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De la segunda parte del libro de Agustín Morales Duran “ESTAMPAS DE TARIJA”

La gente de Tarija; sus costumbres y tradiciones

Cántaro
  • Agustín Morales Duran
  • 08/03/2026 00:00
Portada Estampas de Tarija

Portada Estampas de Tarija

Santa Ana

Santa Ana

Portada Estampas de Tarija
Santa Ana

LOS EXTRANJEROS.

Sin lugar a dudas la colonia extranjera más numerosa estaba constituida por los árabes que posiblemente vinieron antes de la Primera guerra mundial, el caso es que la mayoría de las tiendas de géneros o trapos eran de los “turcos”, llamados así seguramente porque sus países estaban dominados por el Imperio Otomán, pero en realidad fueron palestinos, sirios y libaneses. No tengo idea cuántos habrían exactamente, pero pasaban de cincuenta familias, muchas ya entroncadas con gente del lugar. Entre los más conocidos puedo mencionar a los Alé, Auad, Attié, Baracat, Buais, Casal, Casab, Chamas, Chamón, Éxeni, Yachi, Esper, Salomón, etc., todos relativamente “acomodados” y cien por cien comerciantes, incluso tenían un buen Club Arabe.

En seguida venían los italianos, porque los frailes franciscanos y las monjas de Santa Ana fueron de esa nacionalidad, pero también habían laicos particulares como los señores Frigerio, Calabi, Forti, Succi, Martini, Campanini, Angeletti, Soncini, Strocco, Gamba, etc.

Después estaban los alemanes, comenzando con los gringos de la cervecería, varios hermanos Meyer, don Carlos Magnus, los Schnorr, Carlos Wagner, Carlos Seidel, Hardt, Reese, Brieger, Zuggel, Methfesel, Kohlberg Conzelman, y varios otros que también aparecieron durante y después de la guerra.

Griegos apenas habían 4 ó 5, siendo los más conocidos don Elias Dorakis, Cristóbal Gorides, un viejito sordo Constantino Paputsachis y alguno más.

Norteamericanos (yanquis) fueron también 4 ó 5, como los señores Bluske, Chollet, Colly Manat, un negro del Missisipi de apellido Phillips que se quedó y se hizo popular por lo pobre y sencillo.

Españoles, aparte de los curas de la Matriz y el Obispo, habían pocos, como los hermanos Oller que vinieron el año 1.930, un señor Plans, casado con tarijeña, un señor Pedro Vadillo, otro García catalán bigotudo que puso una zapatería frente a la casa “dorada”, más otro ‘ojo de pato” García también zapatero que trajo dos lindas hijas argentinas y algún otro.

El único Belga conocido fue el profesor “gringo” Arturo Van den Berg. Francés también único fue el padre de la familia Grandchant, don Santiago. Yugoeslavos: los hermanos Sfarcich que se avecindaron en el valle de Concepción y un atleta Yerko Zlater que vino un poco antes de la guerra, y hasta había un indú que se casó y quedó en mi tierra: Kissing Shen. También para la guerra vino uno que otro japonés, pero no se conoció ningún chino.

Cosa rara, latinoamericanos hubieron muy pocos, no recuerdo sino a 3 ó 4 argentinos, los señores Moisés Carrillo y Saturnino Aparicio, ambos fueron cónsules de su país y se quedaron formando numerosa familia, don Tobías Serrano, un señor Carreta y algún otro que no recuerdo. Chilenos: los señores Adolfo Piñeiro, Alejandro Torrejón, antiguos residentes bien enraizados con extensa familia; después apareció un modesto “rotito” de apellido Reynolds, zapatero, borrachito y muy popular por sus anécdotas. Peruanos sólo conocí dos: don Humberto Palma que se confundió como tarijeño al casarse y tener familia, fotógrafo, artista y hasta empleado público y otro paisano también fotógrafo.

Salvo error u omisión, ésta fue toda la colonia extranjera; súbditos de países lejanos pero trabajadores, respetados y que al “entroncarse” con familias tarijeñas, ensamblaron sangre y apellidos, contribuyendo al progreso de la tierra que los cobijó.

