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CUENTOS DE UN PUEBLO BICICLETERO de “E..ALE. GRO”. Tarija. 2001

Rumbo a Padcaya

Cántaro
  • Enrique Ale Guerrero
  • 22/03/2026 00:00
 Portada Cuentos de un Bicicletero

Portada Cuentos de un Bicicletero

Santa Ana

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 Portada Cuentos de un Bicicletero
Santa Ana
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Cuando viajábamos rumbo a Padcaya hicimos una parada de un par de horas en El Valle y Valtierra me dice: -Vamos a buscar a Delfín, ha de estar en su casa- y como el pueblo era chico no tardamos en llegar al domicilio de este amigo, solamente que en la mera esquina había una pulpería o sea una tienda donde se expendían licores, entre ellos habla vinos tintos, blancos y claretes.

Luego en el mostrador colocados en hilera unos sendos recipientes de vidrio con mistelas o “moscos” de todo color y sabor, ahí se veían de color rojo intenso que no era otra cosa que grosella con aguardiente de caña y sabor dulce, luego estaba la menta color verde botella con el mismo contenido, la yerba buena, el durazno y no menos de diez sabores y colores estaban a la venta y en exposición.

Cuando entramos a la tienda había cuatro parroquianos, todos ellos por su vestimenta denotaban ser campesinos que departían alegremente tomado brandy de uva. Yo me quedé mirando a uno de ellos de unos cuarenta años y me sonrió abriendo tamaños ojos y cuando vi a los demás también con las órbitas de los ojos que se habrían dejado ver lo rojizo de los ojos que quien sabe si era por efecto del alcohol o de a trasnochada. Esto me pareció cómico y tanto Valtierra como yo comenzamos a reír y entre más miraba al que tenía cerca, más era mi hilaridad y por consiguiente la del parroquiano.

En eso entró otro cliente que ya traía sus copas encima y pidió le sirvieran una mistela de menta dizque para el “desempance" y volteándose le dijo a uno de ellos: ¡Salud amigo! Pioquinto Reyna que por toda tierra que anda “polvorico levanta". Y alzando la copa de brandy contestó el otro. ¡Eustaquio Cabral que por toda tierra que anda huella deja!. Y al oír estas sendas presentaciones me lance a reír con tremenda hilaridad, a lo que volteó con su copa el tal Eustaquio y con una sonrisa me dijo. ¡Y cómo te llamas canijo muchacho!. Mi respuesta fue rápida Soy Rico Candela que por toda tierra que anda ¡viento levanta!. Y muy serio el tal Pioquinto replico -¡Bah! jodido y tiznado muchacho ni con un pedo levantáis tantito "aigre”!. A esto todos los parroquianos se carcajearon.

Y enojado les contesté: ¡También me meo en ustedes mugres borrachales!. Y medio en risa y serio aquel paisano movió con el reverso de la mano el alón sombrero de fieltro hacia atrás y como agachándose y girando la cintura un poquito y dando un medio paso adelante hizo ademán de sacar su facón.

Presto Valtierra me jaló del brazo y salimos corriendo de la pulpería, parándonos brevemente en el umbral de la grande puerta de madera, voltee dándoles la despedida con -¡También me zurro en ustedes borrachos cabrones!.

Y brincando rumbo a la calle con toda la velocidad de nuestros pies, corrimos unos treinta metros deteniéndonos en media calle mirando si alguien salía de la pulpería, pero solo se oían risotadas que seguramente festejaban mis bravatas de ratón.

Luego pregunte tú amigo Delfino?. Contestando dijo que no se encontraba. Nos dirigimos a la placita del pueblo a esperar que el camión continuara viaje y así fue, seguimos a nuestro destino que era Padcaya.

Llegamos a lo hora de comer y rápidamente rumbeamos a casa de Valtierra que estaba situada en la esquina de la plaza única y principal. Allí nos recibió su mamá y luego conocí a su padre y unas guapas y bonitas hermanas mayores que Valtierra Comimos y salimos a dar la vuelta por el pueblo y por donde quiera que miraba me encontraba con chicas bellas y es que todas estas chavas eran preciosas.

Desde luego habían de diferentes edades, rubias, pelirrojas, morenas y yo con mis escasos once o doce años era lo suficientemente precoz para mirar estas beldades. Y la verdad es que me sentía como zorro en gallinero. Pero un zorro con bozal de colmillos y garras incipientes.

