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“Chicharra”, el personaje detrás del vendedor de empanadas

El Colegio Nacional San Luis, el Colegio Aniceto Arce, la iglesia Catedral, los diferentes campos deportivos de la ciudad, la García Agreda y el Estadio IV Centenario fueron los puntos de venta de “Chicharra” desde sus inicios.

Sociedad y Seguridad
  • Arturo Fernández
  • 17/07/2016 04:00
“Chicharra”, el personaje detrás del vendedor de empanadas
“Chicharra”, el personaje detrás del vendedor de empanadas

Eran las diez de la mañana, transcurrían los últimos años de la década de los 90. Los alumnos del Colegio Nacional San Luis se encontraban pasando clases y como era usual, cuando el hambre podía más que la concentración, uno que otro sacaba la cabeza por la ventana de una de las aulas.

Inmediatamente después, como por inercia, subía una empanada por los aires y el hambriento estudiante, que esperaba ansioso su pedido en la ventana, calculaba y atrapaba la empanada. Era muy normal ver esta escena todas las mañanas en la época cuando “Chicharra” vendía sus empanadas en las afueras del colegio centenario.

El nombre de “Chicharra” es José Ricardo Alfaro Zapata, tiene 66 años de edad y desde que pisó tierra tarijeña empezó a vender sus empanadas en diferentes arterias de la ciudad, lo hizo caminando por las calles con un cajón de madera en sus brazos, lleno de empanadas, protegidas por manteles blancos. Su apodo se debe a las empanadas que vendía, pues éstas eran conocidas como “chicharras”.

El Colegio Nacional San Luis, el Colegio Aniceto Arce, la iglesia Catedral, los diferentes campos deportivos de la ciudad, la García Agreda y el Estadio IV Centenario eran los puntos de venta de “Chicharra” desde sus inicios. En esta actividad conoció a mucha gente y poco a poco se fue convirtiendo en un personaje de la capital chapaca.José no es tarijeño, tampoco boliviano, él nació en Perú y llegó al sur del país por azares de la vida. Siendo el penúltimo de 14 hermanos, tuvo que dejar a su familia a la edad de 13 años, esto debido a que era maltratado en su hogar.

Luego de esto trabajó en las calles y así llegó a emplearse en el circo “Connie”, donde trabajó de cuidador y vendiendo entradas.Con ese circo hizo su primer viaje a Bolivia, y según recuerda, era “linda” la vida circense, debido a que viajaba, le pagaban bien, conocía gente y se divertía. Con la experiencia y roce en el ámbito, llegó a otros dos circos más: “El Panamericano” y “8 Hermanos Balderrama”, en éstos trabajó de payaso, pero además hizo otras giras por Bolivia. Sin embargo, fue con el circo “8 Hermanos Balderrama” -el último en el que trabajó- con el que hizo su última gira hasta Bolivia.

“Las cosas ya no fueron bien”, cuenta y revela que el espectáculo se desarmó y por ello, junto a un amigo, decidieron hacer maletas rumbo a Chuquisaca. Sucre fue la primera parada de José, que al no acostumbrarse al estilo de vida de la ciudad colonial, recordó que por el sur de Bolivia las cosas eran mejores, por lo que emprendió camino a Tarija cuando estaba cerca de cumplir  sus 18 años.Una vez en la capital de la sonrisa, uno de sus amigos que vendía golosinas y que lo conoció en una de sus giras con los circos, lo reconoció y le preguntó el motivo de su visita. “Le comenté que necesitaba trabajo y me llevó donde las empanadas chicharras, donde yo aprendí a trabajar”, recuerda.

Así, José consiguió su primer y único trabajo en Tarija, pues la propietaria del negocio le abrió las puertas de su casa, le dio techo, comida y una remuneración por porcentajes,  cuyo monto dependía de la venta de las empanadas por día.

Reclutado en el Ejército

Recuerda que era un trabajo que le gustaba, además podía vender todas las empanadas. Sin embargo, al año de estar en ese ritmo de vida, llegaron  los del Ejército a reclutar jóvenes y se enlistó en el servicio militar. Estuvo cuatro años destinado a una guarnición del Chaco boliviano, y según recuerda era la época de las guerrillas, incluso asegura que llegó a conocer al “Che” en la zona de Río Grande y Río Seco. “Era un tipo muy bueno”, dice.

Trabajó como payaso en el circo, recorrió varios países y llegó a Bolivia

Luego de cuatro años de servicio militar y de haberse graduado decidió volver a Tarija, así llegó nuevamente a su fuente de trabajo y hogar, la casa de la señora Benigna. De ella recuerda que era buena y que daba el mismo trato a otras 12 personas, pues tenía una sala grande en la que los cobijaba. Cuenta que hubo un tiempo en el que llegaron a ser 26 los vendedores.

