Del libro: “Don Timoteo y su Lazareto (Relatos Insólitos)” de William Bluske C. Tarija - Bolivia 2002
Don Timoteo y su Lazareto (Relatos Insólitos) (Primera Parte)
PREAMBULILLO
No sé si serán “insólitos” pero si son relatos. Son situaciones y hechos que han ocurrido en el pasado remoto o reciente que yo rescaté a través de la tradición oral de distintos personajes, que a su vez, recibieron de sus mayores, las versiones corregidas y aumentadas, de lo que les contaron o de lo que vieron en sus épocas vividas.
Por lo tanto son pocos los documentos existentes que nieguen o confirmen la veracidad de los hechos y sucesos, en todo o en parte. Al lector le quedará el derecho a la duda, Le asiste un derecho inalienable e imprescriptible.
Se llaman “insólitos” —estos relatos— precisamente porque son difíciles de creer, pero al mismo tiempo, posible de haber ocurrido en los tiempos y lugares en que están ubicados o son advertidos. Si dijese simplemente que son "relatos” podría caer en el horror de la mentira, por eso agregué la palabrita salvadora de “insólitos” porque así, usted amable lector, seguirá teniendo el beneficio de la duda y yo me habré librado del pecado de mentir por cuenta ajena y de dar mayores explicaciones. Si el lector insistiera en no tomar mis escritos como “relatos insólitos” entonces le sugiero que los tome como cuentos, o finalmente como historias fabuladas.
Con estas breves pero necesarias reflexiones, pongo a disposición de Ud., indulgente lector, cinco relatos insólitos, cuentos o historias fabuladas, que bien o mal, llenarán sus horas libres, así quede en la duda.
El autor
DON TIMOTEO Y SU LAZARETO
Gozaba Tarija su paz octaviana de cada día, el sol en su recorrido habitual acariciaba los rojos tejados de las casas solariegas. Los azahares de la plaza principal desparramaban generosamente sus aromas, llevados por las suaves brisas del río Guadalquivir, hasta los ventanales abiertos donde los tarijeños disfrutaban del último parpadeo de un sueño reparador, antes de enfrentarse a los horrores del trabajo.
Todo estaba en orden en la ciudad: las mochas barriendo las aceras hasta la media calle; los perros guardianes dormitando en los portales de las viejas casonas, guardando el sueño o la vigilia de sus respectivos amos, las cocineras encaminadas a la recova (mercado) con sus grandes canastas para proveerse del recado para el menú familiar. De San Roque -el barrio alto y el más popular- bajaban las panaderas con sus grandes canastones para entregar a su clientela la ración de pan en sus domicilios; los maridos trasnochados volvían a sus hogares después de una buena noche de juerga, con funestas consecuencias al día siguiente, todo estaba en orden, era lo habitual... Cuando el sol virginal del oriente empezaba a insinuar sus rubores y los tarijeños a desperezarse, los campesinos ya estaban en los mercados descargando sus acémilas cargadas de toda suerte de alimentos, mercancías y leña. No se estaba empezando un día cualquiera de cualquier año, éste era un día diferente, un día muy especial que quedaría marcado con gruesos caracteres en los anales de la Provincia y sus alrededores, pues, por obra y gracia del Gobierno Central como buena República Unitaria, sin esperanza de ser federal, convocó a elecciones municipales de las que Tarija, por casualidad no queda excluida, que ese día Domingo debía llevarse a cabo después de la Misa Mayor.
El Decreto de convocatoria llegó con dos meses de atraso, cosa que benefició a la región porque así en lugar de hacer el plebiscito en invierno se lo haría en la primavera, dentro de un marco florido y un ambiente perfumado.
Todos los preparativos estaban concluidos. Las ánforas depositadas en el Palacio Consistorial que era una vieja casona de dos pisos cuyo frontis daba a la plaza principal igual que el viejo cabildo donde funcionaba la Prefectura. Don Timoteo era el candidato favorito para ser Alcalde, por sus virtudes, por su dinero y por sus creencias. Era conservador, Católico Apostólico Romano y Tarijeño, todo lo contrario de su oponente que era liberal, pobre y ateo, pero Tarijeño. Así se sabía de antemano quién sería vencedor en las justas electorales de ese domingo singular. No obstante las diferencias de los dos candidatos, algo tenían en común, ambos pertenecían a ilustres familias del pueblo. Cuando doña Rosaura, dos meses antes, escuchó el bando pregonado en las cuatro esquinas de la plaza principal en un día jueves de diana, anunciando la celebración de elecciones municipales, tomó a su retoño de la mano y se fue volando a su casa para darle la primicia a su esposo don Timoteo, frustrado candidato a Alcalde de la ciudad desde hacían doce años porque los gobiernos de facto no convocaban a elecciones por considerar innecesario este precepto constitucional por lo que obviaron, nombrando a dedo a sus autoridades. Procedimiento más expeditivo para esta forma de gobierno.
Don Timoteo, mirando a su esposa dijo: ésta es la mía y vos querida serás la primera dama de la ciudad, pero ya mismo, desde éste instante empezaremos la campaña electoral. Doña Rosaura elegantemente vestida, con sus galas parisimas de tres años antes, se dedicó a visitar a sus amistades para pedirles el voto para el muy respetable, distinguido, versado y acaudalado caballero don Timoteo. Este por su parte se dedicaba a las reuniones sociales con sus amigos conservadores, en las que como anfitrión hacía todas las erogaciones, siendo a cambio, favorecido de todas las alabanzas a su inteligencia, a su probidad, su hombría de bien, sin mencionar su fortuna.
