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Cartografía Mundialista

La novela detrás del gol

Dos hombres. Dos pérdidas. Dos formas distintas de atravesar el duelo. Uno decidió jugar. El otro decidió marcharse. Ninguna reacción parece más correcta que la otra. Ambas nos recuerdan que, debajo del uniforme, siguen habitando personas.

Merodeos
  • Alfonso Cortez
  • 30/06/2026 12:14
La novela detrás del gol
Zona Mixta

Queridos cartógrafos mundialeros:

Marcelo Suárez dice que el Mundial acaba de consagrar el drama. Que, en esta etapa de eliminación directa, el fútbol se vuelve literatura. Permítanme disentir en apenas un detalle. Creo que el Mundial siempre fue literatura. Lo que está ocurriendo ahora es otra cosa: los futbolistas dejaron de ser personajes para convertirse en personas.

Durante mucho tiempo los veíamos entrar al estadio como los antiguos gladiadores romanos entraban al Coliseo. Sabíamos cómo peleaban, pero ignorábamos casi todo sobre sus vidas. Conocíamos la potencia de su zurda, la velocidad de su carrera o la violencia de un cabezazo. Poco más.

Hoy sucede exactamente lo contrario.

Antes de que ruede la pelota, ya conocemos a sus padres, a sus hijos, a sus esposas, a sus enfermedades, a sus pérdidas, a sus miedos y hasta las canciones que escuchan antes de salir al campo. Los futbolistas ya no llegan únicamente con una camiseta. Llegan cargando una biografía.

Quizás por eso este Mundial se esté pareciendo menos a una epopeya deportiva y más a una novela.

Anoche, por ejemplo, Cody Gakpo marcó para Países Bajos frente a Marruecos. Cualquier otro día habríamos hablado del movimiento táctico, del pase previo o de la definición. Pero el gol quedó inmediatamente en segundo plano.

Días antes, él y su esposa habían perdido al hijo que esperaban. El cuerpo técnico le había dado permiso para volver con su familia. Sin embargo, decidió quedarse en el plantel. Marcó el gol, miró al cielo y rompió en llanto. Durante unos segundos ya no vimos a un delantero neerlandés. Vimos a un padre intentando seguir adelante mientras atravesaba uno de los dolores más difíciles de imaginar.

Curiosamente, el fútbol volvió a perder importancia.

Algo parecido ocurrió con Didier Deschamps. Mientras Francia preparaba su siguiente partido, el seleccionador tuvo que abandonar temporalmente la concentración para regresar a Europa tras el fallecimiento de su madre.

Dos hombres. Dos pérdidas. Dos formas distintas de atravesar el duelo. Uno decidió jugar. El otro decidió marcharse. Ninguna reacción parece más correcta que la otra. Ambas nos recuerdan que, debajo del uniforme, siguen habitando personas.

Hace unos días escribía sobre Raúl Jiménez, quien dedicó un gol a su padre fallecido. También sobre Zinedine Zidane sufriendo desde la tribuna mientras su hijo Luca recibía los goles de Messi. Este Mundial está lleno de conversaciones pendientes entre padres e hijos, de despedidas silenciosas y de afectos que terminan colándose entre los noventa minutos.

Confieso una pequeña maldad futbolera. Estoy empezando a creer que la Federación Neerlandesa exige un certificado de antipatía para contratar seleccionadores. Frank de Boer lo tenía. Louis van Gaal también. Ronald Koeman no quiso romper una tradición tan respetable.

Y, sin embargo, anoche apareció Gakpo para recordarme que no conviene juzgar a todo un país por sus entrenadores. Porque cuando Gakpo levantó la mirada al cielo, dejó de importarme quién estaba en el banco. Tal vez esa sea una de las transformaciones más profundas del deporte moderno.

Los gladiadores de la antigua Roma entraban a la arena convertidos en mitos. Apenas conocíamos su destreza con la espada. De los gladiadores del siglo XXI sabemos casi todo: dónde nacieron, quiénes los esperan en casa, qué heridas cargan y qué pérdidas intentan soportar mientras juegan un Mundial.

Tal vez por eso, el fútbol ya no se consume solo por lo que ocurre en la cancha. También seguimos las vidas que llegan hasta ella. Cada partido arrastra historias de amor, enfermedades, nacimientos, duelos, reconciliaciones y despedidas. La pelota sigue siendo el centro del espectáculo, pero hace tiempo dejó de ser el único argumento.

Hay ahí una metáfora de nuestra época. Ya no nos basta con admirar el talento. Necesitamos conocer a la persona que hay detrás del talento. El goleador ya no es solamente quien convierte un penal decisivo; es también el hijo que acaba de perder a su madre, el padre que llora por un hijo que no llegó a nacer o el hombre que intenta trabajar mientras la vida le juega un partido infinitamente más difícil.

Por eso este Mundial ya no se juega solamente en las canchas. La verdadera eliminatoria no siempre ocurre entre dos selecciones. Muchas veces se juega dentro de cada futbolista. Y contra ese rival no existen el VAR, el tiempo suplementario ni los penales.

La pelota sigue entrando en el mismo arco de siempre.

Y ahora también atraviesa la vida de quienes la patean.

 


En medio de la vorágine noticiosa del país, más crispado que de costumbre, tres de las mejores plumas del país se unen para ofrecer una crónica mundialista distinta. Desde este martes y hasta la final del 19 de julio, Erik Ortega, Alfonso Cortez y Rafael Sagárnaga, coordinados por el director de El País Jesús Cantín, compartirán reflexiones, emociones y expresiones del “evento futbolístico más grande del planeta” y todo lo que mueve a su alrededor, porque “el fútbol nunca fue solo fútbol”, sino una excelente metáfora a través de la que se explica la vida, el mundo y sí, también el propio fútbol.

De momento se han sumado Karina Vargas, Mariana Ruíz, Marcelo Suárez y Pablo Carbone ¿Quieres sumarte? Escríbenos a [email protected]

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