Dos días después don Telésforo, el papá de Valtierra nos dijo que de madrugada había que salir rumbo a Alisos donde él tenía una propiedad y se nos entregarían treinta cargas de gramináceas y para esto se encontraban en el corralón de la casa dos buenas monturas para el viaje.

Muy temprano montamos nuestros caballos y al cabo de unas cuatro horas de viajar por ese camino de herradura, pasamos al lado donde se encontraba un enorme carapacho semejante a un armadillo del tamaño de un camión de carga.

Por supuesto que pesaba varias toneladas y estaba brillante y pulido, color metálico por efecto del tiempo. Yo me subí a danzar sobre los restos del antediluviano Doedicurus haciendo planes para trasladado a un museo de la ciudad.

Esto desde luego no era factible y con desencanto continuamos nuestro camino, cruzando por un pequeño bosque de nogales. Por el suelo habían regadas multitud de nueces, me bajé de la cabalgadura y recogí un gran número de ellas y al quebrarlas con sorpresa vi que estaban vacías. -Las hormigas perforaron un pequeño orificio y por ahí extrajeron todo el contenido-. Luego discerní, para encontrar el nido de estas hormigas y quitarles la enorme cantidad almacenada de pulpa de nueces, limpia y sin cascarilla.

Un poco más adelante trepamos unas lomas semipobladas de árboles y arbustos y ahí en una amplia ladera estaba la casita de Cirilo y su familia.

Cirilo tenía fama de súper tragón y luego que nos saludó, paso a enseñarnos un cuarto donde pernoctar con el aviso previo que el techo de carrizo y tejamanil estaba poblado de unos insectos llamados vinchucas terribles chupasangre que tan pronto se acuesta la gente y apaga la luz del quinqué bajan a extraer el líquido vital, provocando erupciones como grandes granos que causan una malhadada comezón que dura casi todo un día.

Tanto Valtierra como yo decidimos dormir, para librarnos de estos insectos, en el patio donde estaban acomodados en fila unos veinte recipientes o medias tinajas de barro. Todas hervían y se atizaba el fuego constantemente para que aquel atole tomara el punto debido de cocción de donde posteriormente se hace la chicha.

Cerca como a dos metros de la lumbre para no sufrir frió en la madrugada, tendí mi cobija y me apreste a dormir. De pronto despertaba y ahí estaba Cirilo, atizando el fuego y con un cucharán sacaba el contenido y resoplando, sorbiendo y medio quemándose el gargüero le entraba con largos sorbos al dulce atole que conforme pasan las horas toma un punto espeso, rojo obscuro llamado arrope con lo que concluye el cocimiento para luego trasvasar en tinajas de cerca de cien litros donde le agregan una cierta cantidad de agua cerrando herméticamente y dejando fermentar un cierto tiempo que una vez transcurrido se destapa para consumir aquel líquido agradable y embriagante color amarillo-ocre llamado chicha.

En la tarde Cirilo y un peón reunieron en el corral treinta acémilas, pero al cargarlas muy de mañana faltaban dos. Como era muy chico y no podía con las cargas, me encomendaron ir a buscar una mula que probablemente estaba en una aguada como a dos kilómetros de la casa entre una abra de dos cerros que se bifurcaban. Emprendí la carrera cuesta arriba bordeando matorrales y llegué al punto indicado bajando unos metros la ladera entre árboles grandes y una vegetación con un abundante chaparral y ahí de pronto apareció el “aguaje”. Allí estaba la mula indicada, pero como tenía algo de sed busqué en el rincón de la peña un lugar donde beber y noté entre la húmeda arena, huellas de un gran felino.

No me preocupé de esto porque la mula estaba tranquila y las huellas del puma o tigre americano eran de unas horas atrás. Sin embargo, monté a pelo en la mula y bajamos trotando y a ratos medio a galope entre los chaparrales y potreros, hasta que llegué con el cuadrúpedo resoplando a la tranquera del corral.

A pesar de esto aún faltaba una acémila, entonces Cirilo dijo muy serio: - Ha de ser ese burro manadero el que cargue por ahora, porque no hay otro y sí les digo que como no lo entrenamos a cargar con recua les irá fregando todo el camino.

