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CUENTOS DE UN PUEBLO BICICLETERO de “E..ALE. GRO”. Tarija. 2001

Pescadores de antaño

Cántaro
  • Enrique Ale Guerrero
  • 22/03/2026 00:00
Pescadores de antaño
Portada Cuentos de un Bicicletero Foto: Enrique Ale Guerrero

Tiburcio era por aquellos ayeres un chavalillo de diez años de edad, que vivía justamente al lado de un enorme corralón con deshechos de guerra, donde en todo su alrededor construyeron los milites de esa época un alto techo cubierto con láminas acanaladas y solamente contaban con una pequeña nave bien construida donde trabajaban unos cuantos mecánicos y desde ahí se operaba una sirena exactamente a las horas críticas de entrada y salida del trabajo. Cuando esa sirena ululaba se escuchaba como a siete kilómetros a la redonda.

Bajo de ese techo de láminas habían cientos de cabinas de camión carguero, encimadas uno sobre otro, decenas de chasis y motores y muchos otros escombros de metal, todo guardado y olvidado desde la última contienda bélica que se suscitó por esos lares. Pues bien Tiburcio o sea alias Tiburón vio un día que unos albañiles habrían un pequeño agujero en la pared desde la calle con el fin de resanar los cimientos deteriorados por el tiempo.

El chaval inquieto, audaz y aventurero, muy conocedor de experiencias de gente grande, aprovechó el momento y se introdujo por el hoyo de la pared y se dedicó a caminar entre la chatarra de vehículos, llegando donde se encontraba un recipiente como de aluminio de medio metro de alto, unos dos metros de largo y un metro de ancho. Todo este recipiente estaba lleno de una masa cubierta de polvo por el tiempo y hurgando con sus pequeños dedos Tiburcio descubrió que se trataba de masa de dinamita y en seguida le vino en mente que esto valía la pena para ir de pesca “cueteando” pozas en el río. Al mismo tiempo pensó que ese explosivo de estallar haría volar una cuadra a la redonda y la verdad es que los milites negligentes dejaron esta dinamita más de diez años después de firmarse la paz de aquella guerra pasada.

Por fortuna nunca pasó nada y mientras estuvo el hoyo en la pared Tiburón aprovecho de llenar un recipiente vacío de hoja de lata con unos cuatro kilos de dinamita y se los llevó a su casa, donde más tarde les enseñó a sus hermanos mayores. Éstos a la velocidad de ¡ya!, organizaron al día siguiente, que era domingo, una pesca río abajo, así que se juntaron cerca de quince mozalbetes que no llegaban a los veinte abriles y compraron unos metros de mecha y los fulminantes.

Llegando a una poza, prepararon una bola de masa de la dinamita que cabría en la mano, en seguida otro que había cortado unos cinco centímetros de mecha lo probó encendiéndola para ver la rapidez con que se quemaba de un extremo a otro y dijo sabiamente este tamaño es el ideal y el pedazo de mecha lo introdujo dentro de la abertura del fulminante y con los dientes le dio una pequeña mordida, de suerte que el brillante metal se apachurró sobre la guía, quedando firmemente adherida, mientras tanto Murillo quién se encontraba haciendo su servicio militar, ya que iba vestido de soldado metió un palito en medio de la masa y en esa abertura con todo cuidado introdujo el cartuchito de fulminato de mercurio, luego lo cerró alrededor presionando con los dedos, finalmente fue atada una pequeña piedra de lastre para que se hundiera rápidamente en el agua. Una vez listo el “tiro de dinamita”, lo tomó en sus manos el amigo Juango y con un cigarro con toda calma prendió la mecha y arrojó en medio de la poza de agua el tiro que no tardó en hacer explosión en el fondo del lecho del río.

Más de la mitad estábamos cubriendo unos metros aguas abajo todo el ancho del vado del río con el agua hasta la cintura, ya que la corriente arrastraba los pececillos sacrificados, los cuales recogíamos y arrojábamos a la orilla. Otros se pusieron a bucear para sacar peces grandes que quedan atarantados y se van al fondo.

Total que la captura no fue más de un kilogramo de peces, así que seguimos río abajo pescando. Este sistema de pesca por supuesto estaba prohibido pero por esos lares con varios ríos que circundan esta campiña no se encontraba quién reclamara, de modo que era común ver por ahí en la misma práctica a otras gentes con menos fortuna, ya que algunos de ellos se quedaron sin parte de los dedos por usar una mecha demasiada corta, con el fin que tan pronto cayera el tiro en el agua hiciera explosión, no dando tiempo al cardumen de peces a dispersarse.

Pero como dije prendían la pequeña mecha y arrojaban la dinamita, la cual al hacer explosión en el aire muy cerca del que la arrojaba, la onda expansiva de los gases se encargaban de cercenarles parte de los dedos. Estos accidentes fueron comunes y hubo más de dos que sufrieron este percance y como quién dice se “tropezaron dos veces en la misma piedra". Nosotros la comitiva del barrio éramos más cuidadosos y jamás tuvimos que lamentar un accidente de esta naturaleza.

Al disponer de gelignita gratis y abundante, cada fin de semana se propusieron ir de pesca los cuates, entonces urgían a Tiburcio que sacara la masa de dinamita, solamente que cada vez que hacia esto le producía fuertes dolores de cabeza, así que exigía que le compraran una aspirina previamente y de esta manera no se presentaba problema.

