Del libro a editarse “CURIOSIDADES HISTÓRICAS”
Don Pablo Ovando y Zarate, su amor por Tarija y Patrimonio en el Marquesado del Valle de Tojo
El Marquesado del Valle de Tojo, es estudiado frecuentemente desde la obtención del título otorgado al maestre de campo Don Juan José Fernández Campero y Herrera, mediante cédula real expedida por el rey Felipe V de España el año 1708. No obstante, es menester referirse como acto de justicia a los prolegómenos que sirvieron para su obtención, en este contexto, al cuantioso patrimonio dejado por Don Pablo Bernárdez de Ovando y Zárate que fue afectado al marquesado, como el mecenazgo, actos filantrópicos y caritativos de su hija María Clemencia Ovando, que fueron determinantes para la compra del título por vía del benéfico[1].
La historia de los Ovando y Zárate, se inicia con la unión de dos poderosas familias, los Ovando de Tarija y los Zarate de Jujuy. Gutiérre Velásquez de Ovando (o Bernárdez de Ovando), llegó a la villa de San Bernardo de la Frontera de Tarija, tras incorporarse en Charcas para acompañar al capitán Luis de Fuentes y Vargas en su fundación, participó después en las contingencias de la nueva villa para consolidarla como un lugar habitable y seguro. Instalado el cabildo en julio de 1574 fue designado alcalde, contando con especiales prerrogativas del virrey Don Francisco de Toledo y de los Oidores de la Real Audiencia de Charcas, muestra de ello es que, varias disposiciones aplicables a la villa de Tarija se hicieron a través suyo, este semblante acrecentó su respeto entre los pobladores. Existen versiones que conjeturan disputas de poder con Luis de Fuentes y Vargas, en las que aparece aliado con Antonio Domínguez su colega alcalde en el cabildo.
Gutiérre Velásquez de Ovando se casó en La Plata (Chuquisaca) con Juana de Zárate, hija del general Pedro de Zárate, un conquistador de muy destacada actuación en las guerras civiles del Perú. Zárate cumpliendo órdenes del Virrey Toledo ejecutó la segunda fundación de Jujuy, que pervivió poco tiempo con el nombre de ciudad de San Francisco de Álava, estaba casado con Petronila Castro, dama que muy joven fue desposada por Juan de Villanueva, poderoso encomendero de Humahuaca. Al enviudar doña Petronila, por vía sucesoria adquirió en ultima vida esta valiosa heredad, que luego el virrey recompensando con creces los servicios de su nuevo esposo, tuvo a bien gratificarle por dos vidas más, de este modo los Zárate aseguraron la tenencia hasta dos generaciones futuras de la encomienda más importante de toda la puna jujeña.
Con la unión de Gutiérre Velásquez de Ovando y Juana Zárate, como señala Zanolli[2], se inicia una dinastía de intereses y beneficios económicos que no hallaba límites, después trascendería por su influencia los de Tarija, para extenderse hasta San Salvador de Jujuy. El citado autor también reseña que su cuñado, Juan Ochoa de Zárate, se convertiría en una de las personas más ricas del antiguo Tucumán, al recibir en 1593 a la muerte de su padre Don Pedro de Zárate, la encomienda de Humahuaca y otras valiosas tierras adquiridas por este como mercedes.
El matrimonio entre Velásquez de Ovando y Juana Zárate fue fecundo, engendraron ocho hijos, los hermanos Ovando y Zárate se avecindaron entre Tarija y Jujuy, por variadas razones no pudieron reunirse hasta 1676, lo hicieron para decidir respecto a la gran cantidad de bienes heredados, en este prolongado lapso ya habían muerto dos hermanos que por derecho propio también estaban llamados a suceder.
De los hijos procreados por Gutiérre Velásquez de Ovando y doña Juana Zárate, nos interesa particularmente el tercer hijo, Pablo Bernárdez de Ovando y Zárate, sobre cuya descendencia y patrimonio se constituyó el futuro Marquesado del Valle de Tojo. Es sin duda, uno de los personajes más fascinantes de su época, hombre que nació y se crio en la Villa de Tarija, amaba su ciudad natal sobre la que tenía un sentimiento de pertenencia. Fue un varón recio, emprendedor, de convicciones firmes y de una personalidad arrolladora, sus encomiendas, mercedes y cuantiosos bienes fueron heredados por su única hija Juana Clemencia Ovando y sirvieron para forjar luego, los cimientos del futuro mayorazgo del portentoso marquesado.
