La tradición limpia de un pueblo
La virgencita de Chaguaya puede ser un mito o un milagro, pero en el sentimiento y en la profunda sencillez del pueblo tarijeño es mucho más que eso.
Es una honda convicción de fe, impregnada de una sana devoción, que surge del espíritu de todos sus habitantes que simbolizan en su imagen los mejores contenidos de su formación religiosa, ancestral y humana.
Ella es digna y solidaria con todos los tarijeños y bolivianos porque recoge y desparrama, en el símbolo y en la emoción entretejida de nuestra historia afectiva, los más trascendentes reclamos y urgencias del hombre que no vive sólo de la materialidad.
Esa es la razón fundamental por la que los tarijeños, hombres, mujeres y niños de cualquier condición social y económica, los que se fueron al interior del país o los que emigraron a los países vecinos acuciados por elementales razones de subsistencia, quieran y respeten a su pequeña virgen chapaca o arriben una y otra vez -año tras año- a este su añorado rincón de la Patria.
Y desde su entrañable pago, en el que se vive o se recuerda siempre, iniciar una caminata de sesenta kilómetros hasta el Santuario de Chaguaya, reventando las ampollas de su fe y de sus convicciones sanamente intuidas, sin pedir otra recompensa de su esfuerzo que la de alcanzar el objetivo espiritual de un pueblo que no mide su existencia sólo maniatada a valores materiales y de consumo que denigran.
Es este el enorme valor humano de una región y un pueblo que primero enraízan el sentido de su existencia en el espíritu y no en la materialidad de un quehacer de vida secante y árido.
La virgencita de Chaguaya está y estará siempre en su santuario y en el corazón de todos los tarijeños que viven junto al molle y al sauce o de los que tuvieron que alejarse de su sombra.


