Mike Chu, un singular aviador de élite en Bolivia
Tres de las más cruentas guerras de la historia mundial templaron su vida. Combatió en una de ellas a velocidades supersónicas. Recorrió el mundo y escribió sus memorias y, lo que más le llenaba, poemas. Vivió una década en el Beni.
El señor Mike Chu tenía unos antebrazos que probablemente desatarían la envidia de muchos fisiculturistas. Contaba que eran resultado de un ejercicio que obligaban a realizar a los cadetes de la academia militar de Taiwán en los años 50: “Teníamos que mantener levantados, durante horas, baldes llenos de unos 10 kilos de arena con los brazos extendidos -explicaba-. Si los bajábamos, unos alfileres largos que nos habían puesto en los costados nos herían la zona de las costillas…”.
Fue una de las anécdotas que nos narró, una calurosa mañana trinitaria del año 1986, allí en su restaurante, el China chifa Dragón. El auditorio lo conformábamos el villazonense ayudante de cocina, Saturnino Campos, y quien escribe estas líneas. Nuestra curiosidad había generado una singular pausa en el trabajo cotidiano. Un mutismo nuestro orientado a escuchar partes de la autobiografía del señor Chu, apoyada en diversas fotos y recuerdos que decidió mostrarnos.
Horas antes, un oficial de la Armada Boliviana, que había retornado al Beni tras pasar un año en Taipéi, me pasó un sorprendente dato. “¿Sabes quién realmente es el Mike?”, me preguntó. Para entonces sólo conocía al señor Chu como el amable propietario de la empresa para la que trabajaba. “Viejo, el Mike es considerado un héroe en su país -complementó el militar-. Estuve becado allá. En la aerolínea que viajé, apenas supieron que yo vivía en Trinidad, me informaron que ellos tenían a un héroe nacional viviendo en esta ciudad”.
Afamado piloto
El título de “héroe nacional” sólo era una más de las excepcionales facetas que sumaban en la vida de Mike Chu, cuyo nombre completo es: Mike Wei Ming Chu Aisin Gioro. Para empezar, piloto militar de élite, de esos que combatieron en cazas que rompían la velocidad del sonido. De esos que en los hechos fueron pilotos de prueba de lo último de la tecnología aeronáutica mundial. Fue precisamente la primera de esas actividades la que le acreditó su lauro más célebre, aunque no se sentía demasiado orgulloso de ello. Incluso solía aclarar: “La crueldad realmente no puede ser considerada ‘heroica’… La ternura es como el agua, ama la paz”.
Pero a este hombre que nació y creció en tiempos de tres monstruosas guerras sucesivas, la vida le planteó fatales encrucijadas. “Los pilotos enemigos venían en los Mig -relataba-. Tuvimos que entrar en combate ‘dogfight’ (enfrentamiento aéreo directo), entre escuadrillas. A ellos los mandaron a atacar Taiwán. Vino el que me tocó. Era un duelo, el primero que se acomodaba para disparar directo bajaba al otro. Lo hice y, casi al mismo tiempo, vi que él era muy jovencito. Me sentí mal”.
Chu tuvo una más que notable carrera como aviador, lo detalla, por ejemplo, el Baidu, algo así como el Wikipedia chino. Fue parte de la generación de pilotos entrenados en bases militares estadounidenses. En 1958 combatieron en la Segunda Crisis del estrecho de Taiwán, caracterizada por decenas de combates aéreos entre los cazas F-86 Sabre taiwaneses y los Mig-17 de China continental. Mike y su escuadrilla se apuntaron el derribo de cinco cazas enemigos. Frenaron así lo que habría sido una inminente invasión del régimen comunista a la isla rebelde.
Fue una de las acciones decisivas de aquella confrontación. Como añadidura, aquella escuadrilla resultó la primera en utilizar misiles aire – aire en un combate real. No sólo eso, Chu es reconocido como el primer piloto asiático en volar el primer avión que superó dos veces la velocidad del sonido: el Starfighter F-104. Su foto junto al célebre caza resulta una de las más frecuentes cuando se le recuerda. También es posible verlo en el filme documental Isla Majestuosa (“Majestic Island”).