Pablo asumió el rol de hermano mayor, Gutiérre el primogénito al igual que Lorenza, los primeros en nacer en el orden filial migraron hacia Lima, el objetivo no fue otro que el de preservar la hidalguía familiar, para ello nada mejor que estudiar en la capital virreinal, mientras que, a Lorenza, por tradición le fue destinado el convento de las hermanas Carmelitas descalzas, donde consumió sus días como monja de claustro.
A juzgar por la semblanza de Pablo, debió ser un niño sano, vivaz y travieso, de mozuelo extremadamente juguetón e inquieto, condiciones que perfilarían su carácter montaraz. Gustaba recorrer los campos de su padre montando a pelo su corcel, armado solo con una lanza y rodeado de tomatas hijos de yanaconas al servicio de su familia, a quienes consideraba sus amigos. Talvez esta actitud explique por qué en Tarija pasados los siglos, existió una relación de respeto entre el hombre del campo y el terrateniente citadino, a la que contribuyó la comunicación, habida cuenta que cuando se produjo la conquista, los españoles encontraron el valle de Tarija casi deshabitado por el sojuzgamiento inca a los churumatas, moyo moyos y tomatas, los nativos adoptaron el castellano como su idioma oficial, cuya riqueza se mantiene hasta hoy en el hablar pausado, sentencioso y con términos propios del español antiguo utilizados por el campesino tarijeño.
Muy joven, Pablo alentado por sus padres o descubriendo su ascendencia, entendió que pertenecía a una estirpe de conquistadores, colonizadores y emisarios de la cristiandad, que formaba parte de una raza de hombres que lidiaron en diferentes epopeyas del ignoto universo de los chunchos y chiriguanos, que lucharon por conseguir el control de la rica puna jujeña, convertida en una importante región en la relación comercial entre Tucumán y el Alto Perú. De este modo, tomó la decisión que con los años lo abrumaría de nostalgias, abandonar su valle andaluz, como algunos españoles llamaban a Tarija, aludiendo el gentilicio de donde provenía su fundador.
Los nuevos desafíos llevaron a Pablo hasta San Salvador de Jujuy, región ubicada al noroeste del antiguo Tucumán, que antes de su tercera y definitiva fundación, había sido erigida por su abuelo el coronel Pedro de Zárate. Jujuy en la época se constituía en un gran escenario de la conquista, asentada al pie del macizo andino sus características naturales eran propias de las tierras altas, su geografía contaba con una gran planicie conocida como puna que, albergaban una población originaria de agricultores agrupados en diferentes etnias, pero lo fundamental era el paso que vertebraba el creciente comercio entre Potosí y Tucumán.
Pablo percibió que su familia materna se había convertido en la aristocracia jujeña emergente, su tío Juan Ochoa de Zárate, encomendero de Humahuaca era el hombre más rico e influyente de la región, los demás se desempeñaban como gobernadores, alcaldes, regidores, etc. También estaban en diferentes órdenes religiosas, sobresaliendo su primo el sacerdote Pedro Ortiz de Zárate Garnica[3], conocido después como el mártir de Zenta. La influencia de este religioso fue decisiva en el matrimonio de su hija Juana Clemencia con quien fue el primer Marqués del Valle de Tojo, el hidalgo español Don Juan José Fernández Campero y Herrera.
Pablo advirtió que la vida citadina en la administración colonial no era lo suyo, su naturaleza pertenecía a la conquista, al rudo trabajo de campo, a la lucha con lo trashumante, agreste y en domar en su provecho lo desconocido. Buscando esos derroteros se trasladó a San Rafael de Sococha, pueblo en la jurisdicción de Chichas, instalándose en la casa de hacienda que perteneció a su abuela materna Petronila de Castro, se propuso trabajar las extensas tierras que pertenecían a su familia. Con gran tesón, consolidó y amplió su frontera territorial, inventarió cada hacienda y determinó para que eran aptas esas propiedades, en estas faenas afloraron otras facetas de su personalidad, demostró ser un hábil comerciante y un virtuoso negociador, además un inflexible litigante para beneficiarse con el resultado de sus pleitos, pronto su nombre comenzó a resonar en la puna al monopolizar el negocio del tasajo, los cueros, acémilas y productos agrícolas.
