Nilda Bueno, la apicultora que convirtió una colmena en farmacia
Desde hace 15 años, una agrónoma tarijeña transforma miel en medicinas, cosméticos y alimentos, desafiando convenciones y demostrando que las mujeres tienen una conexión especial con las abejas.
“Tener una colmena es tener una farmacia”, dice Nilda Bueno, apicultora con 15 años de experiencia y creadora de Mi Miel, su marca de productos apícolas que nació en 2013. Desde su casa elabora cremas faciales con cera y miel, champús anticanas con romero y cúrcuma, caramelos con propóleo, pomadas para el acné y sprays bucales. “La naturaleza provee si se la cuida”, resume.
Agrónoma de formación, Nilda comenzó capacitando a mujeres en apicultura en distintos municipios. Para enseñar mejor, montó su propio apiario y descubrió una vocación. “Fui produciendo y vi que los productos eran muy nobles”, recuerda.
Pandemia y crisis ambiental
Durante la pandemia, ideó un “apikit” con siete productos (miel, propóleo, sanitizador, vitaminamiel, entre otros) que vendía por 230 bolivianos. Repartía a pie, incluso con un carrito de garrafas, convirtiéndose en una farmacia ambulante solidaria.
Pero la crisis de insumos tras la guerra en Ucrania afectó su emprendimiento. La escasez de plásticos la dejó dos años sin envases para sus cremas. “Estamos lejos del eje central, sin acceso a crédito ni a envases bonitos”, lamenta. El alza del dólar también encareció el agua destilada, esencial en su producción.
Sin embargo, la crisis más grave es la ambiental. Antes cosechaba 30 kilos por colmena al año; ahora la producción cayó drásticamente. Las granizadas cortan flores, el calor derrite la cera y las lluvias hacen que las abejas consuman su propia miel. “Antes había muchas colmenas silvestres. Ahora migran a la ciudad, a los postes de luz”, dice. Los agroquímicos agravan el problema: “Las larvitas son como bebés, son sensibles”. Por eso sueña con mudarse al monte, lejos de los cultivos contaminados.
Mujeres y abejas
Nilda asegura que las mujeres tienen una conexión natural con la apicultura. “Las abejas son sensibles. Nosotras también. Las tratamos con cuidado, como a un bebé”, explica. Ha trabajado con hombres y nota diferencias: “Ellos querían hacerlo rápido. Pero con las abejas no se puede apurar”.
Cada colmena requiere silencio, observación y suavidad, cualidades que Nilda asocia con el trabajo femenino. Cura a sus abejas con propóleo, las alimenta con polen y las desparasita dos veces al año. “Cada caja es como una hija”, dice.
La mente de la colmena
Su mensaje a otras mujeres: “Es posible lograr nuestros sueños. No hay que dejarse vencer. Hay nuevas formas de producir y emprender”. Destaca la importancia del valor agregado: “No es lo mismo vender miel que vender lo procesado. Ahí renta mejor”.
Su pomada de propóleo, que cuesta 25 bolivianos, alivia el acné mejor que tratamientos de 300. “Cuando resuelves un problema de salud, el cliente vuelve”, afirma.
Nilda vende en bioferias y tiendas ecológicas, y sigue produciendo pese a las adversidades. “Jamás se desanimen. Hay que romper los miedos y seguir”.
Mientras tanto, sus abejas (sus hijas, sus amigas) continúan construyendo panales, resistiendo junto a ella contra un modelo que mata lo que alimenta.






