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CUENTOS DE UN PUEBLO BICICLETERO de “E..ALE. GRO”. Tarija. 2001

La Salamanca

Cántaro
  • Enrique Ale Guerrero
  • 08/02/2026 01:12
La Salamanca
Portada Cuentos de un Bicicletero Foto: Enrique Ale Guerrero

En el pequeño pueblo donde el señor cura es la autoridad sagrada y respetada por los lugareños, se suscitó una interesante historia a raíz de las creencias que prevalecían entre sus habitantes.

Aledaño al poblado se desplazaba un pequeño arroyo en un ancho lecho arenoso formado por aluviones de muchos siglos. A consecuencia de esto el talud de una orilla se bifurcaba en variados y altos peñascos de greda, con profundas erosiones ocasionadas por las torrenciales lluvias que provocaban avenidas caudalosas con violentos torrentes del turbio líquido elemento que al desviarse en un pasado lejano formaron en una estribación, una cueva Semejante a varias habitaciones que normalmente tiene una vivienda.

La conseja de estos habitantes sencillos era que en ese lugar se encontraba “La Salamanca’, o sea un lugar obscuro y tenebroso donde habitaba el malo, el Diablo y, que en la boca de la negra cueva se aparecía la Virgen María para impedir la salida del demonio. Cada vez que este intentaba hacerlo con una cruz en la mano y un látigo sagrado en la otra, azotaba a Lucifer arrojándolo a lo más recóndito de la cueva.

A medio kilómetro de distancia de este cavernoso sitio vivía un singular personaje temido y respetado por todos, al que apodaban Malatinta por tener unas manchas azul-rojizo en la cara.

Habitaba una pequeña casa de paredes de adobe, con techo de paja a dos aguas con un macizo horcón de madera dura que sostenía sólidamente la vivienda. La morada parcialmente estaba sombreada ya que al lado se ubicaba un frondoso y enorme árbol de Ceiba.

Según Malatinta, era él un poderoso e infalible sabio especialista en artes ocultas por lo que le gustaba que le dijeran chaman más no brujo. Cuando alguien por error le calificaba diciéndole -Usted es un buen brujo- en seguida Malatinta se enfurecía y con una serie de epítetos sacaba filosa faca amenazando al despistado que le tildó de esa mala manera.

En su casa contaba con un pequeño cuarto donde recibía a sus “pacientes" para hacerles la clásica limpia, o compraban algún amuleto para hacer un hechizo de amor. A veces solicitaban sus servicios para hacer caer una maldad sobre sus enemigos por embrujamiento y para esto Malatinta contaba con pequeños muñecos de ambos sexos, algunos de ellos atravesados de alfileres, clavos y espinas.

Poseía varias mesas de madera rústicamente fabricadas, donde en casi total desorden se encontraban infinidad de sapos, víboras, lagartijas disecadas rellenas de extrañas yerbas secas.

No faltaban tarántulas y un sin fin de repugnantes bichos igualmente disecados. Decenas de pequeñas bolsitas de tela de variados colores todas ellas llenas de yerbas y semillas, así como hojas y pétalos de plantas medio completaban este extraño surtido.

Toda esta botánica se aplicaba con el fin de usarse para curar multitud de dolencias que padecían las gentes a causa de los malos efluvios o males de ojo que provocaban los enemigos. Malatinta era pues temido y respetado por sus paisanos.

Alrededor de su lar o vivienda era terreno abierto y el potrero cubría más o menos dos hectáreas. Por ahí deambulaban unos cuantos cuadrúpedos y muchas aves de corral, donde curiosamente se notaban en su mayoría gallinas de plumaje negro azabache.

Estando cerca la festividad religiosa de San Pedro y San Pablo que cae a fines del mes de junio. En una misa dominical, el señor cura lanzó una filípica a sus feligreses enamorados y pecadores diciéndoles que para expiar pecados y llegando su día de muerte para que les abran las puertas del cielo a sus ánimas, era conveniente congraciarse con estos Santos Apóstoles prendiendo fogatas en la noche del 29 de junio, siendo esto una penitencia y labor de todas las familias del pueblo.

Justamente en esa fecha señalada las gentes andaban aplicadas en reunir y conseguir ramas y leña seca, por lo que no faltó un grupo de unos quince mozalbetes en ir a buscar arbustos que por cierto abundaban en las orillas del mentado riacho, que no pasaba de ser una quebrada arenosa y muy ancha, como ya dijimos con un lecho semi-seco.

