Cuando el último río muera, el dinero no te salvará

Hay una profecía que no viene de las estrellas. Viene de la tierra que pisamos cada día sin mirarla a los ojos.

Los ancestros lo vieron con claridad antes de que el mundo olvidara cómo escuchar: estamos cambiando raíces por cifras, ríos por riqueza, bosques por negocios. Y lo más doloroso no es lo que perdemos afuera… sino lo que perdemos adentro.

Cada árbol talado es también una parte nuestra que calla. Cada río envenenado es también una voz interior que se apaga. Somos naturaleza. No estamos separados de ella, somos ella misma caminando, respirando, eligiendo.

Hemos construido torres de piedra y metal creyendo que con ellas tocábamos el Gran Espíritu. Hemos llenado nuestras manos de papeles y números creyendo que con ellos compraríamos la plenitud. Pero el fuego sagrado no arde con billetes. El río no fluye por bancos. La semilla no germina en bóvedas de acero.

Esa hora, no está en la profecía. Está en el presente.

Pero todavía hay fuego. Todavía hay semillas en las palmas de quienes recuerdan. Todavía canta el río en algún rincón de la tierra que espera ser defendido.

Vuelve a la raíz. Honra el agua. Habla con los árboles. Recuerda que eres Tierra que camina.


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