El caza más peligroso del mundo
En ese documental un joven capitán Chu abre y cierra el filme pilotando un F-86 mientras una voz asegura que los taiwaneses están bien protegidos. En la mitad del cortometraje, que describe a una pujante sociedad en acelerado desarrollo, aparecen el padre y hermanos de Mike almorzando. Cerca de ellos, en la pared, está la foto del hijo vestido en su traje de piloto y apoyado en su caza bombardero.
Pertenecer a aquella fuerza aérea implicaba excepcionales condiciones que debían cumplir quienes serían elegidos como pilotos militares en aquel lugar y en esos tiempos. “No debían tener ni una sola caries o muela obturada, tampoco cicatrices -recuerda su hijo Tien Chu-. Era debido a los tipos de aviones que iban a pilotar y también como indicador de que ellos eran responsables y fuertes. De 100 mil reclutados para las tres fuerzas, él fue uno de los 30 mil que postularon a la Fuerza Aérea y luego uno de los 5.000 seleccionados. Y entre esos 5.000, uno de los pocos que llegaron a ser pilotos de élite”.
Incluso dentro de aquella élite de pilotos taiwaneses, Mike Chu se destacó. Pilotar un Starfighter F-104 implicaba tener la capacidad de dominar uno los cazas considerados más peligrosos de la historia. En eso coinciden diversos reportajes y publicaciones especializadas. Esta nave fue puesta en servicio en marzo de 1958. Destinada a cambiar los paradigmas aeronáuticos, se la definió inicialmente como “el cohete con alas”. Resultó tan avanzada en aquel tiempo que hasta la NASA adquirió 14 ejemplares.
Taiwán estrenó estos cazas apenas cinco meses después de su debut oficial en EEUU. Una particular emergencia forzó aquel inicio precipitado: la precaria paz entre Taiwán y la República China se quebró con ataques de artillería en la disputa por las islas de Quemoy y Matsu. Beijing además había alineado en diversos aeródromos cerca de 200 cazas Mig 15 y Mig 17. El riesgo de un ataque masivo a Taiwán había escalado a su punto más alto. La decisión de los militares estadounidenses y taiwaneses fue hacer una clara demostración de superioridad aérea.
Hasta octubre de aquel año, estos aviones sobrevolaron, a más de dos veces la velocidad del sonido (Mach II), los dos frentes enemigos. Las tensiones bajaron, el efecto disuasorio fue alcanzado. Según el Baidu, Mike fue el primer aviador chino en pilotar uno de esos aparatos, en aquellas complejas y doblemente peligrosas circunstancias. Los récords mundiales de velocidad y altitud del Starfighter sólo fueron superados 15 años más tarde. Sin embargo, los riesgos para los aviadores resultaron proverbiales. Sólo en la Fuerza Aérea Alemana registró la muerte de 100 pilotos de Starfighter, por lo que se ganó los motes de “ataúd volante” o “fábrica de viudas”.

Aviador en el Vietnam de los 70
“Mi padre nos enseñó a abrazar lo desconocido, a encontrar belleza en lo salvaje y a prosperar frente a los desafíos -recuerda Yuan Chu, el hijo mayor de Mike-. Era un hombre que creía que las mayores lecciones de la vida se encontraban fuera de nuestra zona de confort”. Sin duda, aquel temperamento corajudo se impuso a una jubilación temprana como aviador.
En 1965 sufrió un accidente durante un salto en paracaídas. Tras reponerse, le indicaron que sería incorporado al cuerpo de instructores de la Fuerza Aérea de Taiwán. Chu respondió que él no quería enseñar, sino volar y se retiró de la Fuerza Aérea. Optó por la aviación comercial y con ello abrió otros singulares capítulos de su vida. El primero, probablemente tuvo tanto o más peligro que sus experiencias militares de combate. Esta vez era un piloto civil en medio de una de las conflagraciones más brutales de la historia moderna.
“Mi padre trabajó primero en Vietnam, en tiempos de la guerra -recuerda su otro hijo, Fernando Chu-. Durante cinco años realizó diversos tipos de vuelos llevando gente, mercadería e incluso los cadáveres de soldados de EEUU en ataúdes sellados”. En la biografía que ha escrito sobre su vida el Baidu, Wang Pingyu cita como hecho destacado un aterrizaje de Mike en medio de una Saigón devastada por los bombardeos. Una pasajera estaba a punto de dar a luz y él coordinó el operativo para que la socorran en tierra. El propio Mike escribió un libro sobre aquella experiencia: "Maternidad en el aire", que ganó el primer Premio Pluma de Oro para la Prosa de la Asociación de Restauración Literaria de Taipei.