Eran las seis de la tarde, casi obscurecía y ahí estaba la palomilla, de muchachos afanosos juntando brazadas de arbustos secos y sin darse cuenta se fueron acercando a la “La Salamanca", que se encontraba a más de cien pasos de ellos.

De pronto de la boca de la cueva salió un fogonazo de llamas acompañado de un grito macabro. Asombrados se quedaron los chavales mirando con los corazones palpitantes de susto y como remate al instante salió de la misma cueva volando como un bólido por los aires como si la arrojaran a propósito una gallina negra aleteando y cacareando.

Este truculento y sorpresivo evento no era para menos y alguien con más valor grito:

¡Cuidado! ¡Es La Salamanca!.

En seguida todos echaron a correr despavoridos quebrada arriba hasta la primer calle, dando alaridos de miedo. Algunos con lo nerviosos caían y se levantaban, repitiéndose esto muchas veces.

Finalmente llegaron a los extramuros o goteras del pueblo corriendo como locos donde jadeando y acezando sin proferir palabra y más pálidos que el mismo color amarillo se miraban unos a otros.

Alguien profirió unas palabras entrecortadas santiguándose y a medida que se iban serenando y calmando, Santino que era el mayorcito y que llevaba a su hermanito menor de la mano de escasos ocho años dijo:

Demos gracias que traje a mi hermanito que todavía es un angelito.

¡Por eso estamos a salvo!.

¡Él nos protegió!. Por esa razón no nos jaló dentro de la cueva el malo.

Pero el desastre era peor entre los chamacos, ya que tres de ellos se quedaron sin habla y hubo que llevarlos a sus respectivas casas. Luego dos de ellos despertaban en la noche según sus padres espantados gritando. Claro que todo esto alarmó a los vecinos que decidieron ver al señor Cura y exigirle un exorcismo en la mera cueva del Diablo.

El padre Agapito después de recibir y escuchar a sus feligreses a un comienzo se opuso pero finalmente capituló ofreciendo en una misa ir en procesión a “La Salamanca”, de modo que se organizó esté asunto y así un buen día marcharon rumbo al fatídico y temido lugar.

Iba encabezando la procesión el padre Agapito con un gran crucifijo en la mano y vestido con sus atuendos de gala para el caso. A su diestra muy solemne se contorneaba el Sacristán con las manos ocupadas con la cadena del sahumerio y a su izquierda muy erguido formando pareja iba un chaval quién llevaba un enorme recipiente de agua bendita. Ambos acólitos vestían de monaguillos color rojo cereza.

Con cánticos, glorias, salves y letanías se fueron arrimando a la entrada de la cueva con el padre Agapito a la cabeza, el cual oscilando el sahumerio como un péndulo echaba fumarolas de mirra, incienso y copal.

Como siguiente paso, tomó en sus manos el recipiente de agua bendita apoyándolo en el pecho y con la diestra aventaba rociadas con un isopo orando a voz alta en latín. Cuando se aprestaba a penetrar en la cueva de pronto como una exhalación salió de adentro una enorme perra negra, enfurecida ladrando y aullando se fue sobre el señor cura.

Éste presa del pánico a punto de ser mordido le arrojó con todo y vasija de agua bendita al animal, A su vez el Sacristán entrando en socorro de su preclaro jefe espiritual revoloteó el sahumerio por los aires lanzándolo sobre el bravo can que le cayó por las patas, esparciéndose rescoldo y brasas. Furiosa la 'bestia” con ladridos, se lanzó sobre el cuerpo principal del sahumerio a morderlo, pero como estaba caliente el metal se quemó el hocico reaccionando con una serie de lastimeros aullidos, huyendo hacia el fondo oscuro de la cueva, haciendo más dramática la situación.

Toda la demás gente que no llegaba a un medio centenar dando gritos de horror abandonó el lugar a todo correr precedidos por el par de monaguillos, exclamaban. ¡Es el Diablo!. ¡Es Satanás convertido en fiera!.

Como ambos contendientes, humano y animal retrocedieron hacia atrás, el señor cura miraba al fondo colocando la cruz de oropel en alto con el brazo extendido y por más esfuerzos que hacía solo alcanzaba a ver levemente un semi-brillo de los ojos del can acompañados de algunos ladridos esporádicos.

Alzando la mirada hacia arriba el sacerdote vio que Malatinta estaba parado a veinte metros de altura al borde del talud de la cueva, y como ambos personajes no se llevaban bien con eso de la mentada brujería y demás malas artes, comenzó la diatriba a viva voz:

¡Señor cura!. ¡Usted es un zonzo!.

¿Qué no ve que mi perra fue a parir sus cachorros dentro de la cueva?.