Según Madrazo[4], una característica muy particular iniciada por el padre de Pablo y que este continuaría, fue dedicarse a trabajar sus pertenencias en forma personal, Jujuy quedaba a 20 leguas de distancia de la hacienda de Sococha y Tarija perdida en el afecto de la azul lejanía, ese fue el momento en que Don Pablo, reconocido ya por su importancia con esta dignidad, apartándose del apoyo recibido de los Zárate, decidió adquirir la propiedad de San Francisco de Aycate. Consideró que este era el punto nodal para controlar lo que salía del viejo Tucumán e ingresaba desde el Alto Perú, su decisión fue acertada y sobre los cimientos de precarias construcciones, mandó ampliarlas y remodelarlas para edificar lo que sería su residencia, la célebre casa de hacienda de Yavi donde también construyó su capilla, a la par que sus propiedades se multiplicaban, como Santa Victoria, Tojo, El valle de Zenta en Oran, San Mateo en Tarija y muchas otras que por continuidad se incorporaban a la hacienda principal.
Don Pablo no daba por concluida su obra, era una obsesión contar con su propia encomienda, pero ¿cómo lograr aquello? Las encomiendas eran inalienables, no había forma de comprarlas y si bien podían heredarse este no era su caso, para conseguirlas había un solo modo y este era la conquista, así se hizo encomendero su abuelo y su padre adquirió grandes mercedes. Astutamente urdió su plan para obtenerla, las guerras calchaquíes llevaban décadas con triunfos y reveses para los españoles, en este marco convenció al gobernador de Tucumán para tener presencia militar efectiva en la región en conflicto, como antes lo había hecho su padre en la contención de los chiriguanos con la fundación de Tarija. Siguiendo su objetivo el año 1649 levantó la fortaleza de Zenta, cultivando prestigio con las autoridades de la gobernación de Tucumán y afianzando su poder con sus relaciones familiares.
Sus esfuerzos dieron sus frutos, el gobernador Alonso Mercado y Villacorta, por sus valientes acciones le otorgó las mejores encomiendas, las de Casabindo y Cochinoca por dos vidas. Convertido en encomendero, Pablo Ovando vivió intensamente todas las etapas del afianzamiento de la conquista luchando contra los calchaquíes, especialmente en la sublevación acaudillada por el falso inca Pedro Bohórquez. Por estas gestas, fue nuevamente recompensado con una vida más para el disfrute de sus encomiendas, más los títulos de maestre de campo, sargento mayor de las milicias de Esteco, Salta y Jujuy, teniente general del ejército del Tucumán y al ser calificado como benemérito se le concedió un sueldo mensual. La concesión de sus encomiendas fue confirmada diez años más tarde por el rey Felipe IV, el usufructo debía durar tres vidas, pero por renovaciones sucesivas llegó hasta principios del siglo XIX como unidad feudataria del mayorazgo del Marquesado del Valle de Tojo.
Pablo Bernárdez de Ovando era inmensamente rico, contaba con un flujo de mano de obra a su disposición trabajando sus minas, haciendas o cediéndola previo pago a otros feudatarios y mineros. Sus actividades comerciales según Zanolli, se extendían desde Lima hasta Santiago del Estero, pasando por Cinti, Pilaya, Talina, Potosí, San Salvador de Jujuy, Tupiza, Lipez y varios pueblos intermedios, sus caravanas comercializaban vino, aguardientes, tasajo, lana de llama, vicuña y sus derivados, vendía también mulas, cabras, frazadas traídas desde de Lima, paños de Quito, yerba y muchos otros productos. Contaba para su servicio con los mejores arrieros para el intercambio comercial, sus recuas y caravanas expendían sus productos en canchas y tambos de las zonas urbanas.