Valtierra me miró y como la orden era llevar todas las cargas, decidimos salir con las treinta acémilas, cosa que hicimos en breve tomando el camino de regreso. Así tranquilos montados en nuestros caballos íbamos arreando la recua y comenzó el burro manadero adelantándose y los demás en lugar de seguir agrupados se desprendían, tratando de alcanzarlo como si fuera una competencia y con estos “repechones” las cargas se desajustaban de uno y otro animal.

Apeándonos cinchábamos entre los dos con todas nuestras fuerzas la carga en el cuadrúpedo. A un comienzo más o menos pudimos con esta bronca, pero al cabo de un par de horas tanto jalar las sogas teníamos las manos enrojecidas y a punto de despellejarse. El jodido burro manadero seguía con sus caprichos, ahora se quedaba atrás totalmente parado y regresando a palos le hacíamos emprender la marcha y el mugre como si se le ordenara emprendía la carrera y ¡zas! la carga se ladeaba o se iba encima del cogote.

¡Ha! maldición con este animal. Finalmente, para ver si la cosa se componía subí a caballo y arreándolo lo separé de la recua adelantándome una buena distancia y el muy pícaro bufando daba pequeños corcoveos y otra vez la carga fuera de su lugar

-Algunos años después tratando de enseñarle como pronunciar algunas palabras “rebuscadas” a una persona de edad, erraba repitiéndolas con lo que acabé por perder la paciencia y un viejo tío mío que estaba atento y viendo mi contrariedad dijo -¡Hijito, burro viejo no agarra paso! Entonces recordé que este dicho o refrán clásico de los arrieros tenía una relación certera con aquel incidente vivido con el burro manadero

Huacanki es una localidad a escasos kilómetros de Padcaya y por mandato de Don Telésforo tuvimos que ir con Valtierra, de suerte que después del medio día emprendimos la marcha como se dice a “pata” y al cabo de un par de horas arribamos al lugar donde había una casa con granero, cocina y recámaras. La cuidadora era una mujer de unos treinta y cinco años llamada Pascuala y vivía sola cuidando de algunos animales, entre ellos un hato de cabras y ovejas que sacaba a pastar diariamente un pastorcillo.

Con la comida no teníamos mucho lujo, de suerte que yo siempre andaba con hambre a consecuencia que mi actividad física era incansable, siempre estaba caminando por un lado y por otro conociendo a fondo el lugar.

El desayuno y la cena eran un sendo vaso de café hervido con un pan de maíz de regular tamaño. La comida del medio día consistía en un caldo medio revestido de algunas papas escurridizas bien machacadas, acompañado con un plato de maíces bien hervidos y escurridos. Alguno que otro día un pedazo de carne seca y atole en el desayuno. Con esto el hambre siempre rondaba en mis tripas con continuos gorgoritos, así que para quitar este enredo decidí investigar donde guardaba el pan de maíz la mentada Pascuala.

Primeramente investigue por los rincones de la cocina sin encontrar nada, lo mismo me pasó en las dos recámaras, por lo que deduje que el escondite podría estar en el granero. Allí había un número grande de cosas, como arreos de yuntas, lazos, arneses para carga de las bestias, costales de maíz y otros. Buscar en este lugar estaba difícil y el primer día salí derrotado, pero al siguiente me entretuve pensando dentro del granero y me dije -Si yo ocultara el pan de maíz lo pondría en...- Y de pronto fije la mirada en varias tinajas llenas de maíz en grano. Me dirigí a una de ellas e introduje la mano y ¡zas! que toco varios panes, luego hice lo mismo en las otras tinajas y encontré abundantes panecillos. Satisfecho con mi hallazgo comencé por la tinaja que estaba más alejada de la puerta hacia un rincón y de ella diariamente sacaba de tres a cuatro panecillos, que tenían mi estómago contento.

Un par de idas después de haber encontrado mi tesoro en el granero, corrió la noticia de que un puma andaba haciendo daño matando cabras y ovejas de los vecinos y cuando me enteré de esto nunca pensé ser testigo de un suceso así.

Sucedió que en la tarde cerca de las cuatro o cinco camine por los potreros hasta donde había un lecho de río seco con escasa vegetación que tenía en sus recodos pequeños aguajes. Este dizque riacho corría por el borde de un cerro y por ahí estaban pastando unas cincuenta ovejas y cabras muy tranquilamente.

