No puedes ver tu reflejo en agua hirviendo
¿Cuántas veces has tomado una decisión importante justo en el momento en que estabas más alterado, y luego te has arrepentido?
Todos lo hemos hecho. Hemos mandado ese mensaje que no debíamos. Hemos dicho palabras que no podíamos retirar. Hemos cerrado puertas que quizás valía la pena mantener abiertas. Y no porque seamos malas personas, sino porque en medio de la tormenta interior, nadie puede ver con claridad.
La mente agitada es como un espejo roto: devuelve imágenes distorsionadas. Lo que creemos ver en esos momentos no es la realidad, es el dolor hablando, el miedo interpretando, el ego defendiéndose. Y desde ese lugar, cualquier verdad se vuelve borrosa.
Cuando algo nos enoja, nos asusta o nos lastima, la mente gira, interpreta, exagera, anticipa. Y desde ese estado es imposible ver con claridad quién tiene razón, qué es verdad, qué realmente necesitamos.
No se trata de reprimir lo que sientes. Se trata de aprender a esperar antes de actuar. De darle a la mente el tiempo suficiente para asentarse, como el sedimento en un vaso de agua agitada.
Una práctica para hoy: La próxima vez que sientas que algo te desborda, lleva una mano al pecho, cierra los ojos y haz tres respiraciones lentas y profundas. No para solucionar nada. Solo para dejar que el agua interior empiece a calmarse.
Desde ahí, todo lo que necesitas ver… aparece solo.