Pero el amor, aunque tardío anidó en el inquieto y esquivo corazón de Don Pablo Bernárdez de Ovando, en el pináculo de su vida conoció a doña Ana María Mogollón de Orozco, hija del Capitán Francisco Mogollón de Figueroa y de Magdalena de Arredondo y Alvarado, avecindados en La Plata con haciendas en el corregimiento de Porco. Los bisabuelos de la novia, Juan Mogollón de Acosta y María de Rivera y Orozco se contaban entre los primeros pobladores del valle de Tarija, por lo que estas nupcias reforzaron sus vínculos tarijeños y el amor por su tierra natal. En la navidad de 1655 en una hacienda de Porco de propiedad de los Mogollón consumó su boda y trajo a su esposa a residir en la hacienda de Yavi. Del matrimonio de Ovando con Ana María Mogollón nació Juana Clemencia, quien sería su única heredera y habría de ser desposada siendo aún niña por Juan José Fernández Campero y Herrera, futuro Marqués del Valle de Tojo.
Agotado de contender lides, su inmarcesible estrella se fue apagando, Don Pablo sintió que la muerte acechaba y el sol que alumbró sus dorados días declinaba en un crepúsculo de dolencias, desvalido recibió la extrema unción en la hacienda de Yavi rodeado de su confesor. Su esposa Ana María, se encontraba encinta de tres meses y su hija Juana Clemencia era impúber aún. Se extinguía la vida de la figura más prominente de la puna, el hombre que tenía su vecindad en Jujuy y el corazón en Tarija haciendo florecer sus intereses en ambas jurisdicciones, un ser que tuvo la capacidad de enfrentar todas las adversidades con valentía y sobre todo con humor, quien supo ser amado y respetado por sus parientes cercanos, esto explica según refiere Zanolli[5], porque sus hermanos sin formular pleitos ni protestas, cedieron casi la totalidad de los bienes dejados por sus padres en favor de Pablo.
Antes de convocar a sus albaceas para expresar su postrera voluntad, evaluó su vida y allí flotaban sus pasadas glorias entremezcladas con la nostalgia de no expirar en Tarija. Don Pablo Bernárdez de Ovando no se mostraba arrepentido de nada de lo que hizo, se entregaba mansamente a la muerte confiado en la gracia divina, todo lo que realizó tenía su justificación, no percibía la injusticia del sistema social en el que le tocó actuar. Fue temeroso de Dios y sirvió con lealtad a su rey, estaba seguro que desde los primeros tiempos de la humanidad, no hubo sociedad que no haya prosperado con el sometimiento y el servicio de otra. Se consideraba un buen encomendero utilizando a los indios de la mejor manera para su servicio y así obtener la mayor utilidad posible.
Criado como hombre de acción, su obnubilada mente recorría su niñez y adolescencia en los parajes de su amada Villa de San Bernardo de Tarija, encomendaba a Dios que su espíritu permanezca vagando por ese valle, deambulando desde las alturas del Chismuri en la cordillera de Sama hasta las breñas de la serranía de la Gamoneda, donde su padre fieramente mantuvo a los chiriguanos. Imploraba ser recordado en los recodos del manso rio o en la silente cruz del sur, brillando en el cielo en las serenas y fragantes noches de abril. Pero también el tormento agobiaba su espíritu, no conocería a su vástago, tenía la certeza que el hijo que su esposa acunaba en su vientre sería el varón que continuaría su imperio.
Al expirar, se estremeció la puna, empalideció su luna de sal, la flor de los tolares vertió rocíos de lágrimas, se apagó la vida de Don Pablo Bernárdez de Ovando, en su testamento al margen de inventariar los cuantiosos bienes que dejaba[6], honraba a la tierra que amó con la siguiente disposición:
“Mando también que mi cuerpo sea enterrado en la vice parroquia de esta mi estancia de San Francisco de Aycate en la sepultura y parte que a mis herederos y albaceas pareciere. Mando, asimismo, que los dichos herederos y albaceas trasladen y hagan llevar el dicho mi cuerpo a una de las sepulturas que tengo en la villa de Tarija o ciudad de La Plata.".