“Normalmente se dice que el último vuelo civil que salió con fugitivos de Saigón fue de un avión estadounidense -añade Tien-. Pero ese era un vuelo con norteamericanos, el último vuelo en realidad lo pilotó mi papá llevando fugitivos de diversos países asiáticos. A ver si la historia un día reconoce eso”. De todos modos, Mike ya escribió la suya de aquellos tiempos en otro libro: “Luz de luna sobre Saigón: Anécdotas de un aviador civil chino durante la guerra de Vietnam”.
Incluso se cuenta que llegó a realizar en ciertas semanas tres misiones de traslado de civiles al día sumando hasta nueve horas de vuelo. En esa guerra tuvo muy buenos ingresos y cobró fama en el gremio. Luego, durante cerca de un año se desempeñó como piloto del avión real de Mahendra, el monarca de Nepal. Sus hijos también recuerdan que fue el piloto que inauguró Lao Airlines, la línea nacional de Laos, en septiembre de 1976. “Era un avión Lockheed L-188 Electra – añade Tien Chu. Mi padre realizó el primer vuelo”.
Su primera vocación y un OVNI
Los libros que escribió sobre aquellas dramáticas experiencias no fueron fruto de un impulso espontáneo, sino de su primigenia vocación. “Yo no quise ser militar, no era lo que más me atraía -me comentó, muy sonriente, alguna vez el señor Chu-. A mí me gusta escribir. Hoy estoy muy contento. Escribiré poemas”.
Capt. Mike Wei Ming Chu Ho (Aixinjueluo)”
Su otra gran pasión, ser un viajero impenitente, se complementó matemáticamente con la literatura. Fue todo un explorador de los siglos XX y XXI. Tal es así que uno de sus libros titula “‘Viaje al Globo’, Biografía del explorador mundial, Capt. Mike Wei Ming Chu Ho (Aixinjueluo)”. Por eso vivió, a veces años, a veces lustros o más, en uno y otro confín del planeta y recorrió los cinco continentes.
“No es bueno quedarse en un solo lugar, no me gusta -nos explicó alguna vez el señor Mike -. Hay que estar cinco, máximo 10 años en un destino si vale la pena”. Luego, prefería no volver “para recordarlo siempre como fue y no verlo cambiado, distinto…”. En ese entonces, finales de 1986, también nos anunciaba que su tiempo en Trinidad se estaba cumpliendo, que debía iniciar una nueva aventura.
Con su poesía y sus viajes trataba de entender la vida y multiplicaba sus incógnitas existenciales. Me llamó la atención su seguridad en la existencia de la vida extraterrestre. Don Mike recordaba que durante un vuelo vio un Objeto Volador No Identificado que no admitía otra explicación que la de una inteligencia superior. “Sus luces, su forma, su curso y velocidad, muchas cosas -citaba-. Yo estoy seguro de eso”.
Pese a que se le menciona en los relatos históricos como parte de los “formidables pilotos budistas”, no tenía muy buena opinión de los religiosos. Sin embargo, practicaba el zen, o sea, la atención plena y la comprensión directa de la realidad, sin influencia del intelecto. En cierta oportunidad, por diversas razones, de ocho personas, sólo quedamos él y yo para trabajar en el restaurante. “No te preocupes, yo practico el zen -me explicó-. Tú haz lo tuyo, me encargaré del resto”. Y, sin pronunciar una palabra, cobrando ritmo intenso para cada tarea, así lo hizo.
Destino Bolivia
“Han creado religiones para manejar políticamente a la gente -decía mi padre, recuerda Tien-. Sin embargo, estaba seguro de que la vida debió haber tenido un Gran Diseñador. También decía que no le tenía miedo a la muerte y que esa era la última aventura para conocer”.
Pero la señora de la guadaña tuvo paciencia para encontrarse con “Don Mike”, como le llamábamos frecuentemente. Si bien se le acercó varias veces en Taiwán o en Vietnam, optó por guardar cierta mayor distancia cuando la etapa se llamó Bolivia. El destino hizo algo así como un rebote geográfico tras su decisión de viajar a América.