Pasaron los días y las semanas, una tras otra, a las que doña Rosaura las llenaba con trabajo febril, haciendo la campaña electoral para su marido. Cuando terminó en la ciudad se fue a sus propiedades a enseñar a sus arrenderos y peones a dibujar su firma. “Con la tenacidad de un sajón y la paciencia de un romano” logró que todos la hicieran a la perfección. Lo que acreditaba una de las exigencias constitucionales de “saber leer y escribir”. Por su parte, don Timoteo les asignó un “capital de trabajo” que les permitiera una renta de doscientos pesos anuales para satisfacer otra de las exigencias de la Carta Magna. Después de dos meses de trabajo intenso y algunos pesos locos por aquí y por allá. Llegó el domingo tan esperado en el que se definiría en las urnas quién sería el Burgomaestre de la ciudad.
Don Timoteo, endomingado con su traje de casimir inglés y manufactura nacional, cargaba unas gruesas cadenas de oro que pendían de los ojales del chaleco y remataban en un reloj Longines, se dirigía con su familia hacia la Catedral a escuchar la misa Mayor. Con el “Item Misae” empezaban los comicios. Desde las doce horas hasta las diecisiete todo el pueblo transitaba por el Palacio Consistorial, unos a votar y otros para hacer coro. Fueron cinco horas de un constante goteo de electores. Algunos sobrios, que visitaban las ánforas que serían las depositarías de la soberanía nacional.
El escrutinio dio el triunfo a don Timoteo, consagrándolo Alcalde de la ciudad con tres vocales por mayoría para los conservadores y dos por minoría para los liberales.
En la noche como de costumbre, nadie se perdió la retreta en la plaza principal, vencedores y vencidos se juntaban en la cantina de su preferencia a celebrar el triunfo o a lamentar su derrota.
La vida en el pueblo seguía igual pero con un Concejo Deliberante Constituido y un Alcalde electo. Don Timoteo celebró el triunfo en los salones de su mansión con lo más granado de sus seguidores con sus tres vocales incluidos, hizo un brindis de agradecimiento por el arduo trabajo desplegado que culminó con los 800 votos que le dieron amplia mayoría sobre sus contrincantes.
Parco como era Don Timoteo, ni tragos ni viandas lo tentaron en su fiesta de celebración por el triunfo electoral, así se levantó despejado el día lunes y muy temprano se fue al Palacio Consistorial para reunirse con el personal del municipio para luego dirigirse al Palacio de Justicia, que funcionaba en la casa que fue del Marqués de Tojo, a prestar el juramento de Ley para optar el cargo de Alcalde. Pasada la ceremonia se encaminaron al Palacio Consistorial en gran desfile donde pronunció un discurso enunciando las obras que emprendería para mejorar la vida en la ciudad.
Llenadas todas las formalidades de Ley, el mismo día lunes de primavera a las dieciocho horas don Timoteo toma el juramento de rigor a su Oficial Mayor y a su tesorero, que serían los puntales de la administración y las finanzas durante la gestión que le toca desempeñar conjuntamente con su Concejo Deliberante, que cooperó en los distintos cargos asignados con eficiencia e idoneidad. Don Timoteo celebró la primera reunión del Honorable Concejo Municipal y sentado en su respectivo curul dio la bienvenida a sus cinco Concejales, sus tres por la mayoría y los dos liberales por la minoría, felicitándolos por haber merecido la confianza de su pueblo y abrigando la esperanza de que trabajarían mancomunadamente por la ciudad, quedó clausurada la sesión.
El voto por aquellos tiempos era calificado, solamente podían votar los que sabían leer y escribir y tuvieran una renta de al menos doscientos pesos al año no provenientes como empleados domésticos. Doña Rosaura se manejó muy bien en este aspecto en la campaña electoral, sin dejar dudas de su capacidad.
Don Timoteo, era en verdad, una figura notable en el pueblo. Su fortuna provenía de la cuantiosa herencia dejada por sus progenitores que se unieron en matrimonio y riqueza por obra y gracia de los familiares. Tenía don Timoteo una hermana justificadamente solterona, que se encargaba del manejo de la casa, y un hermano menor que se fue a dilapidar su fortuna en la dulce vida de Buenos Aires, bajo el pretexto de estudiar para Contador Público y regresó de profesor de tangos y con el dejo porteño bien marcado. Una sola hija alegraba el hogar de don Timoteo y aunque su familia era reducida y su fortuna cuantiosa no faltaban obras de bien que invertir para el beneplácito de la población.
Su legítima esposa doña Rosaura, vivía recordando con nostalgia un viaje relámpago que hizo a Buenos Aires acompañando a su esposo en viaje de negocios. En toda reunión social se deleitaba doña Rosaura contando a sus amistades lo que era el teatro Colón, los café concerts, de las carreras de caballos en los Olivos, de las fiestas de la sociedad rural Argentina o de su paseo en barco hasta Montevideo. A fuer de ser repetitiva, doña Rosaura ya no concitaba la atención de su público cautivo, que más disfrutaba de los deliciosos bocadillos que hacía que de sus relatos de un solo disco y para colmo rayado.