Pasaron 6 meses desde que Don Pablo reposaba en su frio sepulcro de la hacienda de Yavi, al finalizar un día otoñal de mayo 1676, su viuda Ana María Mogollón de súbito sintió calambres, cólicos y contracciones vaginales, síntomas inequívocos de un prematuro parto, febrilmente se movilizaron dos comadronas que, en medio de una confusión, con paños fríos, ungüentos y pócimas buscaban tranquilizar a la grávida. A la media noche, débiles y desfallecientes se escucharon sollozos que anunciaban el advenimiento de un niño, era el varón que afligía a su progenitor, el que necesitaba para continuar su imperio, pero a diferencia de la fortaleza de su padre, este llegaba al mundo con un evidente raquitismo. Vanos fueron los esfuerzos por salvar la vida del infante, que después de 28 horas expiró sin ser ungido con el crisma bautismal, por lo que fue enterrado en la puerta de la iglesia de Yavi[7].
De este modo, Juana Clemencia Ovando niña aun, se convertía en la única heredera en segunda vida de las apetecidas encomiendas de Casabindo y Cochinoca, también pasaban a su dominio productivas haciendas rurales en las jurisdicciones de Tarija y Jujuy, más confortables casas construidas en ambas ciudades. A la par de estos conflictos, comenzaron a merodear por la hacienda de Yavi, galantes caballeros que con actitudes donjuanescas buscaban conquistar el afecto de doña Ana María, atraídos por la inmensa fortuna amasada por su fallecido esposo que heredaba su pequeña hija. En estas circunstancias, buscando garantizar el futuro y proteger el patrimonio de Juana Clemencia, apresuradamente decidió casarse con Don Pedro Ortiz de Santisteban, quien lo primero que obtuvo, fue remover la tutela de los albaceas a su favor, una vez nombrado tutor de la pequeña Juana Clemencia y dada la calidad de hijastra, podía administrar y disponer sin mayores inconvenientes los bienes vinculados a la sucesión.
Convencida de la ambición de Ortiz de Santiesteban, doña Ana María recurrió al auxilio de su padre y al cura vicario de la ciudad de San Salvador de Jujuy, el respetado sacerdote Pedro Ortiz de Zárate, primo y confesor de Don Pablo su esposo, entre el abuelo materno y el tío de Juana Clemencia optaron por decidir el destino y la fortuna de la pequeña heredera, ambos coincidieron que para evitar los descalabros, era conveniente comprometer en matrimonio a Juana Clemencia, solo comprometerla porque aún no contaba con la edad mínima que exigía la ley para que una mujer pueda casarse, así visualizaron el adecuado consorte para garantizar el futuro de la rica heredera, este era el hidalgo español Don Juan José Fernández Campero y Herrera, quien no dudo en aceptar la propuesta marital que por razones endogámicas le ofrecían, de este modo y sin tiempo que perder, en la iglesia de la hacienda de Yavi el mismo sacerdote Pedro Ortiz de Zárate, bendijo los esponsales el 17 de julio de 1678, al celebrarse este oficio el novio contaba con 33 años y su futura esposa tan solo 10 años[8]. Conseguida la dispensa, con extrema premura la boda se celebró en la iglesia de Yavi el 5 de agosto de 1679, una vez consumado el matrimonio, Juana Clemencia Ovando se convirtió en la esposa de Juan José Fernández Campero y Herrara. Lo narrado, como expresa Madrazo, solo muestra los mecanismos de la época tendientes a reforzar situaciones de privilegio por medio de uniones matrimoniales de conveniencia. Deja también en claro la total dependencia y sometimiento de la mujer.
Los primeros años no fueron fáciles para Campero, tuvo que sobrellevar su matrimonio con una niña, además de los problemas que generaban las encomiendas, administrar múltiples haciendas y tener al frente a Ortiz de Santisteban. En todo este contexto su imagen se veía deslucida y el hidalgo tuvo que volcar esfuerzos para recuperar su prestancia, esta pulseta de odios e intrigas, pronto los enfrentaría en un célebre litigio por la propiedad La Angostura en Tarija. Santisteban pretendía para sí esta hermosa hacienda, adquirida en situación de quiebra antes del matrimonio de Campero, quién se encargó en demostrar que la compra se la hizo con dineros provenientes del tutelaje, consiguiendo de este modo que el magnífico predio, el más antiguo y pionero en la producción de vid y la elaboración de vinos y licores en el valle de Tarija, se restituya al patrimonio de su esposa Juana Clemencia Ovando. La hacienda La Angostura como la casa en la plaza de armas de Tarija, hoy convertida en un hermoso centro gastronómico (El Marqués), se convirtieron en una obsesión para Campero, no solo por la belleza de su entorno y su señorial prestancia, su importancia radicaba en el hecho que, su joven consorte embriagada por los afectos legados de su padre, quería vincularse más con Tarija.
