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Tres Tristes Críticos

“Frankenstein”, la herida que no muere

Del Toro otra vez nos comparte algo que parece ser su convicción profunda: el verdadero monstruo siempre nace del abandono, de la incapacidad de amar, de la mirada que juzga y no perdona

Ecos de Tarija
  • Susana Bejarano
  • 23/11/2025 00:43
“Frankenstein”, la herida que no muere
Guillermo del Toro junto al actor Oscar Isaac

Mary Shelley escribió “Frankenstein” en 1818, en medio de una Europa que oscilaba entre la exaltación del progreso científico y la melancolía del Romanticismo. La electricidad sirvió para todo tipo experimentos, incluso para “devolver la vida”… o por lo menos excitaba pensar que podría ser así. El siglo que comenzaba convertiría la ciencia en la nueva fe del mundo.

En este escenario, Shelley, visionaria, concibió una advertencia moral inscrita en lo que hoy conocemos como bioética: una pregunta sobre los límites de la creación y la responsabilidad de los creadores.

Guillermo del Toro retoma esa pregunta y la lleva a su territorio filmográfico. En sus dos películas más importantes, “El laberinto del fauno” (2006) y “La forma del agua” (2017), este director había insistido en el gesto de invertir el lugar del monstruo y el del humano. En “Frankenstein”, esa tendencia alcanza su culminación. Para Del Toro la criatura es un ser “estremecedoramente bello, una forma de otro mundo”.

Por eso el cineasta encuentra en el “mito universal” de Frankenstein la película “que está llamado a hacer”. También nos advierte que “no es una película de terror, sino una historia increíblemente emocional”. Y sin duda lo es, quizá incluso demasiado.

La perspectiva de la narración se divide entre la del doctor Víctor Frankenstein (Oscar Isaac) y la de la criatura (interpretada por Jacob Elordi): dos versiones de una misma historia. Del Toro cree que solo conociéndolas el espectador podrá comprender lo ocurrido.

La biografía de Víctor, inventada por Del Toro, está marcada por la indiferencia del padre, la muerte temprana de la madre, el resentimiento con el padre por no salvarla y por volcar su afecto exclusivamente hacia el hermano… este es el verdadero laboratorio en el que se concibe la criatura. Víctor no está empeñado en conseguir la gloria científica; lo que en realidad persigue es la reparación de la herida de origen: conseguir la atención del padre, ser capaz de lo que su padre (“el mejor médico”) no pudo cuando atendió su madre y fracasó en salvarla. Víctor no busca el respeto o la fortuna, sino demostrarle a su padre muerto que él es brillante al punto de ser capaz de equipararse a Dios y vencer a la muerte.

La criatura, por su parte, narra la otra cara del drama: es el hijo no reconocido, el ser que despierta sin un nombre, sin un abrazo, sin ningún tipo de afecto. Se trata de un monstruo muy humano, incluso “bello” (construido con los mejores retazos de los cuerpos muertos), pero definitivamente desamparado.

El Frankenstein de Del Toro, como los niños vulnerados de “El laberinto del fauno”, encarna la inocencia vulnerada por una sociedad violenta que castiga a priori lo que no es igual, lo que no conoce ni comprende. Aquí Del Toro hace eco con la película de su coterráneo, Alfonso Cuarón, “Hijos de los hombres”, en la que la humanidad ha perdido la capacidad de proteger a la vida naciente. La monstruosidad no es física, sino que se enquista en un alma perturbada o malvada. “El monstruo eres tú”.

Elizabeth (Mia Goth), el interés romántico de Víctor, es, a diferencia de lo que ocurre en la novela, pareja del hermano menor del científico. Ella es la encargada de introducir la mirada moral en la película. Si para el doctor las peculiaridades de la criatura que le generan sentimientos de desprecio, incluso de temor, son un error de su procedimiento, para Elizabeth resultan profundamente humanas. Con este personaje Del Toro subraya lo que Shelley ya decía en la novela: la responsabilidad de crear no reside en el acto técnico, sino en la capacidad de aceptar aquello que ha sido creado.

La criatura es temible, sí, pero al mismo tiempo está asustada y profundamente sola. Llora por tener una compañera que Víctor jamás le dará.

El despliegue visual de Del Toro es funcional a lo que él busca, que es la emoción más que el temor; el director mexicano muestra una vez más esa fascinación por lo monstruoso que ya describimos como la marca de su cine; luego, igual que en otras películas suyas, pasa de ella al melodrama. Un rasgo muy mexicano, si se me permite apelar a lo idiosincrático. Para mi gusto, demasiado melodrama, como ya dije. La notable actuación de Oscar Issac es el soporte a esta vena del filme.

“Frankenstein” es una relectura moderna del mito y una actualización del dilema que Shelley planteó hace dos siglos sobre el avance tecnológico y la responsabilidad humana, pero también es algo más. Del Toro no rehúye o quizá haya que decir que recae en un debate psicológico básico: ¿se puede amar cuando uno nunca se ha sentido amado? ¿Se perdona la falta de amor repitiendo el comportamiento desapegado del que se ha sido víctima?

Diría que esta película hace referencia a la técnica de terapia familia desarrollada por Bert Hellinger, la de las constelaciones familiares (y los círculos que no se cierran).

Del Toro otra vez nos comparte algo que parece ser su convicción profunda: el verdadero monstruo siempre nace del abandono, de la incapacidad de amar, de la mirada que juzga y no perdona.  

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