No sabiendo cómo recuperar su auditorio, doña Rosaura decide culturizarse leyendo obras clásicas y novelas famosas, pero como no leía muy de corrido le pagaba real y medio a su cuñada para que lo hiciera en su cuenta, así ella algo aprendía y su cuñada engrosaba sus ahorros. María del Carmen, única hija de don Timoteo, era una adolescente muy agraciada, brillante, sencilla y de carácter alegre, vestía con elegancia y tenía una conversación fluida y agradable, sin apelar al relato de sus viajes. Leocadito el hermano menor de don Timoteo era su más idolatrado familiar después de su hija, era menor con veinte años de él y fue como el hijo que nunca tuvo.
Leocadito fue el mimado de su hermano mayor y su vida fue regalada. Pensando en el porvenir de Leocadito, don Timoteo lo manda a Buenos Aires, que por ese tiempo era la ciudad luz de Sur América, para que ingresara a la Escuela de Contadores Públicos.
Los pies de Leocadito nunca se encaminaron a la escuela, sin embargo, eran ágiles para ir a Olivos todos los domingos para hacer correr a su yegua Agripina, para bailar en cuanto salón se inauguraba o para asistir al teatro Colón a cautivar a alguna prima balerina, o finalmente, para asistir a cuanta fiesta de sociedad le invitaban. Popular como era en las altas esferas, las invitaciones le Movían. Con tanta ocupación ya no le quedaba tiempo para molestarse con la Escuela de Contadores Públicos.
Leocadito nació en un domingo de carnaval en medio del estrépito de las bandas de música y orquestas callejeras, razón por la cual tenía un buen oído para la música y aptitudes para el baile, así resolvió, antes de retornar al terruño, inscribirse en una escuela de tangos y milongas y en cuatro semanas le dieron un hermoso diploma acreditando su asistencia por el curso hecho. Leocadito su diploma y se decía así mismo que era un profesor de tangos y un experto en milonga. Entre las rubias y morenas, caballos y amigos, Fernet y Campari la bolsa de Leocadito se fue achicando hasta quedar tan reducida que solo atesoraba lo suficiente para un pasaje de retorno a su tierra natal.
Un domingo por la noche compró su pasaje en el ferrocarril General Manuel Belgrano hasta la Punta de rieles del ferrocarril en construcción que era Jujuy hacia la Quiaca, ciudad fronteriza con Bolivia, para seguir a lomo de mulo hasta la ciudad de Tarija.
Al ingresar Leocadito al tren con sus bártulos y chirimbolos (raquetas, patines, esquís, floretes, palos de golf, etc. , etc.) se encuentra con un compañero de viaje de nacionalidad rusa que apenas hablaba español. Largo viaje les esperaba en el que el tren les debía servir de hogar y como familiares, los demás pasajeros.
Hasta muy entrada la noche Leocadito le contó al ruso su historia de los cinco años vividos en la Argentina y sus alrededores, sin omitir sus actos de altruismo de tres meses en el leprosario de Los Negros, acompañando a sus amigos de la facultad de medicina de Buenos Aires, que fueron en misión de auxilio a contener la enfermedad que alcanzaba proporciones alarmantes, donde él había cooperado eficazmente.
En un día y dos noches pasaron la ciudad de Córdoba y a tres estaciones demoraron ocho horas mientras arreglaban la vía en una extensión de un kilómetro y medio por desprendimiento de los rieles de los durmientes. Entre tanto los pasajeros se apearon atraídos por un incitante olor a carne asada y llegaron hasta un arroyuelo bordeado de verde a cuyas orillas acampaban en tres inmensas carretas, arrieros y familiares, que llevaban un hato de ganado vacuno y caballar a las provincias del norte que se encontraban haciendo una fiesta en celebración del cumpleaños del jefe de arrieros, con asado, vino y bailes a la que con gran entusiamo se plegó Leocadito al grito de ¡lo volveremos fiesta! Y arrastró consigo a sus compañeros de viaje.
Después de varias horas de asado, vino y baile en las que Leocadito se destacaba en la chacarera, milonga y gato sin olvidar el vino tinto y las achuras a la parrilla, sonaron tres pitazos prolongados del tren llamando a su grey para que vuelva a machucarse otros tres días hasta Jujuy.
En el camarote, Leocadito y el ruso se sentaron a ver caer la tarde, los celajes rojos que se manifestaban en el horizonte, lo que movió al ruso a comentar, en su mal castellano que así eran los atardeceres siberianos solamente que allí se reflejaban a los estertores de un sol moribundo en el blanco sudario de una nieve eterna, Leocadito admirado de las figuras literarias que salían de la boca del ruso, se animó a hablarle más resueltamente diciéndoles que él se llamaba Leocadio, sus familiares le llamaban Leocadito y sus amigos simplemente Leo y usted ¿Cómo se llama? Replicó el ruso, yo soy Alejandro Miocovich, estoy viniendo a la América para estudiar las variedades de patatas que tienen aquí y poder hacer una colección ampelográfica para ver que variedades se adaptan a nuestros climas y sobretodo las que pudieran darse en la siberia... Así que usted es agrónomo? Le preguntó Leocadito. Bueno algo así... estudio las plantas y trato de mejorarlas, que den más fruto y más grandes así la gente puede comer más y mejor, sobre todo en mi país que lo necesita.
Así se fue llevando la conversación hasta que el cansancio obligó a Leocadito a subirse a su litera para quedar dormido profundamente hasta el día siguiente, arrullado por el monótono traqueteo del tren.