En los años de matrimonio, Juan Clemencia Bernárdez de Ovando, buscando la ansiada felicidad se volcó caritativamente a toda actividad pía, siendo las más reconocidas su aporte para el establecimiento del Colegio Jesuita de Tarija, la construcción de la Iglesia Matriz (actualmente Catedral de Tarija), su apoyo a las misiones llamadas “tarixenses” en el intento evangelizador por los religiosos de la Compañía de Jesús, primero a los chiriguanos y luego a las misiones de chiquitos. Frecuentemente se alude este desprendimiento como obra del “Marqués Campero”, pero en contexto corresponde a Clemencia Ovando, porque cuando se hicieron estos aportes filantrópicos no existía esta dignidad, pero es bueno destacar que, en la probanza de los méritos de Campero, las benevolencias de su consorte se consideraron como actos piadosos de gran valor que facilitaron la obtención del título
Con tan solo 23 años, abatida por la tristeza, un marcado decaimiento espiritual y ocultos llantos que denotaban una vida con circunstancias más dolorosas que felices, el año 1690 sin dejar descendencia, fallecía doña Juana Clemencia Bernárdez de Ovando, la mujer que siendo niña heredó una fortuna, el imperio edificado con la espada, sudor y buen instinto de su padre pasaba a Don Juan José Fernández Campero y Herrera como su heredero, quien se convertía en único dueño de todas las posesiones de la familia Ovando en las jurisdicciones de Tarija y Jujuy, además era el nuevo encomendero en tercera vida de Casabindo y Cochinoca. Fernández Campero, en su viudez se convirtió en mecenas y protector de las obras filantrópicas iniciadas por su esposa, especialmente con la misión de chiquitos, este magnánimo desprendimiento sembró la fértil semilla que generó el desarrollo cultural de los pueblos chiquitanos del oriente, por este aporte la orden jesuítica lo llamó “insigne bienhechor de esta cristiandad”[9].
Fernández Campero y Herrera, también hizo un quiebre en la administración de ese acervo, a partir de su dominio otras brisas soplaron por la gélida puna, ya no eran las que emitía el forjador de esas cuantiosas posesiones Don Pablo Bernárdez de Ovando, el maestre Fernández Campero, caballero de la Orden de Calatrava mostraba un perfil opuesto, nació en España en Abionzo, Valle de Carriedo el año 1641[10], desde temprana edad recorrió cortes en importantes ciudades antes de embarcarse a América, esto hacía de él un aristócrata que priorizaba lo protocolar, caballeresco y refinado, jamás dejó de vestir paño, capa y gabardina. Hombre rico y fiel a sus convicciones religiosas, comenzó dispensando favores como lo hacía su esposa y a escalar posiciones, afianzado en su empresa rural como terrateniente, encomendero, enfiteuta y rico comerciante, que le permitía aproximarse a la nobleza como lo hacían los acaudalados hacendados en el Virreinato de Nueva España (México) y el Perú a través de la compra de títulos[11], de este modo se fue infiltrando en la nobleza con el objetivo de pertenecer a ella mediante la compra de un título, una herencia ibérica arraigada en las colonias americanas, por lo que paralelamente a sus benéficas y piadosas obras, venía gestionando la obtención del título de marqués, para ello realizó el depósito a la Caja Real de Lima de 15.000 pesos, que posteriormente fueron transferidos a la corona mediante la tesorería del Consejo de Indias.