“Nosotros para ayudar sabíamos levantarnos a las cuatro, cuatro y media de la mañana, luego salíamos todos juntos. Unos estiraban la masa, otros sabían llenar las empanadas”, recuerda.De esta manera, con el pasar de los años José aprendió el oficio, pero siempre se dedicaba sólo a vender. “Mi ruta era el mercado La Paz, había una cancha donde ahora es el Comando Policial, ahí llegaban los circos y como me conocían me compraban. Después, cerca de las 11.00 me iba por el río, por donde es el puente San Martín hasta lo que es el puente Bolívar, pura gente que salía a lavar ropa me compraba”, relata, recordando sus primeras rutas.

La caída en el alcohol

Chicharra en la ciudad

El peruano se convirtió en un hijo más de la chura Tarija

Cuenta que cuando iba a cumplir 30 años conoció a María y se casó con ella. Ése fue el motivo para que José salga de la casa de Benigna y forme una familia. Tuvieron siete hijos, tres mujeres y cuatro varones, sin embargo, su matrimonio no duró mucho tiempo (10 años), pues su mujer lo dejó con sus hijos debido a que conoció a otro hombre.“A mí me dijo una señora que mi mujer estaba andando mal, no le creí hasta que un día ella me llevó en un auto hasta donde estaba mi mujer. Recuerdo que incluso pagó el taxi y me mostró a mi mujer con mi mejor amigo”, afirma. Con gran dolor relata que después de eso, él se fue a su casa, esperó a su mujer y cuando ella llegó le dio una indirecta diciéndole que ya conocía de su engaño, “ella salió de la casa y no volvió hasta ahora”, dice.

El golpe  fue tan duro para Chicharra, que admite que hubo un momento de su vida en el que se dedicó al alcohol. “Vos sabes, los amigos nunca faltan y me esperaban todas las tardes, no respetaba ni las empanadas ni el cajón”, recuerda al decir que incluso si no terminaba de venderlas, las repartía entre sus amigos y luego, para que no se den cuenta en su trabajo, reponía el dinero de su bolsillo.

Tanto se dedicó en ese entonces a la bebida que incluso le quitaron a sus tres hijas y las llevaron a un albergue para niñas, mientras que sus hijos varones se quedaron con él. Empero, por cómo había quedado la familia, sus hijos se vieron obligados a salir también a trabajar y terminaron en la misma fuente de empleo que su padre. Él dice que el trabajo de sus hijos era para ellos mismos, pues con su dinero se compraban ropa y cosas que querían. “Nunca les quité nada”, asegura.

Relata que un día cuando se recogía de madrugada de una de sus farras, caminaba a pie y el doctor Torrico, uno de sus clientes que siempre le compraba empanadas, lo encontró en mal estado, quiso llevarlo hasta su casa, pero José se rehusó. Pese a esto, el galeno lo siguió con su automóvil hasta su casa y cuando se detuvieron le dijo “Estás yendo por mal camino, debes dejar a esos tus amigos que no te hacen nada bien”.Esas palabras calaron hondo en Chicharra y desde ese día dejó el mal hábito y retornó a su vida normal.

Empresario independiente

Chicharra en el Estadio IV Centenario

Su negocio fue afectado por la pandemia del Covid-19

Pasó mucho tiempo de esto, sus hijas retornaron “grandecitas” cuando José ya había decidido independizarse. De esta manera, comenzó su propio negocio, hacía sus propias empanadas y junto a sus hijos salía a vender. Elaboraba las empanadas clásicas de la mañana, pero también las de queso, que las vendía por la tarde. Como ya era conocido sus clientes acudían a él. Esto generó un roce con quien lo recibió en su arribo a Tarija.Sin embargo, con el tiempo, el negocio no marchó bien, había aparecido más competencia y las empanadas de la mañana no se vendían, mientras que las de la tarde sí.

Así, decidió dejar el negocio en la mañana y continuar elaborando las empanadas de queso para la tarde, empero decidió regresar a su primera fuente laboral para vender esas empanadas.Recuerda que en ese tiempo ese negocio estaba igual mal, hizo las paces con la señora Benigna y así ayudó a levantar algo su fuente de empleo. Estuvo ahí hasta que Benigna falleció. Tras esto, volvió a ser un microempresario independiente.

Él ahora vive sólo con su hijo mayor, el segundo aprendió tanto el oficio que tiene un trabajo fijo en un céntrico local de Tarija, y el tercero logró estudiar y salir profesional. Sus hijas se casaron y formaron su  propia familia. Pese a eso, dice que todas las mañanas una de ellas va a su casa a cocinar el almuerzo y al mediodía se reúnen casi todos en una mesa para comer.

Aunque por ahora está en pausa debido a la pandemia, su negocio de las empanadas  continúa en pie. “En un día normal (antes de la pandemia) preparo la masa al medio día, formó las empanadas, las dejo reposar mientras almuerzo, luego a las dos las pongo en el horno y a las cuatro salgo rumbo al Estadio IV Centenario. Espero que salgan los que entrenan hasta las cinco y de ahí me voy a la García Agreda”, finaliza.

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