El sol casi declinaba y una escasa brisa movía las hojas de los matorrales y uno que otro arbolillo, donde en uno de estos decidí treparme, cosa que hice encaramándome en una rama con los pies colgando. Allí estuve sin moverme más o menos una hora y de pronto intempestivamente el hato de animales se movió como una oleada a todo correr y desde mi atalaya a escasos cincuenta metros el puma americano, casi en medio de las cabras y ovejas, arremetía ferozmente dando zarpazos y derribando animales que llenaban un ruido de tropel y reclamos lastimeros. En un instante de esos clavó los colmillos en el cogote de una cabra sujetándola firmemente y retrocediendo un par de metros mientras aseguraba su presa el puma dio media vuelta enfilando sin soltar la cabra y a media carrera rumbo al cerro.

Con la vista lo seguí y la fiera bordeaba peñascos y breñales siempre ascendiendo sin dificultad hasta que la perdí de vista en un recodo. Poco después llegaron unos vecinos con una jauría e indicándoles el camino que había tomado el puma me uní a ellos ascendiendo el cerro rápidamente y sobre las huellas del puma se lanzaron los perros y justamente donde lo perdí de vista había un pequeño cañón formado por dos grandes peñascos y cuando bajábamos vimos al puma perderse detrás de una loma.

Azuzando a la perrada, que eran cerca de veinte, los lanzaron a seguir a la fiera y pronto los ladridos se hicieron lejanos. Mientras tanto los campesinos encontraron en el rincón de aquel pequeño cañón una cueva de regular tamaño y fuera alrededor había multitud de huesos de animales y ahí cerca estaba la cabra que la fiera había cazado.

Retornamos rápidamente porque en breve obscurecería y cerca del plan cuando cruzábamos el rio de lecho seco nos dieron alcance los perros que regresaban. Los contaron y no faltaba ninguno. Felizmente todos los perros estaban ilesos.

Los días siguientes dejé de sacarle el pan a Pascuala porque ya había muy poco y en la casa tenían un gatito muy gordo al que me gustaba acariciar y tenerlo en mi regazo, sucediendo esto una tarde lo dejé caer al piso y el animalito tomo el camino hacia las afueras rumbo a un lugar donde se ubicaba un chaparral con vegetación más o menos rala y verde, de suerte que al seguir al gato no lo perdí de vista.

Posicionándome recostado en el suelo observaba al pequeño felino sentado y moviendo la cola mirar atentamente ante unos matorrales. De pronto se agazapo a lo largo de su cuerno flexionando sus patitas y en esa posición avanzo unos centímetros y dio un salto cayendo sobre un conejo ¡”cuyo"!, el cual comenzó a chillar. Yo presto me dirigí hacia el gato y le quite el conejo muerto.

Por supuesto el felino se puso a maullar y protestar, pero me entendiera o no le dije -Micifuz vete a cazar otro que este me lo como yo- Me dirigí a la cocina limpié y preparé el conejito, el cual asé rápidamente al calor de las brasas. Las siguientes tardes no deje de comer conejo cuyo mientras duró mi estancia en este lugar.

Ya por el último día emprendimos el regreso a Padcaya y entonces la Pascuala se dio cuenta que le di baje a su pan y supe que la pobre se puso a llorar, ya que hacer pan no es fácil y en este caso hay que moler a mano el maíz, luego cernirlo, amasarlo, preparar el horno con leña, etc., y al final salen los panecillos que al día siguiente están como piedra de duros, pero llenan la tripa y alimentan que es lo importante.

La noche antes de retornar a Padcaya un pícaro zorrillo quien sabe cómo se trepo en una rama baja del árbol donde dormía una gallina y alcanzándola ambos cayeron al suelo. Ante el escándalo de la gallina la Pascuala despertó y salió corriendo, viendo con la luna llena que el zorrillo tenia agarrada a la gallina entre un nicho de leña que se ubicaba bajo del horno de hacer pan.

Tomó tina piedra redonda de unos tres kilos de peso y lo asesto sobre el depredador con tan buen tino que ahí quedó muerto originando ese horrible olor de su orina. Muy temprano cuando nos levantamos por todo el ámbito de la alquería nos rodeaba este fastidioso olor y ninguno de nosotros quisimos quitar el animal muerto por temor a contaminar nuestras manos con ese nauseabundo perfume.