En los 70, Mike había formado su familia en Taiwán, fruto de su matrimonio con Hsiung Chia Lin. Tuvieron tres hijos, los ya mencionados Yuan, Tien y Fernando. Entonces Mike intentó desarrollar su vida en la isla. “Pero eran tiempos de mucha represión, primaban la ley marcial y la tensión- señala Tien-. Mi papá no quería eso para nosotros y varios de sus 11 hermanos se habían ido a vivir a Canadá. Entonces decidió ir a probar suerte allá para luego llevarnos a todos”.
Los hijos recuerdan que Mike Chu, a poco de su partida dejó de comunicarse, que el contacto se interrumpió durante casi seis meses. Ni una llamada, ni un telex, que eran los únicos medios de comunicación en ese tiempo. Mike relataba que en Canadá intentó ingresar en las aerolíneas comerciales, pero éstas le abrían espacio de manera limitada y no lograba estabilizar su situación. Entonces alguien le avisó que en un país sudamericano estaban buscando un instructor de, sus bien conocidos, cazabombarderos F-86 Sabre.
Viaje al otro lado del mundo
“Un día papá llamó a casa y nos dijo que vayamos a la Embajada de Bolivia en Taipéi – recuerda Tien-. Semanas más tarde estábamos aterrizando en La Paz. Nos alojamos en la casa de unos parientes que habían puesto un restaurante de comida china en la Plaza del Estudiante. A mi mamá le gustó ver una ciudad que parecía moderna y con monumentos históricos. Mientras mi papá veía eso de convertirse en instructor de la Fuerza Aérea Boliviana”.

Pero nuevamente sus planes se truncaron. Por alguna razón los comandantes de la Fuerza Aérea Boliviana y Chu no llegaron a un acuerdo estable. “Tengo registrada la llegada de un instructor chino para la flotilla de F-86 – puntualiza el analista en temas de defensa Samuel Montaño-. Al parecer no cumplieron con las condiciones que él pedía y optaron poco después por un instructor argentino”.
Para entonces, “Don Mike”, sorprendido por la diversidad y las predominantemente apacibles condiciones bolivianas, ya tenía un plan B. Por eso, había llamado a la familia. “Acá es hermoso ver tanto espacio, tener plantas y viajar -comentaba extasiado-. En Asía hay ciudades donde la gente, como consuelo, pone pasto como macetas en su casa. No hay campo, a veces viven varias personas en un cuarto donde rotan para descansar o comer, entre el trabajo y la casa. Tampoco hay aire limpio, los niños tienen miedo a la lluvia y al llegar a casa sus mocos están negros. Aquí se respira lindo. Aquí hay todo; uno, si quiere, puede hacer muchas y grandes cosas”.
Apostar por el Beni
Seguramente esa percepción, que solía repetir en sus charlas, le llevó a apostar buena parte de su capital en Trinidad. De un día para otro, los Chu se vieron comprando implementos, ropa y equipos apropiados para vivir en una zona tropical. “Más de 300 kilos de carga para embarcar en al avión”, recuerda Fernando. Y partieron a la etapa beniana de su vida.
“Cuando aterrizamos en Trinidad vimos que sólo había pista y no aeropuerto -recuerda Tien-. Trinidad apenas tenía 28 mil habitantes. Mi padre fue a buscar algún transporte que lleve nuestras cosas a donde nos íbamos a alojar y luego volvió en un carretón. Mi madre se puso a llorar”.
Trinidad entonces apenas se ajustaba al concepto de ciudad: transitaban sus calles, a veces enladrilladas y, generalmente polvorientas, cientos de motocicletas y, con suerte, una treintena de vehículos de cuatro o más ruedas. La única lengua de asfalto y, a la vez, principal conexión con el resto del país era la pista de aviación. Sin embargo, su dinámica económica crecía aceleradamente como centro de abastecimiento de potentados ganaderos, comerciantes cruceños y paceños, y de la creciente presencia del narcotráfico en los llanos benianos. Se hallaba en plena transición de ser una isla en la Amazonia boliviana a un estratégico eje de interconexión. Ese era el desafío para aquel aviador chino y su familia luego de la travesía que habían iniciado al otro lado del mundo.

