El ladrón y su madre

Fábula de Esopo

Un joven es llevado al patíbulo para recibir el castigo por una vida entera de robos. La multitud lo observa con desprecio, mientras los guardias le conceden un último deseo: despedirse de su madre. Ella se acerca entre lágrimas, convencida de que recibirá un abrazo de despedida. Pero, en lugar de palabras de cariño, el hijo le muerde con fuerza la oreja. Todos quedan horrorizados. Entonces, el condenado rompe el silencio y revela la verdadera razón de su gesto. Cuando era niño, comenzó robando pequeñas cosas sin importancia. En lugar de corregirlo, su madre sonreía, lo encubría y hasta celebraba su astucia. Lo que parecía una travesura fue creciendo con los años, hasta convertirlo en un ladrón temido y, finalmente, en un hombre condenado a muerte.

En ese instante, comprendieron que aquel mordisco no era un acto de rabia... era una acusación. El hijo culpaba a quien, pudiendo enseñarle el camino correcto, alimentó sus primeros errores con silencio y complacencia.

La tragedia de esta fábula no comienza con un gran crimen. Comienza cuando una falta pequeña deja de corregirse. Porque el carácter no se forma en los momentos decisivos, sino en las decisiones cotidianas que parecen insignificantes.

Esopo nos deja una enseñanza tan dura como vigente: quien justifica una mala acción por ser pequeña, puede estar sembrando una desgracia mucho mayor. Educar no siempre significa consentir; muchas veces significa corregir, incluso cuando resulta incómodo.

Los grandes delitos rara vez nacen de un solo paso. Casi siempre empiezan con una falta que alguien decidió ignorar.


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