Costumbres Antañonas.

SALIDA A LA PUERTA DE CALLE.

En la tranquila y patriarcal vida que transcurría antes del año 1.930, el vecindario se conocía casi íntegramente, guardándose consideraciones de parentesco, amistad y respeto, tal que llevaba una pacífica existencia, con pequeños sobresaltos, sea a consecuencia de las noticias políticas, la llegada de algún personaje o cualquier insignificante acontecimiento que alteraba la rutina del diario vivir; de ahí que resultaba interesante observar viejas costumbres que seguramente venían desde antiguos tiempos; entre tantas de éstas había una que demostraba objetivamente la bondad y confianza de la gente, pues al llegar la tarde, cerca de la “oración” como le llamaban al atardecer vesperal y la aparición de las primeras sombras nocturnas, comenzaban a salir las respetadas matronas con su cortejo de simpáticas hijas a la puerta de sus casas, sacando sillas y asientos para espectar cómodamente el paso de la gente o aprovechar el fresco: fue tan generalizada esta costumbre, que incluso conocí muchas casas que conservaban todavía sus “poyos” o ‘patillas” construidas de ex profeso a ambos lados de las puertas de calle, pues allí salían a sentarse, aprovechando el refrescante aire atmosférico, y se entablaban largas pláticas hasta entrada la noche.

Como en las casas vecinas igualmente salían los pobladores, no faltaban los intercambios de visitas o contactos para comentar las novedades de la ciudad. Mientras los mayores se ocupaban de la interesante charla, los muchachos salían hasta la media calle o llegaban a la esquina próxima a retozar con alegres e ingenuos juegos.

Esta vieja costumbre se la conservó todavía hasta cerca de la guerra, y poco a poco fue desapareciendo desde que los motorizados se fueron apropiando de las calles, alterando el ambiente con su ruido y molestando la tranquilidad que tanto se disfrutaba.

VISITAS Y CONVITES.

También antigua y sana costumbre fue aquella de hacerse visitas recíprocas entre vecinos, sea para preocuparse de la salud, sea por la llegada de algún familiar o simplemente por cumplimiento; el caso es que la franqueza y sencillez de la gente había establecido ese saludable intercambio de visitas, recibiéndose a los huéspedes en los amplios y frescos corredores, donde se colocaban cómodos asientos para gozar mejor del ambiente aireado y si se sentía .alguna brisa fría, se hacía pasar a la sala, donde como por obligación al poco rato comenzaba a circular la charola llena de vasos con refrescante aloja o algunas frutas, dulces o comida especial que se haya preparado. Desde luego había que comprometerse —y cumplir— a realizar recíproca visita a la casa del huésped, señalándose —muchas veces— hora y día fijo para que lo esperen; saludable costumbre ésta que permitía mantener siempre latentes los vínculos de parentesco y amistad, disipando dudas o desconfianzas que muchas veces empañan la pacífica convivencia.

Ahora cuando llegaban los cumpleaños, bautismos y otros acontecimientos familiares, no tardaban las invitaciones para las reuniones sociales que comúnmente la gente las llamaba “convites”; no se trataba de fiestas propiamente, sino reuniones familiares casi íntimas pero que motivaban la preparación de comidas y bebidas sin alcohol, más diríamos como hoy: refrigerios; en esos inolvidables convites no faltaba una bebida blanca como la leche, tan sana y rica, que le llamaban “orchata”, creo que la preparaban de almendras, pero muy agradable; a las personas mayores se les invitaba unas copitas pequeñas con una bebida de color con el nombre de “mistela”, algo así como un néctar o jarabe de menta, grosella u otros, pero también ricos. Estos convites resultaban motivo de interesantes conversaciones, pero no se llegaba a la algarabía, porque comenzaban y terminaban temprano, no podían considerarse como fiestas, por eso creo que las distinguían como “convites”, pero tampoco se libaban bebidas alcohólicas, ni se hacía música ni bailaba. Parece que al pasar los años estos tradicionales convites se fueron transformando y produciéndose sólo con cierto interés, en aquellos tiempos —en cambio— no había ningún interés oculto, sino simple amistad, ligada con expresiones de veraz sinceridad por el aprecio y el respeto que todos se profesaban entre sí.