Este traslado hormiga del explosivo fue intenso ya que no tardarían en cerrar el hoyo los albañiles y unos cincuenta kilos salieron para guardarse en distintas casas de la palomilla de amigos.

Tiburcio como vivía en una casa grande, por ahí ocultó unos kilos para usarlo él y sus compañeros de andanzas de más o menos de la misma edad en futuras pescas.

Ya entrado en Invierno nadie pescaba por el frió, además los amigos gandules de Tiburón acabaron con su dotación de dinamita, pero al llegar las primeras lluvias de a Primavera, hicieron sus avenadas los ríos y entonces Tiburcio alias Tiburón se puso de acuerdo con media docena de chavos entre los que estaban el Chita, el Vieja, el Pavote y otros más para irse a pescar, por lo que sacó una dotación de masa y no fue difícil comprar unos fulminantes y un tramo de mecha.

Marcharon hacia el río y como grandes expertos, ya que ninguno rebasaba los doce años de edad, preparaban sus tiros de dinamita y hacían su agosto sacando pescado con esta técnica peligrosa. Al cabo de dos años se agregó Tito a la palomilla, quién andaba de aguador o de mandadero en una mina de plomo y platicando le dijimos si podía por ahí conseguir dinamita ya que era común usar este explosivo en los socavones de la mina.

Tito dijo que si y a la semana próxima llego con cerca de treinta cartuchos con igual cantidad de fulminantes y varios metros de guía color negra y blanca, ésta última era más rápida en quemarse. La pesca continuó viento en popa y casi al terminar el Verano llegando a su fin la temporada arribamos a una poza grande del río y decidimos cuetearla, así que todos nos desvestimos y acomodamos nuestra ropa, zapatos y sandalias en un mismo lugar.

El Pavote que sin lugar a dudas era un “menso” por lo mismo que denotaba su apodo, se encargó de preparar el tiro y el muy bruto no ató correctamente el cartucho con la piedra que serviría de lastre y llegado el momento unos estaban río abajo esperando y los otros cerca del Pavote. el cual acercó el cigarro a la mecha que se prendió y alzando su brazo sobre el hombro -maniobra que no debía hacer- procedió a lanzar la dinamita, pero este tarugo tenía agarrada la piedra y el cartucho no.

Voló pues por los aires y con sorpresa vimos que solamente iba la piedra y mirando hacia atrás del Pavote cayó la dinamita en medio del bulto de ropa de todos nosotros. En ese momento corrimos en distintas direcciones con el fin de resguardar el pellejo y vino la explosión volando por los aires nuestros trapos, zapatos y sandalias, estas por tener un poco más de peso fueron algunas a caer al río

Pasada la sorpresa prestos fuimos a rescatar nuestras ropas, las cuales por supuesto quedaron una verdadera lástima. Los pantalones y camisas hechas jirones con agujeros semi-quemados, luego el calzado de tres de nosotros se redujo en impares porque se los llevo el río. Pero vale decir que ningún par quedo en buen estado, ya que los que supuestamente se encontraban, el izquierdo y derecho, estaban como desfondados. Todos mirábamos con asombro nuestra mugre desgracia ya que por ser domingo andábamos vestidos con nuestras mejores galas, ahora convertidas en retazos.

El Pavote nos miraba con sus ojotes bien abiertos, sin pestañear, medio agachado, serio, con sus orejotas rojas, la boca semi abierta, las manos colgando, sin poder balbucir una palabra por el jodido susto. El único que reaccionó con rabia de entrada, fue el Tiburcio que atinó a darle una patada en el trastero diciéndole:

¡Mierda!. ¡Mira lo que hiciste Pavote desgraciado!. Y el autor de esta barbaridad ni atinó a replicar.

El Chita presa de espanto, alzando lo que quedaba de sus pantalones, le grito: ¡Pavote infeliz, mira lo que has hecho!.

Otro de los ahí damnificados se puso a medio llorar, cogiendo una pequeña piedra se la trató de aventar, por lo cual el Pavote corrió dando un brinco para esquivarla. Por fin entró en defensa el hermano del Pavote gritando:

¡Ya párenle!. ¡No ven que fue sin querer!. Ahí paro la cosa y cada quién se puso sus flamantes andrajos y el Chita con uno de sus zapatos desfondados que parecía boca de sapo, fue el primero en emprender el retorno, todo apesadumbrado y compungido.

Luego cada quién emprendió camino a su casa, donde más de uno recibió una buena felpa al ser descubierto por sus padres con los jirones de vestido encima. Con esto terminó el cueteo del rio y ya en la próxima temporada de pesca, aunque nos costaba más trabajo, teníamos que caminar mucho buscando una poza de agua estancada que dejaba el rio después de su avenida. La examinábamos bien y si había peces buscábamos una yerba llamada barbasco, la cual la arrancábamos y machucábamos sobre piedras.

Hecho esto los manojos de barbasco se arrojaban en medio del estanque de agua y nos metíamos a mover el líquido elemento, de manera que el “veneno” del mentado barbasco actuara sobre los peces, los cuales al poco rato comenzaban a nadar “panza arriba” y de esa manera con toda facilidad y con mucho trabajo lográbamos juntar algo de pescado.

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