Decir que mi noble animal es el demonio. ¡¡¡Es el colmo de los colmos!!!

¡Cállate maldito brujo hijo del Averno!. Te conjuro a que desaparezcas de mi vista. -Acompañó estas palabras con un movimiento de mano donde tenía asida la cruz como si apuntara con un arma de friego, rematando con otro conjuro, pero esta vez en latín

¡Absit in saecula saeculorum!. (¡Dios nos libre! por los siglos, de los siglos para siempre).

Y Malatinta replicó:

¡Déjese de disparates, para que lo sepa yo fui el que saco lumbre de dizque “La Salamanca”¡.

También aventé por los aires la gallina negra y pegué el grito para que no vinieran a saquear la leña que tanta falta me hace¡.

¡Ahora aunque no lo quiera van a venir a buscar para que les haga una “limpia” y les cure de “espanto”!. ¡Ja, Ja, Ja.

¿Cómo la ve desde ahí señor cura?.

¡Cállate Malatinta malvado que los quintos infiernos te engullan por los siglos de los siglos. Amén!.

Dicho esto el padre Agapito se agachó y tomó una rama seca del suelo a manera de defensa y avanzó temeroso unos pasos para recoger el tirado sahumerio y su vacío recipiente de agua bendita, Dio media vuelta y emprendió la retirada sin volver la vista para atrás. Desde lo alto Malatinta lo despidió con un:

“!Adiós padre Aga-pitooo!!!. Usted si es macho. Sus feligreses son una bola de calzonudos!!!" Acompañó estas frases con una sonora y larga carcajada.

Mientras tanto la gente que acompañó al cura regresó al pueblo y corrió la noticia de que Lucifer se lo tragó. Entre estos y otros comentarios el numeroso grupo de pobladores vieron a lo lejos una figura de negro que se acercaba. Entonces alguien gritó:

¡Es el señor cura!.

Evidentemente, el padre Agapito a paso rápido atravesó entre medio de sus feligreses todo contrariado diciéndoles a media voz.

¡Sois unos ignorantes de marca!

¡Más brutos que una bestia!. -Todos en silencio lo miraban sin contestar-

El sacerdote se dirigió a su iglesia sin voltear perdiéndose entre el jardín del atrio.

Así concluyó este asunto de la famosa “Salamanca”, donde Malatinta les jugó una broma por demás pesada por lo que los pueblerinos quedaron curados de este espanto temporalmente.

Llegó la época de lluvias y en un día cualquiera nuestro personaje andaba por el pueblo haciendo alguna que otra compra y pasando enfrente de la única Iglesia, se paró a admirar la cruz de metal que recientemente instalaron en la cúspide de la torre del campanario, evento que llevaron a cabo hasta con la presencia del señor Obispo.

Malatinta se paró en media calle y señalando con la mano en alto dijo:

!Bonita cruz de herrería artística!.

Continuó su camino tranquilamente, siendo observado por algunos vecinos con cierta curiosidad, ya que al alejarse iba dando más en apariencia que de hecho, unos pasitos semicirculares seguramente por encontrarse muy contento.

Por la tarde se nubló el cielo, se tornó de un gris obscuro y arreció una violenta tormenta con truenos y centellas al por mayor.

Por casualidad se originó una descarga eléctrica exactamente sobre la flamante cruz, es decir cayó un rayo y con la vibración y energía calórica su base de cal y cemento se hizo añicos, haciendo que se desplomara desde lo alto dicha cruz hasta estrellarse en el piso del atrio del templo.

Al concluir la tormenta se acercaron algunos curiosos a ver tan eximia calamidad. No faltó de los presentes que alguien acusara a Malatinta del reprobable acto sacrílego, porque aseguraban que lo vieron horas antes desde la media calle realizar conjuros, y lanzar sus efluvios malignos sobre la cruz, para luego irse bailando y danzando y que según parecía que lo acompañaba el Diablo, aunque éste no se hizo ver.

Se dejó oir una voz gritando y proponiendo darle un escarmiento al brujo- chaman. ¡Vamos todos a pegarle fuego a su apestosa y maldita casa!.

¡¡¡Si vamos, vamos!!! gritaban en coro.

Como una sola persona cerca de un centenar de gentes entre hombres y mujeres y gente menuda, todos enardecidos tomaron camino a desembocar por una calleja que llegaba a la orilla de la quebrada de lecho seco.

¡Oh sorpresa!. Con la lluvia todo lo ancho estaba cubierto de un torrente furioso de agua turbia. En la otra banda, Malatinta tenía su casa y acercándose a la orilla a pesar del fragor del riacho crecido, alcanzaba a escuchar los insultos y ver los ademanes con los puños en alto.

