LA NAVIDAD EN LAS CALLES DE TARIJA
A lo largo de las calles todavía podemos observar hoy escenas que devienen de nuestras más límpidas tradiciones.
Primero se escucha, casi siempre en horas de la mañana, el monocorde y acompasado retumbo del tambor y del bombo que - poco a poco, se va entrelazando con las notas de las quenas que rasgan dulcemente el aire con las melodías navideñas.
Una hacinada, heterogénea y bullanguera fila de chiquillos, arrasando las distinciones sociales, baila delante del Niño pretendiendo imitar y seguir el elástico paso realizado con gracia y gravedad por tos niños de mayor edad que encabezan y dirigen la columna. Caritas morenas y blancas se mezclan impávidas y alegres. Los movimientos y pasos que ejecutan se adecúan intuitivamente al ritmo de la música y sólo algunos chiquillos despatarran sus intenciones de integrarse al conjunto con desorientados brincos, especialmente los más pequeños. Pero en todos ellos se advierte la alegría y el fecundo amor de los años primeros, entregándose a un acto ritual que lo saben suyo, muy suyo.
Luego pasa el Niño, rubicundo y sonrosado, portado en andas por los encargados de "pasar la fiesta”. No importa que sea muy pequeño, de cera o de yeso. Es el Niño Dios. Él está prolija y amorosamente ataviado de sedas y cintas. Una estructura formada de flores y telas ornadas simula el establo, dentro del cual se recuesta sobre un lecho de pasto tierno recién cortado. Estirados y solemnes, de acuerdo con el rango que invisten, caminan tras las andas los dueños eventuales de "la fiesta", seguidos por su cohorte de padrinos y por la gente del pueblo
Qué sensaciones profundas afloran en nuestro espíritu al contemplar esta siempre renovada muestra de sencilla fe religiosa que el pueblo hereda sin contaminaciones al paso de los años. Niños que retozan confiados, alegres y sin ninguna inhibición y adultos que perciben con respeto lo que es suyo y los viejos símbolos de cristiandad.
Y en el rostro y en las actitudes de las campesinas que acompañan con recogimiento al Niño creemos que se lee, con la palabra fácil de la vida mostrada a plenitud, los sentimientos fecundos más vitales y capaces de cimentar las afecciones y emociones de la colectividad.
No es la postura o el gesto hierático del que simula vivencias que se han perdido en los vericuetos de su camino ni la expresión producida por retumbos extraños que originan ridículas muecas al transitar por los morenos senderos del pueblo.
La mirada dulce y serena, no medrosa. El sombrero sostenido por la mano fuerte y mórbida, mostrando así su piadoso respeto. El definido y sensual trazo de sus labios dibujando el gesto preciso de la firmeza de sus sencillas convicciones.
En las fisonomías añejadas por el tiempo y en las que revientan a la vida con frescura de tez limpia y tersa, están impresas las tradiciones espirituales que alimentan y nutren el alma de un pueblo que ha entramado en sus vitales valoraciones la vieja y eterna concepción cristiana de la vida fundamentada en el amor y la humildad.
Esta tradición se renueva en Tarija, año tras año, con increíble y limpia persistencia. Cada Navidad se repiten esos gestos, esas miradas y ese sentimiento profundo en todas las calles de la ciudad tranquila y buena. Ya es difícil evitar, en este caminar callejero de la limpia tradición, la exasperación de los automovilistas urgidos que deben esperar su paso para reiniciar su premura y ya es posible observar también la indiferencia de muchos o la sonrisa de suficiencia pedante. Sin embargo, allí están esos rostros, esas miradas, esos niños, tejiendo mansa y tercamente sus vidas con los fuertes hilos de la tradición que muestra el camino del amor y de la humildad a través del símbolo del niño nacido en un pesebre.
Esta tradición tarijeña es también mía. Y al verla pasar por las calles siento que en mi mirada y en mi rostro se repiten las luces y las expresiones precisas de ese amor y de esa humildad que comparto con mi pueblo.


