La “edad dorada” del presidente de Bolivia 

Paz que, a diferencia de la mayoría de los jefes de Estado, no había nombrado a Gaza, “sin miramientos ideológicos" fue a darle la mano al mayor extremista de derecha del mundo. ¿Para qué? Si esto no es una muestra de sometimiento ideológico a los EEUU, nadie sabe qué es

La Asamblea General de Naciones Unidas es uno de los principales escenarios de la política mundial. Allí es donde se supone que la humanidad atiende sus problemas: guerras, hambre, cambio climático, migraciones, inteligencia artificial, un orden internacional en disputa... 

El presidente Rodrigo Paz llegó hasta allí y decidió hablar, en especial, de Rodrigo Paz.

Ya lo había hecho en los días previos en Nueva York ante la CAF y el PNUD. Contó que ganó las elecciones con 50.000 dólares, que es “producto del TikTok” y que su hija Catalina tuvo un papel decisivo en la campaña. La cifra ha sido cuestionada. En el cuento omitió deliberarme a Edmand Lara, precisamente el fenómeno de TikTok que lo acompañó en la campaña; tampoco habló del pueblo alteño que empujó su candidatura, y borró de la historia a Fernando Cerimedo, a quien el propio Paz reconoció en agosto (luego del intento de feminicidio de Nadia Beller) como estratega de la segunda vuelta y colaborador de su Gobierno. En la ONU dijo que hizo su campaña solo y sin expertos, como si no decir la verdad cambiara la realidad. A estas alturas, el temor que tenemos los bolivianos es que haya una realidad paralela donde habite el presidente. 

Catalina viajó en la delegación boliviana a Nueva York. Ella no ocupa un cargo que justificara su presencia. Después del escándalo Cerimedo -a quien Paz presentó alguna vez como “profesor de mi hija”- llevar a Catalina no la retiró de la controversia, sino todo lo contrario, volvió a ponerla bajo la lupa... Pero al presidente le gustan hacer estos gestos de patriarca familiar, quizá porque nunca los vio en su infancia. 

Mientras en Bolivia se discutía el dieselazo, la primera dama, María Elena "Bibi" Urquidi, publicaba en X una foto con su marido en un recinto muy lujoso. Era una de las estancias del Lotte New York Palace, el hotel de cinco estrellas en el que Donald Trump ofreció una recepción privada a las delegaciones que asistieron a la Asamblea de la ONU. 

La recepción, insisto, era privada. Por eso la foto parece haberse tomada en uno de los salones adyacentes, sin otras personas en ella que un par de músicos vestidos con el uniforme del hotel (a esas alturas, no se puede correr el riesgo de que el personal se confunda con los “guests”). Era un lugar completamente dorado, con el techo recubierto de pan de oro, las cenefas lo mismo, las cortinas amarillas, las lámparas laterales tenían un diseño neorenacentista y una espléndida araña colgaba del techo gracias a un cable envuelto en un paño dorado. 
Todo este lustro áureo se debía a que la casa principal del hotel de la recepción era una de las grandes construcciones de la Gilded Age, la Edad Dorada de la historia del ascenso imperial de Estados Unidos, que se fecha entre 1870 y 1890. El nombre de este periodo de gran auge económico le quedó de la crítica que le hicieron los intelectuales de este país: una época “dorada por fuera”, en la que aparecieron los grandes millonarios de los ferrocarriles y las industrias y se hicieron palacetes de inspiración europea, pero una época también plagada de injusticias, pobreza y desigualdad. 
El símbolo perfecto ante el que podía sacarse una foto una pareja que vive su época dorada tras hacerse del poder en un país tan pobre que incluso sus ricos dudarían antes de alojarse en las suites del Lotte New York Palace, que cuestan alrededor de 5.000 dólares la noche. 
En política, claro, todo comunica, aunque la mayoría de los periodistas haya desistido de hacer su trabajo de interpretación por flojera o por miedo a incordiar. 
Después llegó el gran discurso. Paz denunció 53 días de bloqueos financiados, dijo, por el “narcoterrorismo”, y luego pidió al mundo inversiones. Reclamó mayor velocidad a los organismos multilaterales para los desembolsos de los créditos de los que su gestión piensa vivir; habló de minerales críticos; de la (baja) cantidad de reservas internacionales del BCB; de la Amazonía y del empleo. Pero incluso allí volvió a su campaña: “Hice solo mi campaña en redes”. ¿Y a quién le importaba eso en la ONU? 

