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Bolivianos en la Argentina

Expansión y encuentro

Cántaro
  • Carlos Ávila Claure
  • 03/05/2026 02:41
Expansión y encuentro
Carlos Ávila Claure Foto: Carlos Ávila Claure

“-Esto es Bolivia, no es Buenos Aires- dijo disgustada una mujer de costoso aunque antiguo vestido, en las puertas de un supermercado del elegante barrio norte de la ciudad, casi huyendo de las cholas que pacientemente le ofrecían un sinnúmero de verduras".

Por Carlos Ávila Claure

La imagen captada por la fotografía no refleja la habitual escena que observamos en cualquier centro urbano de nuestro país que, por lo cotidiana, no tendría el interés que le asignamos. Ella ha sido lograda en una calle aledaña a la avenida “Santa Fe", importante y denso centro comercial de la ciudad de Buenos Aires. la que cuenta con más de once millones de habitantes.

El "porteño" además de todas sus buenas dotes y su compás tanguero, es también vanidoso y soberbio cuando se enorgullece y enclaustra en su ascendencia más europea que americana, determinada como secuela del flujo migratorio que desde los puertos del Rio de la Plata se expandió hasta Córdoba, arrinconando y extinguiendo a los hombres primigenios de las vastas llanuras del sur del continente.

Buenos Aires creció y vivió sin mácula dentro de ese entorno, forjando y nutriendo esa su concepción europeizada del mundo en el límite austral de América. Su gente, su arquitectura, su entorno y todas sus viviendas, configuraron en el nuevo y moreno continente el asombroso y paradoja! trasplante de la cultura de la vieja Europa, desapegada casi por completo de toda influencia nativa.

Hoy en relación a ello y en este nuestro difícil pero esclarecedor tiempo, algo está sucediendo en aquella populosa y febril urbe, en la que ya miles de bolivianos y muchos latinoamericanos se han asentado como resultado del reflujo de necesidades de supervivencia y el posterior y obvio entretejido de relaciones familiares que se fueron consolidando al paso del tiempo.

En 1989 un despacho informativo de la Agencia Reuter con sede en la capital porteña, dentro de un comentario informativo, manifestaba: La mujer, cuyos zapatos gastados denunciaban también "los estragos de la crisis, terminó comprando pese a su enojo porque los precios eran menores a los del supermercado".

Mi experiencia personal, años antes, encierra el recuerdo de mujeres bolivianas vendiendo verduras, locotos y limones en los accesos del mercado de Constitución y en el barrio de Pompeya. En mis últimos viajes. la sorpresa de encontrarlas asentadas a lo largo de la extensa avenida “Rivadavia", en el bullente Mercado de Abasto y en casi todas las zonas más densas del distrito federal, ofreciendo a los transeúntes con sus rostros morenos y gestos humildes, toda aquella gama de productos que desde el choclo y los ajíes culminaban con el popular "Mentisán" boliviano. Y era notable observar cómo ya habían consolidado una clientela diaria en las distintas zonas y barrios, así como la organización rudimentaria pero eficiente de servicios de transporte para la instalación y recojo de sus puestos callejeros.

Todo esto no lo observa sólo el boliviano que eventualmente visita Buenos Aires. Así, los conductores del taxi que ocupamos, observadores vivenciales de todo lo que ocurre diariamente en una urbe, al darse cuenta de nuestra americana y morena textura. nos muestran con grandes gestos y aspavientos todos los lugares en que, dentro del transcurso del trayecto, ejercen su comercio cotidiano nuestras connacionales.

Todo lo expresado sólo parece conllevar un hecho curioso y anecdótico de la gran ciudad. Mas, nos preguntamos: ¿No es acaso el símbolo extraordinario de la potencia vital de las etnias nativas y mestizas de Bolivia y de América que están ocupando, lenta pero inexorablemente, los espacios y los horizontes culturales que antes fueron suyos?

La fotografía que ha dado pie a nuestras divagaciones muestra un rostro joven, moreno, terco y humilde, expresivo de los pueblos oriundos del continente. También refleja la dulce imagen de una anciana, con un viejo vestido de estilo europeo y zapatos gastados, comunicándose fraternal y bondadosamente con aquélla. Y nos surge otra interrogación: ¿Es que ha llegado el tiempo en que estamos comprendiendo que la integración de todos los latinoamericanos sólo puede ser el resultado de una comunicación íntima y fecunda y nunca el producto de prejuicios culturales que no conjugan con el contacto límpido y fresco de pueblos hermanos?

Dos mujeres, dos culturas y una sola voluntad espontánea de integrarse, sin "medir los fermentos que opacan y demoran la ineludible urgencia de abrir las anchas puertas del destino común de todos los latinoamericanos.

Carlos Ávila Claure es escritor y educador tarijeño: fue vicerrector de la Universidad “Juan Misael Saracho“.

Tarija, miércoles 23 de diciembre de 1992

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