A la mañana siguiente don Alejandro, bajando la persiana de la ventanilla del camarote y dando paso a los agudos y tempraneros rayos del sol que van a estrellarse a los párpados de Leocadito, empieza a cantarle loas al día y le dice a su compañero de viaje: ¡levántate muchacho!, quién pierde la mañana pierde el día, quien pierde la juventud pierde la vida... Leocadito, restregándose los ojos le responde: el que va a perder la vida es usted si no sierra esa ventanilla.
El diálogo se cortó, don Alejandro prendió su pipa y se puso a leer, Leocadito siguió durmiendo y el tren siguió dando pitazos anunciando su pronto arribo a las calcinadas tierras de Santiago del Estéreo.
Al entrar a la estación el tren frenó de golpe y Leocadito fue a parar al lavamanos que don Alejandro dejó abierto y con agua, como un desagravio a su amigo, que en lugar de lavarse la cara se dio un baño de asiento, pero igualmente quedó despabilado. ¡Hombre de Dios¡ - le dijo don Alejandro- que manera de bajarte de la cama... ahora lávate la cara y vamos a desayunar- que yo invito.
Don Alejandro y Leocadito paseaban por el andén de la estación, sirviéndose de todo lo que les ofrecían las lugareñas, desde anticuchos hasta “panchos” con salsa de cebolla y tomate (perros calientes criollos), asentando todo con jugo de sandía.
Los pitazos del tren entran en ebullición y no les queda más remedio a don Alejandro y a Leocadito que embarcarse para llegar en la noche a la última estación, que era la punta de rieles al lado de un pueblito llamado Jujuy, capital de una provincia del norte argentino del mismo nombre, que después adquiriría gran importancia económica entre las Provincias del Plata. Con el último pitazo el tren se pone en marcha y a lo largo de varias estaciones, nuestros protagonistas se van alimentando con los platos del lugar sobre la ciudad natal de Leocadito, su tranquilidad, su campiña y sobre todo sus papas que don Timoteo las cultivaba en gran escala y variedad. Esto último le agradó escuchar a don Alejandro y mentalmente se iba preparando para encaminarse a Tarija.
Con una luna grande en el horizonte, el tren se abría paso entre los cañaverales - a partir de su última parada que era la estación General Güemes - hasta ingresar en la estación de Jujuy en la que el pueblo se concita para esperar a sus allegados o simplemente para disfrutar del ambiente, que se forma en las llegadas del tren.
Una banda de música deja escuchar sus marchas, sus valses para derivar luego en gatos, malambos y zambas. Las vendedoras de comida venden sus empanadas fritas a manos llenas y el vino se escancia sin mas medida que las existencias de los cantineros furtivos. Es una fiesta en la que se baila, se come, se bebe y se canta con gran entusiasmo.
Los arrieros caminan por la estación averiguando por el destino final de los pasajeros que arribaron en el tren, Leocadito a su vez, con don Alejandro por atrás pegado como cataplasma, iba buscando entre los campamentos de los arrieros instalados al lado de la vía férrea, cuales eran de Tarija. No tardó mucho Leocadito en dar con don Juan Vega Ajalla que era jefe de arrieros de la recua de los Navajas y don José Artunduaga, jefe de arrieros de la Casa Trigo Hnos., que regularmente viajaban a Jujuy a recoger mercadería para ambas firmas comerciales. Muy conocido Leocadito por estos arrieros hechos y derechos, se hospedaron en la tienda de don José Artunduaga, quién los trató con mucha solicitud y afecto pues había sido ahijado de matrimonio de don Timoteo, vínculo espiritual más fuerte que el sanguíneo en esta gente de campo, así que de inmediato don José mandó a su gente a hacer una fogata para calentarse y poner carne en el asador. Al campamento de don José se apegaron los otros arrieros de la caravana tarijeña a calentarse alrededor de la gran fogata tomar yerba mate en poro y con bombilla, a comer asado con pan y vino y finalmente a guitarrear y contar cuentos y aventuras, todo por su orden.
Don Alejandro Miocovich se sentía, compartiendo con esa gente sencilla, alegre y con gran sentido del humor. A través de la conversación iba acumulando datos interesantes para sus fines y propósitos que afirmaban su idea de viajar primero a Tarija y luego decidir a donde dirigirse para continuar sus estudios ampelográficos de la patata. Entrada la noche todos se fueron a sus tiendas a dormir. Al día siguiente muy temprano don Juan Vega empezó a dar órdenes a su gente, poco menos que a gritos. Le tomó todo el día retirar la carga del ferrocarril, intervención de la aduana, recibir la documentación del encargado de la firma y luego preparar la carga de acuerdo a la capacidad y habilidad de las mulas para la carga pesada, que todo lo demás podía ir en burros.
Pero he ahí que se le presentan dos problemas a don José Vega Ajalla: el Despachador de Aduanas y el Almacenero de los ferrocarriles, lo notifican que debía llevar un piano y una fuente de agua que venía desde Italia, el piano estaba consignado a la firma y la fuente simplemente manifestaba "Bolivia" pero con seguridad era para Tarija, así que debía retirarlas de inmediato de los depósitos del ferrocarril.