Unos paisanos, con quienes habían hecho contacto previamente, les orientaron primero. La hospitalidad beniana y el temple de Mike se encargaron del resto. Tras los rigores iniciales de aquella adaptación, el Beni se convirtió en una tierra entrañable para los Chu. Decidieron abrir el China Chifa Dragón y proyectar otros negocios.
Su último avión
El restaurante comenzó a cobrar creciente fama. Mike, además, buscó diversificar sus inversiones. Incluso, al ver que los aviadores benianos gozaban de muy buena salud económica, se animó a comprar una avioneta Cessna – 172 y hacer vuelos a Santa Cruz. En los hechos, esa Cessna sería su última aeronave.
“Pero, raro, para mí todo era pérdida, tras cada vuelo hasta perdía 100 ó 50 dólares – confesaba, en tono de broma-. Los amigos pilotos locales me habían dicho que negociaban llevando y trayendo alimentos como quesos, huevos, charque, etc. Pero yo no podía ganar como ellos. Hasta que un día, uno tuvo pena de mí y me explicó el secreto. Me dijo: ‘Esto llevamos dentro de los quesos, estos son los ‘quesos’, y era pichicata. Agradecí y decidí vender mi avioneta”.
Un chifa con visitantes famosos
Durante la década que Chu vivió en Trinidad, Bolivia sufrió una ola de golpes de Estado. Transcurría el umbral entre la agonía de la era de las dictaduras y el dificultoso principio de la era democrática. Varios de los dictadores y políticos de aquel entonces, al enterarse de la vida de Mike, lo buscaron con diversos propósitos. Algunos querían ver si podía granjearles generosa ayuda taiwanesa, que en esos tiempos benefició a diversos regímenes latinoamericanos a cambio de reconocimiento internacional.
Otros, especialmente los aviadores, buscaban asesoría militar. Probablemente, pensaron en él cuando, en 1981, hubo una frustrada venta belga de 52 Starfighter F-104 que la dictadura de Luis García Meza anunció pomposamente. Hugo Banzer, Luis García Meza, Alberto Natush, Eudoro Galindo, entre muchos otros, visitaron el Chifa Dragón en más de una oportunidad. “Atiende bien, mi estará lejos”, solía decirme, con sus breves resbaladas en el castellano, buscando prudente distancia en esos casos. Pero, generalmente, ese tipo de clientes pedía, casi exigía, ver o conocer a Mike.
Él optaba por brindarles diplomáticas y hasta evasivas charlas junto a las cenas que hicieron famoso a su restaurante, incluso más allá del Beni. Nada más. También solía ser visitado por delegaciones diplomáticas. Le tuvieron especial confianza, por ejemplo, durante la misión de las tropas de “marines” que llegaron a Trinidad en busca de los peces gordos del narcotráfico, en 1986.
Esa vez, las reuniones entre los altos mandos militares de EEUU y Bolivia se realizaron en el salón principal del China Chifa Dragón. Tampoco faltaron ocasiones en las que oficiales y “marines” llegaron al restaurante anoticiados de su buena fama. En cierta oportunidad, compartí la antesala de aquel espacio central con los grupos de seguridad de dos ministros bolivianos y del entonces coronel estadounidense Wesley Clark. Éste sería, en 1999, comandante de la OTAN durante la Guerra de los Balcanes y, en 2004, precandidato a la Presidencia de EEUU.
Descendiente de emperadores
Sin duda, como suele suceder, las autoridades estadounidenses conocían muy bien el perfil de Mike Chu. Un perfil que trascendía incluso sus antecedentes militares. “Unos clientes dijeron hoy en el restaurante que don Mike, antes de irse a Taiwán, pertenecía a una familia especial en China -me contó el cocinero Saturnino Campos-. Antes de la guerra entre comunistas y nacionalistas sus papás eran personas de otra clase social y de una región distinta allí. Explicaron que, como hijo mayor, él tiene que volver a rendir homenaje a sus antepasados algún día a China…”.
No era alguna de las leyendas urbanas que Mike Chu también inspiró en Trinidad. Las raíces genealógicas suman otra particularidad a la vida del singular chino que vivió en Beni entre mediados de los 70 y los 80. Sus propios apellidos (Chu Aisin Gioro) marcan un rasgo de distinción. Su progenitor, Chu Haohuai, había sido un destacado economista, escritor y político chino que enfrentó la invasión japonesa en los años 40. Incluso ejerció el cargo de gobernador del condado de Pingyuan entre 1938 y 1941.