Dijo también que “el socialismo y la ideología no dan de comer”. En realidad, lo dijo otra vez. Solo que esta vez lo hizo después de comprometer la participación de Bolivia en el Escudo de las Américas, iniciativa más ideológica imposible. Al parecer Paz no leyó ni oyó lo que había dicho el anfitrión pocos días antes que él en la misma palestra. 

Además, Paz comenzó su "desideologizado" discurso atacando (sin nombrarlos) a dos símbolos de la izquierda latinoamericana: el muerto Hugo Chávez (nadie comprendió muy bien a cuento de qué) y Evo Morales. 

Sacó una hoja de coca y la levantó para reprochar a Evo Morales por su “traición” a la misma. Fue una alusión casi personal a la gestión de su padre Jaime, cuando este era presidente, que abogaba por un cambio en la percepción internacional sobre la coca. Pero lo que una vez fue tragedia (le costó a Paz Zamora bastantes problemas con el imperio, que entonces era cortejado por los gonistas) ahora se ha presentado como farsa. Primero, porque quien hoy corteja a los gringos es Paz Pereira. Segundo, porque todo el mundo sabe que la coca no se consume en los círculos gubernamentales, ocupados por la alta élite social boliviana. 
Tercero: por suerte el auditorio estaba vacío, porque si alguien de fuera de la numerosa delegación boliviana hubiera escuchado esta parte del discurso de Paz no habría entendido ni papa. "¿Evo el cocalero usó la coca para traicionar a la coca?…”.
El presidente pudo defender la coca como patrimonio cultural, como hicieron otros presidentes bolivianos, comenzando por su padre, pero, en cambio, la usó para pelear con Evo. 
También habló de la diversidad de naciones y culturas que conviven en Bolivia, aunque evitó usar la palabra: plurinacional (“para no parecer masista", habrá pensado). Lo resolvió diciendo: "tenemos muchas naciones dentro de una misma nación". 
Y luego vino Netanyahu. ¡Ay no! Rodrigo Paz se reunió con el primer ministro israelí, sobre quien pesa una orden de arresto de la Corte Penal Internacional por crímenes de guerra y lesa humanidad. Al mismo tiempo, ante la Corte Internacional de Justicia sigue abierto un proceso contra Israel bajo la Convención contra el Genocidio. 
Paz que, a diferencia de la mayoría de los jefes de Estado, no había nombrado a Gaza, “sin miramientos ideológicos" fue a darle la mano al mayor extremista de derecha del mundo. ¿Para qué? Si esto no es una muestra de sometimiento ideológico a los EEUU, nadie sabe qué es.
En resumen, Paz tuvo una oportunidad de mostrarse como un estadista, pero prefirió explicar su TikTok, pelear con gobiernos pasados, mentir y polarizar. ¿Se habrá dado cuenta de que ninguno de estos temas tienen ningún interés para el mundo? ¿Se habrá dado cuenta de que es una contradicción pedir invertir en un país que estuvo secuestrado por el "narcoterrorismo" 53 días? ¿Se habrá dado cuenta de que hablar de paz y reunirse para hablar de frivolidades con Netanyahu es otra contradicción?
Parece que no.
Al final de su “speech” gritó: “¡Viva la patria, carajo!”. Desde los asientos bolivianos, su nutrida comitiva aplaudió con entusiasmo. 
Mientras, en el país el termómetro sube y el fenómeno del Doble Niño está a la vuelta de la esquina.


Más del autor