Don José rascándose la cabeza nuevamente empezó a dar órdenes para sacar piano y fuente de los depósitos
Después de larga espera ve llegar una carreta cargada hasta el tope con el piano y la fuente ¡diablos!... exclamó don José, que se traen entre manos? entre manos nada don José, todo viene en la carreta, es un piano de cola y una fuente de agua para alguna plazuela, le respondió Celestino, su ayuda de campo, y ahora ¿cómo llevaremos estos mamotretos don José? No sé nada de nada, ya veremos... Les tomó dos días desarmar la fuente de agua y encajonar pernos, tornillos, y cañerías, reduciendo todo a más o menos dieciocho bultos mientras que el piano ya venía en cinco cajones a cuál más grande.
Muy temprano empezó la faena de cargar la recua. Don José vega dirigía el operativo en medio de una multitud de trabajadores, luego de cargar veinte animales estos salían con sus respectivos arrieros, hasta cargar el piano y la fuente de agua en mulas pianeras, que eran animales entrenados para éste transporte, que soportaban el peso de la carga con aparejos y bastidores especiales.
Paralelamente se cargaron los burros, con cinco arrieros para cada cincuenta animales. A las doce del día salía don José acompañado de don Alejandro y Leocadito con el último lote de animales con el que pasaban de trescientos cincuenta entre burros, mulas y caballos.
El tiempo para llegar a Tarija estaba calculado en ocho días, siendo el primer descanso en Tilcara, luego Humaguaca, Abra Pampa, Cieneguillas Llanalpa, Quebrada Honda, Iscayachi y por fin Tarija. Don Alejandro fue observando la altiplanicie Tarijeña, probando en las pascanas las distintas variedades de papas, llevándose algunas en sus alforjas, no sin antes ponerles un rótulo. Desde la cumbre de Sama Leocadito da gritos de alegría porque divisa en la profundidad del valle las calles que delineaban la ciudad como cuatro hilos paralelos sosteniendo una telaraña rodeada de un río azul ribeteando de verde y el blanco de la playa, ¡es Tarija, no hay duda, es Tarija¡ exclamaba entusiasta, ¡don Alejandro, don Alejandro! Mire abajo ahí está ¡Tarija!... don Alejandro mire como se va aclarando en la medida que bajamos... La alegría de Leocadito empieza a contagiar a don Alejandro que de pronto se pone a cantar una canción cosaca con el sentimiento de quien estuviera regresando a su propia tierra. La punta de la recua ya había llegado a la ciudad, depositando su carga en los almacenes de las firmas y luego, a su turno, conducida a los tapiales para alimentarla. Leocadito y don Alejandro se despiden de don José Vega Ajalla, repitiendo sus agradecimientos y la promesa de visitarlo en sus pagos. Instalado don Alejandro en una casa de pensión, Leocadito se fue a su casa, ubicada en la calle principal.
La sorpresa fue grande para la familia, don Timoteo sacó los mejores licores y después de una suculenta cena, charlaron hasta la medianoche, hora en que tanto don Timoteo como Leo se fueron a dormir con el compromiso de seguir hablando al día siguiente.
En la casa de don Timoteo todos estaban sentados en la mesa desayunándose con un despliegue impresionante de platos y platillos, frutas, café o chocolate con leche. En tan largo deglutir de viandas y golosinas, Don Timoteo tuvo tiempo de conseguir todas las respuestas a sus interrogantes por parte de Leocadito, que le contó toda su vida en Buenos Aires y su viaje hasta Tarija en compañía de don Alejandro. Don Timoteo se puso de pie diciendo; nos veremos a la hora de almuerzo (segunda comida del día) salió con el ceño fruncido en dirección a la Alcaldía.
La preocupación que afligía a don Timoteo era la situación de su querido hermano. Sin profesión ni fortuna que sería de su vida?, en fin, ya pensaría que hacer con Leocadito.
Las actividades del ayuntamiento tarijeño se desarrollaban con viento a favor. El Concejal encargado del urbanismo de la ciudad se anotició de la caravana que llegó días atrás desde Jujuy que había traído una fuente de agua al parecer muy linda, sin destino, sin consignatario ni remitente, el rótulo que llevaban impresos los cajones, simplemente decían “BOLIVIA –SUD AMERICA" y nadie podía dar razón de cómo vino la fuente a parar a Tarija. Sólo había una cosa cierta y era que la fuente estaba en Tarija. Con este único antecedente el Concejal de Urbanismo dio por sentado que se trataba de un donativo anónimo. Sin importarle más el Concejal se fue a la firma comercial que había transportado los cajones conteniendo la fuente. Firmó un documento de entrega y conformidad y luego de la cobranza del flete se llevó la fuente en dos etapas hasta los depósitos del Municipio, llamados la “Posta Municipal”. Hecho esto se fue pletórico de entusiasmo a informarle al Sr. Alcalde sobre el gran hallazgo que adornará la Plaza Principal.
Alcalde y Concejal, ambos conservadores, se fueron hasta la Posta a ver la joya que pondría furiosos a los liberales que hasta ese momento poco habían hecho en el Concejo. Miró el Alcalde la fuente desarmada y se regocijó con los angelitos que le daban la vuelta en la parte superior.
Me parece precioso dijo don Timoteo, pero con que agua se va a alimentar la fuente?... Si el agua que consume el pueblo se la lleva del río a través del servicio de los aguateros.
Se le pasó el entusiasmo a don Alberto, Concejal del urbanismo, que ya había hecho la ilusión de estrenar (No se llamaba “inaugurar" en esos tiempos) la fuente en el centro de la plaza principal en Efemérides Departamental. No había pensado en eso Timoteo, le dijo don Alberto en lenguaje familiar, no podremos hacer una caja de agua en La Loma de San Juan?... se podría Alberto pero quién la construirá?... No te preocupes Timoteo, yo me encargo de conseguir la persona y vos te encargas de conseguir el dinero, de acuerdo?, te doy mi palabra Alberto, pero no faltes a la reunión del concejo mañana a las cinco.