Luego se dedicó a la enseñanza de diversas materias, dada su preparación intelectual. Fue entonces cuando se le solicitó que sea mentor de una de las sobrinas del emperador: Aisin Jue Luo Wei Xuan. Y, como a veces sucede, la noble y el mentor se enamoraron. El mayor de sus nueve hijos fue Mike. En suma, Mike Chu viene a ser descendiente de aquella dinastía que gobernó al coloso asiático durante más de 300 años.
“Él quiere volver a ese lugar donde nació y caminar por un puente en un monte que era de su familia -añadió el cocinero Saturnino-. Ahí también quiere volver a ver las tradiciones de su región. Dice que quedó huérfano mientras vivía todavía allá y que sabe dónde están los restos de su mamá”.
En efecto, el Baidu señala que una epidemia de malaria mató a su madre cuando Mike tenía apenas 10 años y ella 36. Una década más tarde, la Revolución Comunista lo forzó a huir junto a su padre y sus hermanos rumbo a Taiwán. Cincuentaicuatro años después, en 2003, Mike Chu retornó al único lugar donde sí quería y sentía que debía volver: Pungyuan, el municipio donde había nacido. Llegó poco antes del Festival Qingming, es decir, el feriado de abril cuando en China se conmemora a los antepasados. Organizó un encuentro con algunos de sus hermanos y parientes.
Conmovido hasta las lágrimas, homenajeó a su progenitor y visitó la tumba de su madre a quien dedicó la siguiente poesía: “La aventura es mi respiro/ La aldea del mundo se extiende en cada horizonte/ He dejado mi tierra natal, pero el murmullo de mi madre aún duerme junto a mis pasos./Tu mano me busca en el espejo del sueño/ Madre, ya no conocerás la soledad: mi espíritu será bruma que asciende contigo”.
En busca de sus raíces
Su retorno a China continental sumó la búsqueda de la cristalización de oro de sus sueños: potenciar el conocimiento y la difusión de la cultura Hakka, de la que provenían sus ancestros. A lo largo de casi tres lustros forjó con gran dedicación un museo y organizó diversos encuentros de investigadores y estudiantes. Varias de las características atribuidas a los hakka calzan matemáticamente en Mike Chu.
“El nombre de esta cultura se puede traducir como ‘los invitados’, aludiendo a su condición de migrantes o viajeros”. “Destaca en ellos una gran habilidad para la gastronomía por el aprovechamiento de muchos ingredientes y sabores intensos”. Algo de lo que aún hoy dan fe no pocos trinitarios al recordar al China Chifa Dragón. “Su música, hábitos y tradiciones hacen una especie de culto del trabajo duro, tanto en la vida cotidiana como ante los desafíos”. Valga añadir que importantes personalidades de China y Asía tuvieron raíces hakka, entre ellas, nada menos que Deng Xiaoping, “el padre de la China moderna”.
Don Mike rebosaba en capacidad laboral y vitalidad aún en los momentos de esparcimiento. “Flaco, hoy vamos de excursión a isla Chuchini para hacer parrillada china - me anunciaba, por ejemplo-. Hay que cargar lancha, sacar machetes, alzar motores…”. La movilización, de la que él era parte central, implicaba un exigente esfuerzo físico, casi a ritmo marcial, ya al preparar el día festivo. El resto de la jornada no desentonaba en medio de la desafiante selva beniana y sus caudalosos ríos… Tiempo en el que Mike Chu bordeaba sus 60 años de edad, cuando aún preveía largos años de intenso trabajo y compromisos por cumplir.
Europa y la vuelta al mundo
“Él le prometió a mamá que los tres hermanos estudiaríamos en universidades de alto nivel -recuerda Fernando Chu- Y luchó por ello, y cumplió. Los tres salimos de importantes universidades de EEUU. Para que lo logremos mi padre trabajó mucho, realmente mucho, sin importar la edad. Era muy fuerte”.