En el prolongado tiempo que gozó de libertad de estado, Fernández Campero buscó la musa que pueda prendar su corazón, y cuando su cabello comenzaba a despoblarse por su madurez, el 26 de febrero de 1708 con 63 años de edad, contrajo nupcias con Josefa Gutiérrez de la Portilla, dama de abolengo nacida en Carabaya (Cuzco). Siete meses después de consumado su matrimonio, la probanza de sus méritos y haber cancelado los pesos de plata exigidos por las almonedas, el 9 de agosto de 1708 mediante una Cédula Real firmada por el Rey Felipe V de España, confería a Don Juan José Fernández Campero y Herrera el título de “Marques del Valle de Tojo” para sí y sus herederos, en atención a su nobleza, méritos como encomendero en la conservación y doctrina de los indios a su cargo y especialmente, por el servicio de 15.000 pesos escudos de plata entregados de contado en la Corte”[12].
De este modo se inició el Marquesado del Valle de Tojo, vendrían luego la constitución del mayorazgo preservando la unidad de su patrimonio y la utilización del patronímico Campero como distintivo de la estirpe, habiéndose escrito lo suficiente respecto a sus dos siglos y algo más que perduró, especialmente sobre el primer y cuarto marqués que a juicio de todos son los más importantes, pero quedó en el limbo la insigne figura de Don Pablo Bernárdez de Ovando y Zárate, el rico encomendero, cuya fortuna sirvió para forjar los pilares del marquesado, el hombre que amó a su natal Tarija y pidió en su testamento, que parte de sus restos reposaran en su tierra, cuyo deseo no se cumplió, en su ciudad no existe un monumento o una calle que pueda perpetuar su imagen y gloria, de lo conocido solo queda en la Provincia Méndez un villorrio llamado Ovando, que antiguos lugareños atribuyen su nombre en honor al suegro del marqués.
[1] Los títulos de marqués u otra dignidad, podían ser obtenidos por vía del beneficio, cuando se cumplían ciertos requisitos y pagando previamente un monto determinado a la corona española. Los comprados, expedidos en épocas de crisis e iliquidez de las almonedas reales, se obtenían simplemente pagado el precio exigido para su compra.
[2] “LAS RAICES DEL MARQUESADO DEL VALLE DE TOJO” Carlos E. Zanolli
[3] Pedro Ortiz de Zárate y Carrizo de Garnica, nació en Jujuy el año 1622, fue sacerdote conocido por evangelizar a pueblos indígenas del Noreste argentino, murió en 1683 desnudo y degollado por un grupo de tobas y mocovíes en el Puesto de Santa María, Valle de Zenta, Salta. Venerado en el norte argentino, fue beatificado y se propuso al papa Francisco I su canonización.
[4] Guillermo B. Madrazo, “HACIENDA Y ENCOMIENDAS EN LOS ANDES”.
[5] Cita de Carlos E. Zanolli, “LAS RAICES DEL MARQUESADO DE TOJO”.
[6] El cuadro con el detalle de las propiedades dejadas a la muerte de Don Pablo Bernárdez de Ovando, está consignado en la obra de Guillermo B. Madrazo en “LA PUNA ARGENTINA BAJO EL MARQUESADO DE TOJO” y en “LAS BASES DE UN IMPERIO” del Dr. Mario Barragán Vargas.
[7] La cita del mes y año, como las horas que vició el vástago de Pablo Bernárdez de Ovando, son tomados de la obra de Guillermo B. Madrazo.
[8] Los datos de este relato, fueron extraídos de las obras de Carlos E. Zanolli, Guillermo B. Madrazo y Mario Barragán Vargas, referidas al Marquesado del Valle de Tojo.
[9] Datos extraídos del suplemento “Cántaro” N° 231 del periódico El País, sobre los estudios realizados por W. Javier Matienzo C. “EL COLEGIO JESUITA DE TARIJA Y LAS MISIONES DE CHIQUITOS”.
[10] Datos extraídos de la obra “EL VINCULO DE TOJO” de Javier Campero Paz
[11] Datos que resaltan la personalidad de Campero, esbozados por G. Madrazo y Ana María Teruel.
[12] Guillermo B. Madrazo, “HACIENDA Y ENCOMIENDA EN LOS ANDES” La puna argentina bajo el marquesado de Tojo – Siglos XVII y XIX.