Esa noche don Alberto tuvo mucho de que preocuparse pero en cuanto su mujer le dio una tregua de sus ronquidos, aprovechó la pausa para dormirse y preocuparse al día siguiente. En la mañana bien temprano el Concejal de Urbanismo, antes de hacer su gira habitual por parques, jardines, calles y plazas, se fue a la recova (mercado) a desayunarse con mazamorra de maíz morado y buñuelos, al ingresar a uno de los comedores populares oye su nombre a gritos pero con respeto, don Alberto! Vengase a mi mesa aquí desayunaremos juntos, era Leocadito que después de una noche de fiesta, pletórica de bailes y vino, venía a desayunarse con un buen picante y aloja de cebada para sacarse la resaca de encima. Que tal Leocadito cuando llegaste? Ya hace diez días don Alberto, y piensas quedarte aquí? Y así siguió una intranscendente conversación hasta que don Alberto le contó el proyecto de la captación de agua para poner en funcionamiento la fuente que se instalaría en la plaza. Leocadito le dijo a don Alberto que era una gran idea, que él la había visto en Jujuy cuando la cargaban, acompañado de un científico ruso que vino con él hasta Tarija. Cómo se llama ese señor? Le preguntó don Alberto, se llama Alejandro Miocovich y parece ser un científico muy competente, creo que viene a hacer algunos estudios sobre la papa. Hombre que bueno, necesito hablar con él para ver si quisiera trabajar para el municipio, donde lo puedo encontrar?, hasta mañana va a estar en el hotel Pacífico, después se va a trasladar al tapial de los Ruiz Lenz donde aparte de la huerta tiene dos cuartos, cocina y corral y va a estar ocupado hasta instalarse, pero si usted quiere yo le puedo adelantar algo y concertar una entrevista para que puedan conversar. Bien Leocadito, hazme el favor y me avisas y ahora vamos a caminar un poco. Don Alberto paga la cuenta de los dos y se van caminando hacia la plaza principal.
Las actividades en el municipio de Tarija seguían con viento a favor.
En cuatro o cinco reuniones del Honorable Concejo Deliberante, don Timoteo logra elaborar un plan de gobierno comunal que contemplaba cuatro aspectos básicos: Urbanismo, Aprovisionamiento, Finanzas, Salud y Educación. Se diría que don Timoteo fue el inventor del "desarrollo", por el que hoy, si no se cae en la dependencia absoluta se cae en la deuda externa, cosa que al flamante Alcalde no le ocurriría porque sabía manejar los fondos del municipio, aumentando muchas veces con los de su propio bolsillo. Pasan seis meses de gobierno comunal en los que la vida tarijeña transcurre feliz, muy feliz. La primera guerra mundial concluye con el Tratado de Paz de Versalles, del que nadie se percata en Tarija porque la “bella época" no se interrumpió con la beligerancia de las naciones europeas con participación norteamericana.
Ese viernes en la tarde a horas 5:00 PM. Se inicia la reunión convocada por el H. Alcalde quien la inaugura y pone sobre el tapete el orden del día, después de un breve informe sobre los avances obtenidos en los primeros seis meses de gestión. Acto seguido por turno cedió la palabra a los H. Munícipes.
Don Alberto, encargando del urbanismo, pidió la palabra e informó sobre sus trabajos en parques, jardines y calzadas sin omitir los adelantos en la instalación de la fuente de agua en la plaza principal, empezando con la construcción de la toma de agua en el Rincón de la Victoria para ser llevada a la caja de agua, instalada en la Loma de San Juan (parte alta de la ciudad) a través de una cañería de cuatro pulgadas de diámetro para tener un caudal suficiente para la fuente de la plaza y para surtidores en todos los parques en los distintos barrios, para proveer a la población del líquido elemento. Todo esto, señor Alcalde, se está haciendo gracias a la cooperación de don Alejandro Miocovich que es un científico ruso llegado a estos lugares con la misma recua que trajo la fuente, es todo lo que puedo informar a este Honorable Concejo, señor Alcalde. Le agradezco a don Alberto por el informe y me complazco que los trabajos avancen sin novedad de acuerdo a lo previsto. En realidad, continuo don Timoteo, este fue un Concejo convocado por el Honorable Concejal encargado de la salud y de la educación por lo que me permito ceder la palabra al muy honorable don Marcio para que nos exponga los problemas que confronta o afligen al vecindario... gracias señor Alcalde, Ud. verá en mi recorrido por todo el pueblo y sus alrededores, desde las Pilastras hasta la quebrada del Monte y desde las pampas de la tablada hasta Gamoneda, quiero decir, Honorables Concejales, que he visto el problema de Norte a Sur y de este a oeste y con gran sorpresa he visto la magnitud del flagelo que aqueja a la población, levantando la voz en tono de desesperación grita ¡LA LEPRA!... señores ¡LA LEPRAAAA!... es impresionante la cantidad de leprosos que hay en la ciudad, viven hacinados en cuevas en los recodos de las quebradas secas y cada día aumentan en número porque se vienen del campo escapando de la persecución de sus vecinos que temen su contagio. Es horrenda la situación, hay más de cien leprosos de acuerdo a un censo aproximado que he levantado sin contar los recluidos en el hospital San Juan de Dios. Lo grave señores es que los leprosos vienen a la ciudad a pedir comida y limosna y por el contagio que ello pueda implicar, la enfermedad cundiría
Esta es la amarga realidad, señor alcalde y hay que buscar una solución. La discusión quedó abierta y todos los concejales a su turno emitían opiniones diversas, como diversas eran sus opiniones: los unos opinaban que este tema había que tratarlo con urgencia, los otros que había que estudiar el problema para encontrar adecuada solución y aplicarla, etc. etc., hasta que don Alberto opinó que hay que buscar a los que saben el problema y como los que saben son los médicos y no habiendo ninguno en la ciudad, ni siquiera a mil leguas a la redonda había que empezar por conseguir uno, no obstante, se podía hablar con el ya mencionado científico ruso don Alejandro Miocovich para pedirle algún Concejo, una idea o una solución. Así, fue encomendado don Alberto para hablar con don Alejandro e invitarlo a una nueva reunión de Concejo, mientras tanto los Concejales debían estudiar otras alternativas y acciones a tomar de inmediato. Se suspendió la reunión quedando notificados los Concejales a la reunión del día lunes a la misma hora con la presencia del científico ruso que sería invitado por don Alberto.