Era tan buena la gente y llevaba una vida de relación tan patriarcal, que bastaba que alguna familia carneara chancho, amasara o hiciera alguna vianda especial o dulce, para que circularan por las casas vecinas las fuentes con una porción “para que prueben”, esto es que parecía establecerse una obligación el hacer partícipe a la vecindad de aquella extraordinaria oportunidad de cocinar o tener algún manjar especial; igual cosa ocurría con la fruta: cuando estaban maduros los duraznos, higos o uvas, las familias mandaban canastas de fruta escogida a las comadres o vecinos como una demostración de afecto; ahora cuando había en algún hogar una desgracia como enfermedad, accidente o muerte, el vecindario se conmovía solidariamente y se presentaba para ofrecer sus servicios. Qué buena gente fue la de aquellos tiempos! Vivía unida, tranquila y en armónica relación; no se conocían envidias, peleas ni camorras; todos se respetaban y guardaban consideración, visitándose frecuentemente e invitando a su casa en cualquier oportunidad. No recuerdo por aquellos tiempos que entre vecinos haya habido alguna vez incidentes o altercado alguno, todo parecía desenvolverse en una atmósfera de armonía, amistad y afecto...

RESABIOS COLONIALES:

LOS BANDOS.

Quizás desde tiempos de la colonia se acostumbraba todavía en la ciudad hacer conocer a la población las leyes, decretos y disposiciones del gobierno, la Prefectura o la Municipalidad, mediante el sistema de Bandos, que consistían en que con acompañamiento de una fracción del ejército, pero más frecuente de la Policía, con armas y banda de músicos, un pregonero oficial leía en voz alta la disposición respectiva, estacionándose en las cuatro esquinas de la Plaza principal y en las próximas, llamando la atención al vecindario que se arremolinaba a escuchar la novedad. Desde luego siempre el ruido de la banda y la marcialidad de la gente armada causaba revuelo en la chiquillada que acostumbraba seguir el cortejo haciendo “más bulla”. Pero algo que resultaba interesante de estos añosos bandos, era un viejo pregonero muy popular: don Galdino Morales, un caballero vestido a la antigua, con levita desteñida, tongo y el infaltable bastón, de porte apuesto, seguramente por esto y su bien timbrada voz siempre se le confiaba esta misión que la cumplía muy en serio, colocándose en el lugar más destacado de cada esquina, muy ceremoniosamente daba unas cuantas tosidas afectadas, como para aclarar la voz y comenzaba la lectura con mucha entonación y solemnidad, elevándola cada vez que las disposiciones revestían cierta importancia; pero como los muchachos, especialmente los más grandes, siempre andaban detrás de travesuras, se les ocurría molestar a este serio y tradicional pregonero colocándole cabezas de fósforos de cerilla cerca de la planta de sus zapatos porque acostumbraba moverlos a medida que leía el bando, con tan precisa circunstancia que al frotar las plantas con el suelo, hacía encender las cabezas de fósforos, llegándole a quemar o por lo menos a asustar, por lo que en media lectura lanzaba sus interjecciones de protesta, como leyendo entre líneas decía: “ya me han ceroteado c…” pero ésto no le impedía seguir con la lectura hasta su conclusión: mientras los traviezos escapaban perdiéndose en medio de la multitud. Muerto don Galdino claro que siguieron habiendo bandos, pero ya perdieron su solemnidad, bien parecía que sólo aquel caballero le daba tono e interés a esa forma de hacer conocer las disposiciones gubernamentales, porque no existían radios y pocos fueron los periódicos o tardaban en salir, mientras había que dar cumplimiento a aquella ritual fórmula de: “publíquese por bando y por la prensa” que se insertaba en toda disposición.

