El santo San Roque volvió al interior del templo y desde ya, queda un día menos para el próximo festejo. Un año redondo para vivir y reflexionar la promesa tras otra jornada de esas apoteósicas, con seis o siete mil chunchos en las calles – los números son cada vez más difíciles de precisar en este asunto – que sobrevivieron al vendaval en el que se convirtió Tarija al medio día y disfrutaron de un Encierro algo más ordenado en la plaza Campero, no exento de las polémicas, empujones y malos entendidos de casi siempre.

Es cierto que el espacio que dejaron las reposteras lo ocuparon los curiosos, porque es cierto también que escuchar el canto de la plegaria en la plaza es una de esas experiencias  únicas por la que todo tarijeño debe pasar una vez en la vida. O tal vez no. De todas formas perdió emoción ese momento en el que los promesantes clavan la rodilla en el suelo acorde a la letra, echando medio metro para atrás, lo que acaba por aplastar al mirón sobre las hojarascas.

San Roque es una fiesta diferente también por eso. Por la familiaridad de la gente, por la emoción de los niños, que al principio obviamente les tienen miedo, y que a la otra semana ya se han acostumbrado al golpe seco de la pluma y al sonar de la quenilla. También porque han visto chunchos tan pequeños como ellos, y porque les han visto levantarse el velo para beber agua, comer algo o fumarse un cigarro al costado, porque de todo hay.

Es diferente por los colores, por la cadencia del paso, porque se llama procesión y va en serio, con Fe, aunque los viejos dicen que cada vez con menos Fe, aunque también dicen que antes eran cuatro gatos y ahora son centenares. El domingo algunos llegaban al templo y otros aún no acababan de cruzar el puente del Bicentenario luego de bajar de Senac. Y eso que amenazaba lluvia.

Es diferente porque la gente se para al medio con su mesa para servir; y porque muchos sacan sus algodones del bolsillo para robar un beso del santo y retornarlo al mismo lugar, junto al corazón. Es diferente porque los autos paran y esperan, sin renegar demasiado, y porque si algún avivado intenta cruzar se lleva el abucheo del siglo.

La mayoría son jóvenes, muy jóvenes, aunque debajo del turbante se ven todos igual. Y de eso va también esta fiesta en la que el protagonismo del promesante es lo de menos; o lo era. Las redes sociales son para todos y hay espacio para esto también. Fotos individuales, fotos en grupo, fotos con la familia, videos, transmisiones. Y miles de likes. Lo cierto es que los ritos son bien únicos como para atraer miradas desde todos los puntos. Y tampoco está reñido con la “evangelización”.

Este año ha habido hasta política. Mucha política. Desde candidatos bailando hasta reconocimientos oportunos y compromisos de refacción llegados justo a tiempo. El templo necesita obras, como recuerda el padre Garvín Grench cada vez que puede, y en esto de conciliar las necesidades y las oportunidades, la Iglesia tiene una maestría milenaria.

En 2020 vendrán formalmente los observadores de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura, la Unesco, que es esa organización de la ONU que se encarga de catalogar el patrimonio tangible e intangible de la humanidad con el fin de protegerlo. A veces hay recursos para apoyar, pero la mayoría de veces no. La simple catalogación como Patrimonio a la que aspira esta Fiesta Grande de San Roque abre puertas en el panorama mundial y en los grandes circuitos turísticos mundiales, que en septiembre aún siguen activos. Disque había ya algunos de incógnito…

Con el Santo entraron al templo los recuerdos de un año que permanecerán en las leyendas individuales de todos los promesantes que han participado en el festejo.  La misión cumplida. El “Roque, Santo, Peregrino”, para paladear todo el año. El abrazo del amigo, el cariño de una madre, o un padre, o un hijo, o un tío. San Roque será tal vez Patrimonio de la Humanidad en 2020 o en 2021, pero siempre será patrimonio de aquellos que le confiaron una oración, pues será con Fe, o no será.

 


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