Luego de dejar Bolivia, Mike Wei Ming Chu Aisin Gioro, fiel a su ritmo, tuvo una intensa vida laboral en Europa. Optó por instalar un negocio de selección y venta de mármol entre Italia y Portugal. “Para que su emprendimiento funcione él tenía que conducir a veces semanas enteras un camión durante ocho o nueve horas diarias. Lo hacía con el entusiasmo de siempre y ya tenía más de 70 años”.
Fueron tiempos en los que también iba completando su aventura global. Viajó por diversas partes del planeta y cada vez con más frecuencia, incluidas zonas del África y Australia. Hasta que, bordeando los 80 años, el momento de retorno a China y su proyecto hakka concentraron más su atención, pero sin que su tónica mengüe.
Paracaidista a los 88 años
Su proverbial vitalidad era patente también a esa edad y solía sorprender a propios y extraños con osadas aventuras. Una fotografía de esos años lo muestra, por ejemplo, manejando motos de agua en Tailandia. En otra se lo ve cuando, a sus 88 años, realizó un salto en paracaídas, en EEUU. Allí también alimentó su espíritu aventurero con ciertas nostalgias visitando los formidables museos de aviación estadounidenses. Otra toma lo presenta contemplando un Starfighter F-104.

“Cuando mi padre tenía 88 años, la gente se sorprendió al verlo haciendo las mismas actividades que le encantaba cuando era joven: montando bicicletas, motocicletas y conduciendo rápido en la autopista -recuerda su hijo Yuan-. Ellos preguntaron, '¿no eres demasiado viejo para esto?’. Él simplemente contestó: ‘Realmente solo hay una edad que importa. La gente preguntó, '¿Qué edad es esa?’. Él sonrío y dijo, 'La edad en la que estás vivo’. Entonces explicaba: ‘Mientras esté vivo, seguiré haciendo lo que siempre he hecho. Una vez que esté muerto, pararé. Entonces la edad ya no importa’”.
A fines de 2018, quizás un descuido, de tan confiado en su fortaleza, lo acercó a lo que llamaba “la última aventura por conocer”. Bordeaba ya los 90 años y, luego de larga una reunión con sus amigos, sufrió un accidente cerebro-vascular. Una avioneta ambulancia, que lo llevó a Taiwán, se convirtió en el último aeroplano en el que viajaría. Sorprendiendo, una vez más, empezó a recuperar luego de las intervenciones médicas. Pero el destino añadió un elemento probablemente demasiado incómodo para el temperamento del capitán Chu: en 2020 el mundo llegó el colapso Covid.
El último viaje y los homenajes
“Durante la pandemia y las cuarentenas, lo llevaron en Taiwán a un centro de cuidados para mayores – relata Fernando-. Pienso que el encierro y la soledad lo cansaron. Nosotros, sus hijos, vivimos en diferentes países. No podíamos visitarlo. Fue mi mamá quien lo atendió los últimos años luego de que se habían separado mucho tiempo antes. Un día simplemente se fue a dormir y partió, como si hubiera decidido que ya era tiempo”.
El 1 de junio de 2022, Mike Wei Ming Chu Aisin Gioro se encaminó hacia la última aventura, quién sabe si en busca del Gran Diseñador. Días más tarde fue homenajeado con excepcionales honores de héroe militar en Taiwán. No sólo eso, sino que además los diarios de Taipéi publicaron sus poemas, recordaron sus raíces genealógicas y su notable vida de trotamundos. Había partido a la eternidad el último sobreviviente de aquella escuadrilla de pilotos que defendió a bala y velocidades vertiginosas la célebre isla rebelde.
“Mi padre, el Capitán Mike Chu, fue una fuerza de la naturaleza, un hombre que vivió con pasión, lideró con humildad y amó con todo su corazón – ha escrito su hijo Yuan-. No fue sólo mi padre; fue mi héroe, mi maestro y mi mayor inspiración. Aunque ahora está en los cielos, su espíritu vive en cada aventura que emprendo, en cada desafío que enfrento y en cada sueño que persigo”.
Un escuadrón de “pelados”
A la hora de los buenos recuerdos, probablemente, más de un trinitario tenga hoy algo qué contar de don Mike. Pero rememoro a algunos muy jovencitos que lo hicieron hace más de 40 años. “Muchas gracias don chino -le dijo uno y luego varios se hicieron eco-“. Todos niños de seis, de siete, quién sabe, de 10 años; todos aún tiritando, pero entrando en un reconfortante calor físico y humano. Eran aquellos “peladingos” que normalmente se movían entre el mercado y las barriadas trinitarias.