LAS CRIADAS Y “MOCHAS”.

Proverbial era el afecto, la bondad y buen corazón de las gentes de mi tierra, de ahí que resulta interesante recordar cómo adoptaban en sus casas a pequeños hijos de gente pobre, para criarlos y educarlos hasta su mayoridad. Lo más frecuente era el caso de las sirvientas o domésticas que por un desliz amoroso o un “mal paso” con algún galán que las engañaba dejándolas embarazadas, pues no había inconveniente para que tengan su hijo y sea protegido desde que nacía por los patrones; así crecía como de la familia, claro es continuando su situación de doméstico; si de hembra se trataba, resultaba la “mocha” de la casa, así las llamaban seguramente porque a los 8 ó 10 años les hacían cortar el pelo por razones de higiene, al rape; si varón, también quedaba en la casa; muchas veces la verdadera madre se iba a otra casa o tomaba otro rumbo, pero lo frecuente era que deje al hijo bajo el cuidado y al servicio de los patrones que lo seguían teniendo, lo mandaban a la escuela y hasta le daban el mismo apellido de la familia.

LA SERVIDUMBRE MARCHA EN FILA.

En las casas acomodadas, las criadas, “mochas” y sirvientas formaban legión, porque cada hija mayor tenía una a su servicio y las había para cocinar, llevar agua, hacer el aseo, cuidar a los chicos y para los mandados; éstas fueron las clásicas “mochas”. Cuando llegaba la Semana Santa y en festividades religiosas de cierta importancia, resultaba interesante observar a las principales patronas cuando iban a la iglesia, lo hacían seguidas por larga fila de aquellas dependientas que también debían prepararse para confesarse y comulgar, siendo infaltable su asistencia a las misas, procesiones, novenas y rosarios; seguían a sus patronas muy acicaladas, estrenando ropa y participaban de la fiesta ocupando su debido lugar; en cambio las más jóvenes, que en su mayoría se trataba de chapaquitas simpáticas y coquetonas, se daban maneras para escapar a las fiestas quizás con otras intenciones... muchas de éstas no volvían porque “se las robaban” sus galanes y otras más serias obligaban a éstos a que “las pidan” a sus patronas y se “matrimoniaban” en forma correcta.

LAS FAMOSAS PILAS PÚBLICAS.

Lugares de segura frecuencia y comadreo permanente fueron las famosas “pilas públicas”, adonde iban para aprovisionarse de agua cuando todavía no se habían instalado en las casas particulares; allí llevaban —junto con sus cántaros o tinajas— sus chismes y cuitas las “mochas”, sirvientas y fámulas, para intercambiar entre ellas y allí también fue sitio predilecto de seguro encuentro o cita con sus enamorados, que formaban legión entre los “rondas” artesanos y jóvenes aventureros. Las más conocidas pilas, adonde se reunían aquellas, fueron la de la Plazuela Sucre; otra había a media cuadra de la Plaza principal, o sea en las afueras de la Cárcel; hubo un tiempo que la fuente del centro de la Plaza también se convirtió en lugar de reunión; luego otro sitio de afluencia doméstica fue la pila de la Plazuela del Molino, y un poco más distante la “mentada” “pila del botón” como la llamaban a una popular situada en la calle Potosí.

CASTIGO PARA FIESTERAS.

Aquellas alegres sirvientas que se entusiasmaban en las fiestas, yéndose a “tunar” con sus enamorados, llegaban a recibir “su merecido”, pues a ciertas horas de la noche patrullas de “rondas” recorrían las chicherías de la zona alta o la pampa y arrrastraban en su paso con cuanta “mocha” o sirvienta se haya ¡prolongado, llevándolas a la Policía para que pasen allí la noche y en la madrugada las sacaban a barrer las calles, principalmente la Plaza y las aceras le la misma Policía, presentando un espectáculo de simpáticas chapaquitas bien elegantes, con sus brillantes polleras y mantas bordadas, agarradas de escobas y agachadas para que no las reconozca la gente madrugadora; así las tenían hasta que aparecieran sus patronas a reclamarlas; éste resultaba su peor castigo porque se sentían afrentadas, avergonzadas y sin ganas para volver a “tunar” hasta tarde.