Todos los Concejales abandonaron el municipio y en corporación se encaminaron al Club Social a jugar su partida de Chaquete y hacer comentarios sobre lo tratado en la reunión. Don Alberto que sólo juega de mirón, en lugar de ir al Club Social, se fue a su casa y el sábado temprano se fue al tapial que ocupa don Alejandro para invitarlo a la reunión del día lunes. Le explicó lo tratado en la reunión en todos sus detalles y lo invitó a una fiesta de cumpleaños para presentarle a sus amigos, que después serían amigos comunes. El día lunes a la hora señalada el Honorable Concejo Municipal estaba reunido y el Alcalde que era presidente nato del cuerpo Deliberante, pidió al Concejal don Alberto que hiciera pasar al invitado señor Alejandro Miocovich, así se hizo, luego don Alberto ingresa al recinto acompañado de don Alejandro, le invita a tomar asiento y con breves palabras introductoras presenta a don Alejandro Miocovich a todos los Concejales. Don Timoteo expone el grave problema que se conforma en la ciudad y que abarca a muchas provincias del Departamento y pone de manifiesto que no habiendo médicos en todo el distrito apelaban a la sapiencia de tan ilustre visitante para que les diera luces que vislumbrara alguna solución al terrible problema de la lepra. Don Alejandro, vestido con sus mejores galas y sus grandes mostachos bien ordenados, después de aclarar hasta donde pudo su ronca voz, dijo, ¡Señores! En verdad el problema es grave, yo mismo he visto deambular por las calles a innumerables enfermos con el mal de Hansen. La Lepra señores, es una enfermedad tan antigua como la Biblia, y según sé, Lázaro murió de esta enfermedad y Jesucristo lo resucitó llamándose desde entonces a esta enfermedad el “mal de Lázaro”. A través de los tiempos le lepra fue la enfermedad más espantosa y temida y sus víctimas las más perseguidas y vilipendiadas, porque de acuerdo a las creencias de las distintas culturas las personas que contraían la enfermedad eran espiritualmente sucias y debían ser apartadas de la sociedad. En los tiempos modernos todavía subsisten resabios de esas creencias míticas y la gente no puede entender que la lepra es una enfermedad como cualquiera, apenas contagiosa en algunos casos y no es fatal. La lepra es causada por una bacteria llamada Mvcobacterium leprae muy cercano al bacilo de la tuberculosis.
La bacteria de la lepra fue identificada en el año 1874 por un médico noruego llamado Armeur Hansen, de ahí que la lepra fue rebautizada con el nombre del “mal de Hansen" nombre científico con que se la conoce en nuestros días. La infección se desarrolla muy lentamente, de seis meses las más virulentas hasta diez años y hay casos que han tardado veinte años en manifestarse. Los niños son más susceptibles de contagiarse que los adultos. Este bacilo en su forma más benigna se mete en las células bajo la piel y desde allí empieza su trabajo erosivo sin profundizar en el organismo, allí se radica y ataca a los folículos, glándulas sudoríparas y los nervios terminales, el enfermo pierde sensibilidad, no siente el fuego ni las quemaduras, tampoco heridas punzantes o cortantes, la piel empieza a cambiar de color y a erosionarse. Por eso a estos leprosos hay que cuidarlos con vendajes en pies y manos para evitarles heridas que no sienten y que una vez hecha la infección cunde con virulencias que pueden llegan a la mutilación de sus miembros, sencillamente se les caen sin dolor. En la segunda forma de lepra, y que es la más contagiosa llamada lepramatosis, el organismo no puede rechazar al Mycobacilium y estos se desarrollan libremente y en la piel aparecen grandes manchas y nódulos en la cara, nariz y garganta y en casos extremos la voz cambia drásticamente, puede ocurrir la ceguera y la nariz puede ser destruida. Infortunadamente no hay una cura radical para este mal en el momento, la única solución es recluir a los enfermos en un leprosario, mantener permanentemente limpieza e higienizar a los enfermos con los desinfectantes hoy conocidos, para que los enfermos no empeoren y para que no puedan contagiar al resto de la población. Por otra parte, hay que hacer una campaña de limpieza en la ciudad y eliminar todo foco de infección para evitar contagios, no solamente de este mal sino de otros que pudieran aparecer. Caballeros, eso es todo lo que puedo decirles y aconsejar, si en algo pudiera ser útil estoy a la entera disposición de las autoridades, y ahora con el permiso de Uds. me retiro para dejarlos deliberar. Una vez que don Alejandro se hubiera ido, todos los concejales se miraban unos a otros y todos a coro dijeron: “este gringo sabe”... y luego de otros tantos comentarios y consideraciones domésticas, don Timoteo puso orden en la sala y encausó las deliberaciones. Señores Concejales, dijo en voz alta don Timoteo, ya lo escucharon al gringo, digo al señor Miocovich, corrigió, lo importante es aislar a los enfermos y sobre este tema que podemos hacer?... después de algunos minutos de silencio las pelambres de los viejos magistrados empezaron a funcionar a tope hasta que don Marcio rompe el silencio aportando una primera idea que era la construcción de un leprosario, don Timoteo pregunta dónde... bueno... este... podríamos buscar algún terreno urbano para construirlo.