Niños abandonados o semiabandonados cuyo vestuario, en la normalmente calurosa Trinidad, escasamente superaba un pantaloncito corto y una polera. Otra vez los había atrapado, entre la calle, el alero y las puertas cerradas del mercado, un “surazo”. Uno de esos temporales, con lluvia y ventarrones, que bajan la temperatura ambiente de más de 30 a 10 grados centígrados o menos. Unos cartones y sus propios cuerpos eran la única protección que compartían.
“Vamos a comprar deportivos y plásticos -ordenó don Mike-. Elena, sancocha algo o prepara té y busca pan para los pelados -instruyó además-. Apura, el sur los agarró”. Luego, el grupo de niños se veía uniformado con buzos deportivos y protegido en una especie de carpa improvisada. Esa que sonreía a sus bromas, y le decía “gracias, don chino”, quizás haya sido uno de los más conmovedores escuadrones que Mike Chu haya liderado. Sí, también era notablemente generoso.
Su fortaleza física y el carácter que templó en medio de tres de las más cruentas guerras de la historia parecían tener su complemento edificante. Normalmente saludaba a todos con una cálida sonrisa. Esa con la que, de cuando en cuando, señalaba que era un buen día para escribir poemas.

Memoria: Mi Padre, el Capitán Mike Chu
En este día, me encuentro reflexionando sobre la vida extraordinaria de mi padre, el Capitán Mike Chu—un hombre cuya energía, valentía y amor por la vida eran tan infinitos como los cielos que tanto amó. Su historia no es solo una de aventuras, sino de resiliencia, reinvención y un espíritu inquebrantable que sigue inspirándome cada día.
A los 47 años, cuando la mayoría de la gente podría empezar a pensar en reducir el ritmo, mi padre hizo todo lo contrario. Empacó nuestras vidas y nos llevó al corazón de la Amazonía boliviana, donde viviríamos una aventura que duraría una década. Vivir en la Amazonía no fue solo un cambio de escenario; fue una lección de adaptabilidad, humildad y respeto por la naturaleza. Mi padre nos enseñó a abrazar lo desconocido, a encontrar belleza en lo salvaje y a prosperar frente a los desafíos. Era un hombre que creía que las mayores lecciones de la vida se encontraban fuera de nuestra zona de confort.
A los 57, cuando muchos considerarían la jubilación, mi padre comenzó una nueva carrera—esta vez en Portugal e Italia. Nos demostró que la edad no es una barrera para reinventarse. Con la misma determinación que lo llevó a través de la Amazonía, aprendió nuevos idiomas, se adaptó a nuevas culturas y construyó una nueva vida desde cero. Su valentía para empezar de nuevo nos recordó que nunca es tarde para perseguir nuevos sueños.
Y luego, a los 88, sin avisarnos, hizo algo que encapsulaba perfectamente su espíritu intrépido: saltó de un avión en paracaídas sobre los cielos de Estados Unidos. No fue solo una hazaña; fue un testimonio de su creencia de que la vida debe vivirse al máximo, sin importar la edad. Ese salto fue un recordatorio para todos nosotros de no dejar que el miedo nos detenga, de siempre alcanzar los cielos y de abrazar cada momento con alegría y valentía.
Mi padre, el Capitán Mike Chu, fue una fuerza de la naturaleza—un hombre que vivió con pasión, lideró con humildad y amó con todo su corazón. No fue solo mi padre; fue mi héroe, mi maestro y mi mayor inspiración. Aunque ahora está en los cielos, su espíritu vive en cada aventura que emprendo, en cada desafío que enfrento y en cada sueño que persigo.
Hoy, en el Día del Padre, honro su memoria con gratitud y orgullo. Gracias, papá, por mostrarme que la vida no se mide por los años que vivimos, sino por los momentos que nos quitan el aliento. Feliz Día del Padre, Capitán Mike Chu. Estás por siempre en mi corazón, y tu legado vuela alto, tal como lo hiciste tú.
En amorosa memoria de un hombre que me enseñó a volar.
(8 de agosto de 2025, Día del Padre en China).