APODOS Y SOBRENOMBRES.

Mis paisanos tenían habilidad para “endilgar” apodos y sobrenombres a sus congéneres, no se les escapaba defecto, acción casual o parecido para “rebautizar” al prójimo, claro que en ello no siempre puede verse malicia, al contrario, muchas veces constituían demostraciones de estima, confianza o lo que se quiera, al llamar con algún mote a vecinos, amigos o conocidos. Creo que poca gente se escapaba de no ser conocida por algún apodo; así entre los más populares recuerdo a los siguientes:

“zonzo”, apodo común que se atribuía a cualquier persona que por descuido u otra causa resultaba un poco taimada;

“coto”, a muchos paisanos que por aquella época y debido a la deficiencia del agua que se consumía., sufrían de bocio, mal endémico que ocasionó que en todo el país se nos reconozca como a tales aunque en realidad pocos fueron los auténticamente “cotos” que podían vanagloriarse de tener esa prominencia en el cuello;

“cabezón”, también resultaba muy corriente que se llame así a los que tenían “la de poner el sombrero” un poco voluminosa;

Estos fueron los apodos que podíamos llamar “comunes” porque —repito— se los atribuía a cualquiera; pero habían otros más específicos y que se transmitían o heredaban de padres a hijos, como los siguientes:

“vientito”, se llamaba así a toda mi familia, posiblemente debido a que mi padre seria delgado o flaquito, nunca supe desde cuándo nos “bautizaron” así, pero dio origen a varias anécdotas, como aquella referida por un Ministro de la Corte al observar a mi padre encender las velas con motivo de la posesión de un Prefecto, haciendo notar que sólo en Tarija se podía ver que “el viento” encienda velas, cuando en todas partes más bien las apaga...

“pajitas”, a toda una familia con varones delgados;

“vuelan-vuelan”, a las dueñas de una confitería que vendían unos famosos confites que se terminaban muy rápido, contestando la más viejita —cuando iban a buscar— que ya no había porque “vuelan-vuelan”...

“zorros”, a los hijos de un tío, por algo habrá sido;

“chankas”, a toda una familia con cabellos rubios, pero nunca supe por qué más;

“pan con queso”, también a varones y simpáticas señoritas de una conocida familia;

“Miquichos”, a unos artesanos, padre e hijos de San Roque;

“chancadito”, a unas simpáticas hermanitas;

“las surtidas”, a unas señoras que tenían una tienda bien surtida, inclusive a la esquina donde estaba ubicada la llamaban: “la esquina de las “surtidas”.

Esos y muchos otros sobrenombres que ya no recuerdo, constituían algo así como una nueva distinción o título familiar. Pero también la gama de apodos singulares fue muy extensa, como la siguiente:

“wispilo’, “aguilita”, “platita”, “tuturutu”, “acutillo”, “choreo”, “choclo”, “tiznao”, “ukelele”, “senka”, “chirinco”, “chirisco”, “chingólo”, “chitango”, “churuta”, “chiqui”, “ulupica”, “ají putita”, “coquero”, “pinco”, “tiruliz’, “apiruta, “chumpi”, “picantero”, “poroto’, “cholo”, “chota”, “Pirijche”, “sucumbé”, “negro”, “tuerto”, “kaka”, “bizcocho”, “piti-lata” y así infinidad de apodos que sería largo citar.

Ahora, para remarcar algunas características o defectos físicos, ni para qué hablar, pues allí estaban los negros, amarillos, colorados, y otros colores, así como los cojos, mancos, motos, rengos y demás. También habían algunos apodos mordaces que sólo se los repetía “a sotto voce”, como: “la mula negra”, “‘el macho blanco”, “zumo de burro” y otros por el estilo; pero del que más me acuerdo, que lo repetíamos a propósito para hacer rabiar a una dama solterona y antañona, era ir a decirle —con cualquier pretexto— “señora”, bastaba eso para que enfurecida nos riñera contestándonos “si nosotros la habíamos casado”. A otra viejita le llevaba el diablo que se le preguntase: “ha llegado el correo?” en fin, para qué vamos a acordarnos de los apodos con que se las conocía a las “cateras”, vendedoras, chicheras y otras gentes vulgares; parecía que heredamos esta costumbre de los españoles.

