Cartografía Mundialista
Leer fútbol en tiempos de Mundial
Mi cuento favorito de fútbol del año pasado no está en una antología referida al tema. Está en “Bucear en el cielo”. Lo escribe Rodrigo Villegas desde su trinchera, en un libro que titula como el relato y que habla de lo bonito que es pichanguear con los amigos en una cancha, un domingo cualquiera
Tengo un amigo cordobés que da clases para escribir crónica futbolera por internet. Se llama Marcos Villalobo y anda buscándole siempre la gambeta a los cuentos. Como ex futbolista que soy, (jugué hasta la universidad, siempre sin haber visto un solo partido, me interesaba jugar, no ver jugar), a veces conversamos porque sabemos que leer cuentos de fútbol es un placer aparte.
Villalobo sabe que el fútbol es una gran excusa para contar historias. De manera absolutamente inconsciente, pues, gracias a nuestras conversaciones, me encuentro justo ahora leyendo/releyendo cuentos futboleros desde hace un par de semanas. No los internacionales, que los leí, pero no conservo, sino los nacionales. Y quiero contarles de algunas antologías, aunque me faltan un par, porque tienen mucho que develar acerca de nuestra idiosincrasia, nuestra pasión por el juego y nuestra forma de leer.
Comencemos por el 2008, con “Warikasaya. Cuentos Stronguistas”, editado por Ricardo Bajo. Más de una docena de autores, algunas mujeres, muchos capos, otros “jóvenes promesas” que el tiempo se ha ocupado de decantar. Como centro, el Stronguest. Cuentos de toda laya, venganzas, hinchadas, jugadas magistrales y nostalgia. Mucha nostalgia. Dos que me gustan: Víctor Montoya con “El tigre de achumani” y Pedro Susz con “Choclo con queso”:
“En esa remota edad, no recuerdo el año, apenas la tembladera del comienzo y los escalofríos del final, el comercio de abalorios futboleros se reducía a las muy modestas banderitas de papel. Portar una camisola del equipo ya eran palabras mayores. Para comprarse alguna era preciso ir a una casa de deportes con un buen fajo de billetes a mano.
Me costó algunos meses sin salteña en el recreo del ‘cole’, ni matinal del domingo en el ‘Miraflores’, juntar el fajo en cuestión. Nómina de sacrificios a los que debe sumarse el haberme perdido por lo menos tres episodios de la serie El Zorro, porque en ese tiempo las ‘pelis’ se pasaban por capítulos, astuta estrategia que nos mandaba a casa con el ‘continuará’ clavado en la boca del estómago, prendidos a la ansiedad de que la semana terminara al vuelo para repetir el ceremonial”.
Esa antología le abrió la puerta a otras, con cuentos a favor del Bolívar, o del Aurora vs el Wilsterman. De la crónica no sabíamos mucho, todavía no había llegado el estilo a abrirse cancha en nuestras vidas.
El 2014 editorial El Cuervo se lanzó con otra antología: “Domingos por la tarde, cuentos bolivianos de fútbol” que es ahora inencontrable. Otra vez, Bajo se dedicó a la selección, y el resultado deja muchas felices historias con nombres que empezaban a sonar y que ahora reconocemos en otros logros: Baudoin, Mamani Magne, Murillo, y los capos de toda la vida, como Gonzalo Lema y Alfonso Cárdenas.
Me encantó releer a Ferrufino-Coqueugniot y su cuento “Tamayá”, que recupera en el recuerdo qué tentación era usar las canchas del Félix Capriles, cuando sus paredes de adobe marcaban el final de la ciudad y el inicio del campo, enterrado ahora por la enorme métropoli de Kanata:
“Horizontes de eucaliptos rodeaba las casas, justo afuera de las canchas auxiliares del estadio. Arena, lama fina y amarilla, en volutas de aire elevándose igual que danzantes, a la bella del libro de García Marquez, hoy fallecido. Cuando poco hay, magia sobra”.
Como zaguero, irrumpió entonces en la tradición futbolera Alfonso Cortez, que publicó “Pasión inútil. Cuentos de fútbol” en 2019 y ahora vuelve a la palestra este 2026 con “Desde la línea de cal”. Voraz lector, le dedica sus obras al Alfonso niño, que jugaba hasta hacerse de noche bajo los guayabos detrás del balneario donde creció. Sus cuentos hablan de épica, (como cuando jugó con Pelé) de esperanza, y de cotidiano. Con la experiencia de ver jugar a su hijo, y de asistir a las canchas como un ritual, es quizás quién más ha hablado del tema (aunque Gonzalo Lema hizo una novela, “Si tú encuentras a Marijo”). Y claro, por lealtad generacional, mi favorito es “La jueza”:
“A veces, entre partido y partido, se sentaba con nosotros y hablaba de fútbol como quien habla de literatura. Mencionaba partidos como quien cita poemas. Tenía memoria fotográfica para jugadas polémicas. Y una frase que repetía como mantra:
─El árbitro ideal es el que no se nota. Pero a mí no me interesa ser invisible”.
Y un último apunte, mi cuento favorito de fútbol del año pasado no está en una antología referida al tema. Está en “Bucear en el cielo”. Lo escribe Rodrigo Villegas desde su trinchera, en un libro que titula como el relato y que habla de lo bonito que es pichanguear con los amigos en una cancha, un domingo cualquiera: “El contacto con la pelota me despierta de la ilusión, ya que la esfera llega a mis pies. Pienso en la felicidad, en sus significados. En cómo puede simplificarse en un balón, en un libro, en una película, una siesta, una salida a caminar con alguien que quieres. A veces, (o tal vez, casi siempre) se encuentra al alcance de la mano”.
Y sí, muchas veces tocar el balón es sinónimo de felicidad.
En medio de la vorágine noticiosa del país, más crispado que de costumbre, tres de las mejores plumas del país se unen para ofrecer una crónica mundialista distinta. Desde este martes y hasta la final del 19 de julio, Erik Ortega, Alfonso Cortez y Rafael Sagárnaga, coordinados por el director de El País Jesús Cantín, compartirán reflexiones, emociones y expresiones del “evento futbolístico más grande del planeta” y todo lo que mueve a su alrededor, porque “el fútbol nunca fue solo fútbol”, sino una excelente metáfora a través de la que se explica la vida, el mundo y sí, también el propio fútbol.
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