Poco más tarde sobre el medio día llego el hermano menor de Valtierra cuyo nombre era Nilson de unos ocho años de edad, a decimos que su papá nos requería en Padcaya y enterándose del zorrillo fue y lo tomó de la cola y viéndolo muy bonito con su mancha blanca en el lomo dijo que lo llevaba para sacarle el cuero. Así nos fuimos los tres caminando rumbo al pueblo, no sin antes obligarlo a que se viniera detrás de nosotros con su fétido animal.

Llegando a la casa entramos por el amplio zaguán donde en una pared de un costado había un pretil de ladrillo de un metro de alto, que aparentemente cerraba una antigua puerta clausurada, de suerte que dejaba un hueco donde se encontraban algunos enseres y ahí justamente con su risita burlona arrojó el hermano de Valtierra el zorrillo muerto.

No tardó gran cosa en difundirse el olor por todos los ámbitos de la casa y los alrededores, que daba a la calle incluso fastidiando a los vecinos más cercanos. Esta peste traía de mal en peor a todos los habitantes de la casa, pero el que más a disgusto estaba era don Telésforo. Por fin al cabo de tres días no pudiendo soportar más y ante la negativa de Nilson de quitar su trofeo de caza decidimos rajarnos con su papá, el cual previo unos azotes por las asentaderas lo mandó a tirar su zorrillo al mentado Nilson, que al atravesar algunas calles hacia las afueras del pueblo iba dejando un reguero de perfume con los consabidos gritos y protestas de los vecinos.

Una mañana Valtierra le dijo a su padre que al día siguiente retornaríamos a Tarija ya que las clases en el ciclo medio comenzaban, pero no contamos ambos ni con un céntimo para pagar el pasaje y que normalmente se viajaba en camiones de carga que eventualmente pasaban por ahí, de manera que trepados en la corroería y encaramados sobre la carga se viajaba. La verdad es que en cierto momento contábamos con el dinero pero lo acabamos gastando hasta quedar en cero.

Muy temprano después de desayunar vinieron las despedidas y decididos emprendimos la marcha de más o menos cuarenta kilómetros y luego de caminar media hora Valtierra iba por delante y yo por atrás casi le pisaba los talones, en eso Valtierra pegó tremendo salto e instintivamente hice lo mismo y ambos pasamos sobre la víbora de cascabel que se desplazaba atravesando la senda de caminantes. Alcancé a verla en un instante cómo arremetía al aire tratando de morderme, pero mi agilidad y el alto brinco impidieron que el ofidio hiciera de las suyas con mi humanidad

Ambos sin pensarlo más la matamos a pedradas al pequeño y ponzoñoso animal de medio metro de largo, quitándolo como recuerdo el cascabel. Sentados descansando un poco, tomamos una loza de pizarra y con otra piedra grabamos nuestros nombres, la fecha y la acción de matar la víbora.

Me decía unos años después que al pasar por ahí aún seguía la piedra grabada en ese lugar. Cuando nos pusimos de pie para seguir nuestra caminata me propuso Valtierra desviarnos para ir a unos potreros de su padre donde había ganado de su propiedad y por ahí escogeríamos una buena res para venderla más tarde en la ciudad en el rastro o camal municipal.

Pero necesitábamos una soga y nos desviamos casi retornando para la hacienda de Huacanki donde conseguimos la reata o lazo. Enfilamos a los potreros cerca del mediodía y como si fuéramos un par de prófugos nos deslizamos ocultándonos entre los matorrales, siempre eludiendo si por casualidad nos topábamos con un campirano.

Al cabo de dos horas estábamos posesionados en la falda de un pequeño cerrito, observando el ganado que pastaba en un potrero con abundante rastrojo y pronto le “echamos el ojo" a un lindo toro de unos ochocientos kilos. Como era muy temprano, pues apenas eran las tres de la tarde, decidimos dormir una larga siesta y nos cobijamos bajo un árbol de buen follaje con agradable sombra. Esto también nos serviría para matar la sed y el hambre porque desde el desayuno no comimos y bebimos después nada.