Don Alberto, concejal de urbanismo, se opone... eso no puede ser señor Alcalde, un leprosario tiene que estar lejos de la ciudad, en Guerrahuaico o Turumayo, tenemos propiedades rústicas del municipio, allí podemos edificar sin problemas porque tenemos agua de un arroyo que baja del cerro y el ambiente es propicio para la salud de los recluidos en un gran espacio verde. Todo es favorable para este fin, allí hubo un leprosario que ya no existe pero queda el terreno. Analizadas las palabras de don Alberto, todos los concejales, incluidos los liberales se miraron y a coro exclamaron ¡¡ APROBADO!! El tema que ahora se ponía en consideración era el más grave: FINANCIAMIENTO, conque? Pregunta don Timoteo, informe el Tesorero sobre las probabilidades del presupuesto. Don Juan de Dios, se estira en su curul cuan largo era y a manera de desperezarse, estira los brazos lateralmente no sin antes haber rozado las napias de sus vecinos, exclamó con voz ronca: jujujuuuu no hay ni medio señor Alcalde, no tenemos ni para pagar los sueldos :tal vez después de vender la corambre podamos disponer para empezar las obras, después... veremos que podernos hacer... todo queda en silencio hasta que don Pilincho, concejal liberal dice: señores hay que pedir al gobierno central que nos financie la obra, el Tesorero le replica, nunca le hemos podido sacar nada para nada , olvídese don Pilincho de pedir peras al olmo. Orden señores, este tema del dinero lo discutiremos después, mientras tanto he decidido contratar al señor Alejandro Miocovich como ingeniero y asesor municipal para que nos aconseje y dirija las obras, están de acuerdo? Todos a coro APROBADO, se suspende la reunión y todos al Club Social a jugar chaquete, incluido don Alberto que era un prodigio para eludir compromisos que lo involucren en la cuenta y en la propina.
Después de una semana en la que cada concejal se dedica a tiempo completo a sus específicas labores, el Alcalde convoca a Reunión para dar posesión como Ingeniero y Consejero Municipal a don Alejandro Miocovich. En el acto don Timoteo toma la palabra para decir: Señores Concejales, en el país de los ciegos el tuerto es rey, por eso y en atención a las numerosas obras y proyectos que tenemos en mente, con la aprobación de este Honorable Concejo doy posesión al señor Alejandro Miocovich que viniendo de una nación europea conoce mejor que nosotros los problemas y las soluciones que se dieron en las distintas ciudades y pueblos por donde ha trajinado. Su instinto de observación y las esferas técnicas y científicas por las que ha transitado, le dan la capacidad suficiente para asesorar al Municipio, a todos ustedes, en las labores que nos toca desarrollar. Somos un pueblo chico, lo sabemos, pero los problemas exceden su tamaño. Hasta ahora hemos vivido en un estado de naturaleza paradisíaco porque no nos hemos dado cuenta que vivimos en una sociedad en la que cada individuo, cada familia soluciona sus problemas a su leal saber y entender sin preocuparse si las soluciones que lo favorecen no perjudican a sus vecinos o al resto de la comunidad. Vivimos en sociedad, señores, pero somos individualistas por excelencia, cada cual hacen las cosas que le favorecen a él y únicamente a él sin pensar en sus congéneres. Si el esfuerzo de cada uno sirviera a los demás, mejor servirían a todos, once mil esfuerzos para los once mil ciudadanos que vivimos en esta tierra, anquilosados por una vida regalada, sin pensar en el futuro, en los hijos que llegan cada año, en las enfermedades y las plagas que hay que prevenir en el ámbito citadino como en el rural que puede afectarles en cualquier instante y en cualquier lugar. Si señores, constituimos una sociedad eufórica y alegre, ávida de placer e inmune al dolor ajeno. ¡hay de que la naturaleza se encolerice por tanto ofenderla, vilipendiarla y desnudarla sin compasión, sin tregua y hasta con saña!, y llegue el día en que la naturaleza nos devuelva el mal enviándonos sus maldiciones y su castigo en forma de plagas, de epidemias, de riadas, de sequía, en fin, las siete plagas que azotó Egipto, entonces señores, la alegría se habrá esfumado de nuestros rostros, las lágrimas y el dolor habrán sustituido a los placeres, y el pesimismo y la desesperanza habrán sustituido a la euforia.


