar con los desastres naturales
Los desastres naturales son evidentemente un flagelo inesperado para el campesino y productor, que por las inclemencias del tiempo ven destruirse sus esfuerzos del año en pocos minutos. Son evidentemente una catástrofe que destruye familias y economías, y que además tiene su impacto en la...
Los desastres naturales son evidentemente un flagelo inesperado para el campesino y productor, que por las inclemencias del tiempo ven destruirse sus esfuerzos del año en pocos minutos. Son evidentemente una catástrofe que destruye familias y economías, y que además tiene su impacto en la economía general del departamento.
Vaya por delante que el Estado debe ser capaz de generar mecanismos para atender a las personas que han caído en desgracias similares y que no se pueden abandonar a su suerte, pero nadie puede olvidar que lo más efectivo contra estos fenómenos es precisamente la planificación.
Contra las tormentas en sí poco se puede hacer salvo adaptar invernaderos a los tipos de producción, si es factible, para garantizar la persistencia de al menos una parte de las cosechas. Contra las riadas, se planifican defensivos y planes de emergencia para salvaguardar la producción, y para la sequía, se han invertido cientos de millones en remiendos que finalmente no han constituido ninguna solución sostenible.
En algún lugar existe algo así como un plan hidrológico departamental, pero está tan archivado que no se utilizó nunca pese a la infinidad de programas Mi Agua, Mi Riego, etc., que se financiaron
Los problemas, sin embargo, siguen siendo recurrentes en el departamento, lo que parece haberse convertido en un hábito de este tiempo los reclamos generalizados de unos y otros a las autoridades de referencia, sin que estos hagan otra cosa que movilizar unos recursos casi siempre disponibles, aunque luego nadie sepa muy bien qué se han hecho con ellos.
Los desastres son desastres, y para algunos, un simple cálculo probabilístico. Para ello se han inventado las corredurías de seguros, que apuestan precisamente a ganar, con el riesgo que reporta, y cuya utilidad en Tarija, visto lo visto, estaría fuera de toda duda.
Resulta curioso en este caso que la administración central, que con tanta soltura exige a emprendedores y empresas regladas diferentes obligaciones, no exija la contratación de seguros a los productores campesinos; o que al menos se incluyera como requisito departamental para acceder a los programas que les benefician directamente, como el Prosol.
Igualmente, cada año se registran pérdidas por riadas en la zona alta y en O´Connor principalmente, pero también es cierto que las hemerotecas dan cuenta de las mismas inundaciones en los mismos lugares, donde se ha seguido sembrando sin tomar las precauciones suficientes.
Y la sequía sigue ahí. Dos años algo más generosos en lluvias no va a tapar la deriva general climática ni sobre todo, las carencias estructurales y falta de planificación nacional. En algún lugar existe algo así como un plan hidrológico departamental, pero está tan archivado que no se utilizó nunca mientras se han ido construyendo docenas de pequeños atajados, ojos de agua, membranas recolectoras, etc., en la infinidad de programas Mi Agua, Mi Riego, etc.
Los desastres llegan, y los que los padecen acuden rápido a las autoridades, que en medio de la presión general y con una normativa menos burocrática pero igualmente opaca se movilizan recursos que sirven como paliativos si tienen la suerte de llegar al destino. Mientras tanto, la planificación y prevención sigue siendo objeto de largas reuniones y talleres de capacitación, sin que tengan resultado alguno.
Vaya por delante que el Estado debe ser capaz de generar mecanismos para atender a las personas que han caído en desgracias similares y que no se pueden abandonar a su suerte, pero nadie puede olvidar que lo más efectivo contra estos fenómenos es precisamente la planificación.
Contra las tormentas en sí poco se puede hacer salvo adaptar invernaderos a los tipos de producción, si es factible, para garantizar la persistencia de al menos una parte de las cosechas. Contra las riadas, se planifican defensivos y planes de emergencia para salvaguardar la producción, y para la sequía, se han invertido cientos de millones en remiendos que finalmente no han constituido ninguna solución sostenible.
En algún lugar existe algo así como un plan hidrológico departamental, pero está tan archivado que no se utilizó nunca pese a la infinidad de programas Mi Agua, Mi Riego, etc., que se financiaron
Los problemas, sin embargo, siguen siendo recurrentes en el departamento, lo que parece haberse convertido en un hábito de este tiempo los reclamos generalizados de unos y otros a las autoridades de referencia, sin que estos hagan otra cosa que movilizar unos recursos casi siempre disponibles, aunque luego nadie sepa muy bien qué se han hecho con ellos.
Los desastres son desastres, y para algunos, un simple cálculo probabilístico. Para ello se han inventado las corredurías de seguros, que apuestan precisamente a ganar, con el riesgo que reporta, y cuya utilidad en Tarija, visto lo visto, estaría fuera de toda duda.
Resulta curioso en este caso que la administración central, que con tanta soltura exige a emprendedores y empresas regladas diferentes obligaciones, no exija la contratación de seguros a los productores campesinos; o que al menos se incluyera como requisito departamental para acceder a los programas que les benefician directamente, como el Prosol.
Igualmente, cada año se registran pérdidas por riadas en la zona alta y en O´Connor principalmente, pero también es cierto que las hemerotecas dan cuenta de las mismas inundaciones en los mismos lugares, donde se ha seguido sembrando sin tomar las precauciones suficientes.
Y la sequía sigue ahí. Dos años algo más generosos en lluvias no va a tapar la deriva general climática ni sobre todo, las carencias estructurales y falta de planificación nacional. En algún lugar existe algo así como un plan hidrológico departamental, pero está tan archivado que no se utilizó nunca mientras se han ido construyendo docenas de pequeños atajados, ojos de agua, membranas recolectoras, etc., en la infinidad de programas Mi Agua, Mi Riego, etc.
Los desastres llegan, y los que los padecen acuden rápido a las autoridades, que en medio de la presión general y con una normativa menos burocrática pero igualmente opaca se movilizan recursos que sirven como paliativos si tienen la suerte de llegar al destino. Mientras tanto, la planificación y prevención sigue siendo objeto de largas reuniones y talleres de capacitación, sin que tengan resultado alguno.