Cerca de las siete de la noche despertamos, había declinado el Sol y estaba parpadeando -Platicando acordamos bajar al potrero cerca de las diez de la noche antes que saliera la luna, pues ésta hacia su presencia pasadas las once de la noche y nos pondría en dificultades -Siempre vigilantes nunca vimos un ser humano por los potreros o por los alrededores-. Calculando la hora indicada bajamos con precaución al potrero y nos acercamos al toro que Valtierra lazó con presteza, rápidamente emprendimos camino hacia el cerro y junto a la res iba un asno que también decidimos llevarnos, continuando la marcha a veces por precaución en alguna pequeña cuesta me adelantaba para escudriñar si no nos topábamos con algún caminante.

Como era tarde desechamos está precaución y después de tres horas el burro comenzó a querer quedarse, se salía del camino y nos iba atrasando, por lo que de común acuerdo lo regresamos un trecho a pedradas. Seguimos adelante con nuestra res calculando que con el alba llegaríamos a los extramuros de la ciudad, tomando como camino la Quebrada del Monte hacia el norte y evidentemente arribamos casi a la altura del “rastro municipal" y desviándonos un poco hacia la derecha pedimos a un señor nos cuidara brevemente el toro, el cual lo dejamos atado en un pequeño corral.

Enfilamos al “matadero municipal” a ofrecer “nuestra mercancía” y por supuesto teníamos a mano varios compradores, pero querían ver el vacuno. Entonces me fui por el toro y regresé con el animal cabresteando. Para esto Valtierra pedía 1400 pesos ya que era un hermoso animal, finalmente se quedó en 1100 pesos sin regatear mucho entregamos el vacuno con todo y lazo, Valtierra me dio 300 pesos. La verdad es que ambos nos sentíamos unos potentados con buen dinero en la bolsa y por supuesto por un buen tiempo cada quién nos dimos “la gran vida” y al cabo de un par de meses otra vez andábamos “en la chilla” sin un quinto en la bolsa, por lo que decidimos planear otra excursión.

Transcurridos unos meses provistos de una cantimplora con agua y un morral con cuatro bollos del señor Cuadros que por cierto eran los mejores de la localidad, salimos a pie con buenos sombreros para protegernos del inclemente Sol a media mañana.

La caminata fue de un “jalón” llegando a los potreros de don Telésforo seguramente a las once de la noche, basándose este cálculo en la posición de las estrellas que por cierto el hemisferio sur tiene un cielo estrellado increíblemente bello y si dejamos de ser como el topo que nunca mira hacia el cielo, veremos de ver en vez caer estrellas fugaces - Tantas veces serán que uno se cansa de pedir un deseo-. La Luna estaba en cuarto menguante y esto nos favorecía por la semi-obscuridad así que no había problema y como ya estábamos provistos de una buena soga, recorrimos un par de potreros entre algunos animales que ni si quiera se inquietaban a no ser que fuera un caballo que no pasaba de encabritarse levemente.

De pronto Valtierra divisó un enorme buey el cual lazó sin dificultad y rumbeamos hacia una colina jalando el animal. Se ve que el buey era un animal entrenado para trabajar con una yunta, por lo que casi desistimos de llevarlo y en todo caso buscar otro. Pero para no tentar a la suerte la opinión que prevaleció es que a la brevedad nos retiramos del lugar, puesto que por mala suerte podría aparecer el vaquero

Conocedores y con la experiencia adquirida en la anterior ocasión, hicimos nuestro camino sin dificultad recorriendo, un total de más o menos ochenta kilometras entre ida y vuelta, y al llegar a la ciudad se hizo el negocio y otra vez con platita en la bolsa. Unos años después Valtierra me platicaba que estando en su casa en Padcaya Don Telesforo le comentaba que se habían perdido varias reses y mencionaba el toro negro y el buey de la yunta.

Valtierra le dijo que él juntamente conmigo hablamos hecho la travesura de hacerla de abigeos, pero que le perdonara puesto que lo tenía limitado de dinero y como era un chavo adolescente quería vestirse bien y el dinero lo requería para esos menesteres. La respuesta del padre de Valtierra fue una risotada exclamando ¡Ah! muchachos jodidos. Así terminó esta andanza y nunca más me hice ver con don Telesforo, pero en cambio una de sus hermanas de Valtierra me comento años más tarde chacoteando y riendo la confesión de su hermano y por supuesto la complicidad mía

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