ESPECTÁCULOS Y DISTRACCIONES.

LAS RETRETAS.

Resultaba algo tradicional en las costumbres y distracciones de la población, en sus diversas capas sociales, concurrir jueves y domingos en la noche, a escuchar los conciertos que ofrecían las Bandas de músicos, sean militares cuando habían unidades de guarnición o de la más conocida y popular Banda Departamental de la Policía de Seguridad. Pasadas las siete de la noche, principalmente en primavera y verano, un poco más temprano en invierno, comenzaban a afluir a la Plaza principal toda clase de gentes, tomando ubicación en los bancos o sofás o paseando en los contornos de la espaciosa Plaza. Las personas mayores se adueñaban de los sofás, los jóvenes de ambos sexos preferían pasear formando “sartas” bulliciosas y risueñas, que con poco interés por los acordes musicales, se dedicaban a comentar las ocurrencias, criticándose recíprocamente o charlando de lo que ocasionalmente estaba de moda. En cambio las personas más serias apreciaban los compases de la Banda a tiempo que también platicaban con más reposo; los chiquillos mientras tanto correteaban por avenidas, jardines y entre los bancos, jugando al “libremen”, las “escondidas”, la “chimalina” u otros divertimientos con absoluta indiferencia por la música. Mientras los hábiles músicos se desgañitaban en el kiosco haciendo vibrar sus metálicos instrumentos, con la mirada atenta a su apuesto director, especialmente cuando dirigía el señor de Los Ríos, caballero alto, gordo, de bigotes estilo Presidente Montes y que tomaba con mucha seriedad su oficio blandiendo hábilmente la batuta sin perderse una sola nota del pentagrama escrito que llevaba puesto en su delante, ubicado en destacado atril y sobresaliendo entre sus hábiles maestros; había que escuchar las melodiosas piezas de moda: valses, fox trox, polcas, paso dobles y las alegres tonaditas de la tierra; mientras en el centro de la Plaza —cuando se abrió esa parte para el público— las sirvientas, “mochas” y jovenzuelas hacían de las suyas jugando con sus galanes a las “palpaditas”, aprovechando la oscuridad o contándose sus cuitas.

También parte de la media calle y hasta las aceras del frente se ocupaban con señoritas, señoras y caballeros que paseaban abstraídos en amena conversación, aparte de que las familias vecinas sacaban sillas a sus puertas para escuchar la retreta o platicar cómodamente. El caso es que cada retreta .tenía su encanto porque constituía motivo para reunirse con amigos, citarse entre enamorados o simplemente encontrarse para comentar las últimas novedades; para los chiquillos resultaba toda una delicia porque podían dar rienda suelta a sus ímpetus infantiles, sacarles “medios” y “reales” a los papás para servirse los ricos helados de don Damían o los confites que no faltaban en aquel acontecimiento y en esa misma ocasión permanecer basta un poco más tarde fuera de casa. Las inolvidables retretas nocturnas —también las había matinales pero no se les daba mucha importancia— fueron en aquellos tiempos una sana distracción y costumbre de las que aprovechaba la mayoría del vecindario, pues desde los barrios más distantes acudían a la Plaza a “escuchar la retreta”, que más era un decir, porque pocos escuchaban realmente la música, sino servía de excelente pretexto para pasear en unión de toda clase de gentes.

LA BANDA DEPARTAMENTAL.