No faltaron algunos decididos y comenzaron a apedrearle, pero los proyectiles no llegaron ni a la mitad del ancho y rugiente oleaje.

El chaman se retiró a su casa que estaba cercana y regresó a paso veloz ubicándose en gente del gentio. Sacó una onda tejida de lana y revoloteándola a lo alto de su cabeza lanzó el proyectil que voló por los aires. Viendo que este caería sobre sus cabezas corrieron dispersándose para protegerse.

Se estrelló en la tierra un pañuelo rojo donde venía envuelto el pedazo de roca con una inofensiva culebra media muerta. Es que Malatinta ató al pobre ofidio con el proyectil, de suerte que cuando hizo impacto éste quedó libre y solamente se arqueaba y movía en los estertores de la muerte.

Todos miraban recelosos. No faltó quién dijera: (Huyamos, es el malo que se va a convertir en Dragón!.

No faltaron algunos menos vacilantes y con valor dizque para romper el embrujamiento, procedieron a quemar los restos del crótalo.

Como ya obscurecía, comenzaron a retirarse haciendo promesas y juramentos de juntarse al siguiente día tan pronto comenzara a clarear.

Malatinta receló que algo malo le iba a suceder y asumió la idea de trasladar sus enseres y cosas a "La Salamanca." Toda la noche se dedicó a este menester vaciando materialmente su vivienda, la que cerró y atrancó lo mejor que pudo.

Luego se retiró cuando las primeras luces del alba hacían su presencia, se ubicó hacia el poniente en un lugar estratégico entre unos arbustos. Aproximadamente a las siete de la mañana el riacho concluyó con su crecida y estaba convertido en un arroyo, de manera que los pueblerinos lo cruzaron chapoteando con gran escándalo, gritando y gesticulando a más no poder con insultos contra el malvado brujo.

Llegaron enfrente de la vivienda donde uno de ellos gritó. ¡Sal de ahí brujo desdichado para romperte cuanta jeta tengas!.

Una mujer gritaba colérica. ¡Cobarde!, ¡Basura infame!, ¡Hijo de Satán, sal para que te cocine con aceite caliente!.

Finalmente se dieron a la tarea de apedrear la casa y como nadie respondía se acercaron aún más y algunos vecinos de los más valientes le prendieron fuego. En breves minutos las llamas se incrementaron convirtiéndose aquello en un hornaza.

El cura del pueblo al tener conocimiento de la agresión de sus feligreses, precipitadamente salió de la curia y al momento de llegar se encontró con el espectáculo antes descrito.

El padre Agapito gritó alzando las manos al cielo:

¡Que hacéis desdichados!. ¡Sois unos patanes criminales!.

¡Rapidoooo!. ¡Traed agua, aguaaa. Pero ya era tarde porque aquello se consumió en un santiamén.

El chamán vio desde su escondite como se quemó su morada, y cuando el cura a empellones obligó a las gentes a retirarse del lugar vituperándoles:

¡Bárbaros!. ¡Ignorantes, la cruz se cayó por un efecto de la naturaleza!. ¡Nada tuvo que ver Malatinta!.

Pasaron ocho días y ya con más confianza Malatinta comenzó a remover los escombros y reconstruir su vivienda, tratando de que ésta quedara tal cual estaba antes del destructivo incendio. Así al cabo de un poco más de un mes, otra vez aquello estaba en pie y por la noche acarreó nuevamente los enseres almacenados desde “La Salamanca.” Alguien del pueblo pasó cerca y haciéndose el inocente se acercó temeroso a saludar al chaman y como quien no quiere la cosa le pidió le proporcionara un remedio para “mal de ojo”.

Malatinta le invitó a entrar y con gran sorpresa vio que todo estaba intacto. Por ahí las mesas llenas de bolsitas multicolores con contenidos de hojas, ramitas y flores secas. Las alimañas disecadas, sus trastes de cocina y en general todo se notaba alrededor. Al visitante le dio temor y dijo entre sus adentros:

¡Este tiene pacto con el Diablo!.

¡Todo lo que se quemó Satanás lo regresó sin faltar nada!.

Salió pálido y asustado a dar la noticia en el pueblo. Muchos se rascaban la cabeza arrepentidos y temerosos porque después de todo Malatinta según era un ser sobrenatural al que había que temer y respetar, por tener pacto con el Rey del Averno.

Desde entonces Malatinta pasó a ser un ente muy respetado y solicitado en sus múltiples servicios de curandero jamás nadie le ofendió ni buscó pleito.

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