Hablando de ésta que fue la más permanente y la que amenizaba con mayor frecuencia las clásicas retretas, diré que la mayoría de los músicos resultaban conocidos, algunos hijos del lugar, como un viejito de apellido Angulo que usaba unos bigotes kaiserianos; el famoso clarinete Valencia que tocaba haciendo vibrar la Plaza y otros como don Pablo Gutiérrez, uno que le decían “racuco” y que vivía por el barrio del Molino; el bombero era un mudito de San Roque; su popular director y varios otros norteños que seguramente estuvieron de paso por Tarija en alguna banda militar y se quedaron incorporándose a la recordada Banda de la ciudad, que —dicho sea de paso— después de tantos años de alegrar el ambiente con sus armoniosas retretas y dianas, de la noche a la mañana enmudeció debido a la “generosidad” de un Prefecto militar —para peor tarijeño— que por quedar bien con sus colegas no tuvo empacho en regalar los instrumentos que pertenecían al pueblo, a la banda del Regimiento Tarija, “matando” así aquella única reliquia popular, porque aquel como unidad militar de un rato a otro salió a otra parte, siendo cambiada de nombre, dejando a la ciudad sin banda. Claro que con eso no acabaron las retretas, pero aquella fue propia y actuaba cuando no había cuerpos militares.

EL BIÓGRAFO.

No todo en mi querida ciudad tenía que ser rutina, pues habían varias distracciones para salir de la casa, tanto para chicos como para grandes, entre ellos teníamos aquel espectáculo que poco a poco fue formando costumbre y hasta necesidad: el biógrafo, que después llamaron cine, pero como seguramente todavía la gente no estaba muy acostumbrada, en mis tiempos de niñez sólo habían funciones los jueves, sábados y domingos; el único biógrafo conocido estaba en el antiguo Teatro Gral. Bernardo Trigo, siendo empresario de películas don Eulogio López, éstas desde luego todavía fueron mudas y se daban con repetidos cortes después de cada rollo porque se trabajaba con una sola máquina proyectora, de manera que en cada obligado intervalo se encendían las luces iniciándose una gran bulla, especialmente en la ubicación favorita de los muchachos que quedaba cerca del cielo, por algo se llamaba “paraíso”, más conocido como “gallinero” y, caramba que costaba llegar hasta tan arriba, porque las gradas elevadas y oscuras dificultaban el acceso.

En aquellos lindos tiempos los actores favoritos fueron Carlitos Chaplin, el inigualable cómico que hizo gozar a tantas generaciones de chicos y grandes durante muchos años; luego los hombres de aventuras y emoción fueron los famosos cowboys Tom Mix, que rivalizaba con Buck Jones, Cassidy y otros que siempre terminaban salvando a la señorita; entre las bellezas que también admirábamos estaban Mary Picckword, Claudette Colbert, Clara Bow, Pola Negri, Norma Shearer y tantas otras que sólo gesticulaban y no se les conocía su voz, había que esperar las leyendas después de dos o tres escenas; realmente parece que las películas que llevaban por allí eran de comienzos del cine. Después aparecieron las películas sonoras, con ruidos y música pero todavía no habladas y, cuando vinieron, ya el cine cambió de empresario, apareció un señor sucrense: don Gerardo Caballero que mejoró algo el espectáculo trayendo cintas más nuevas pero también llenándose de plata porque ya el público aumentó bastante y las funciones se hicieron más frecuentes.

La llegada de las películas habladas, con música y ruidos casi naturales, significó una gran alegría para todos los que les gustaba el deleite del cine, aparecieron también nuevos actores como los cómicos Laurel y Hardy, los incomparables “gordo y flaco”; Llarold Lloyd un cómico de anteojos; Buster Keaton otro cómico muy serio, el narigudo Jimmy Durante; también apareció el tétrico Frankestein, Bela Lugosi, Fu Man Chú; los actores de carácter Emil Jannigs, Paul Lukas, los hermanos Barrymore, los cantantes Nelson Eddy, Al Johnson; las bellezas Greta Garbo, Dolores del Río, Gloria Swanson, Jeannet Mac Donald y tantas otras que fascinaron nuestros dulces años de adolescentes. No cabe duda que la cinematografía había alcanzado niveles superiores con producciones inolvidables.

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