Microrepresas y alternativas para paliar el Titanic energético boliviano
Llegó el día tensamente esperado: el día del fin de la subvención al consumo de diésel en Bolivia y su nivelación a precios internacionales. Otra vuelta de tuerca a la creciente asfixia energética que afecta al país y que trae un fantasma cada vez más cercano y temible: un colapso energético con graves consecuencias sociales, políticas y económicas. Frente a esa especie de Titanic en curso de colisión, sería bueno saber qué medidas de contingencia se están trabajando. Demagogos, “analistas”, consultoras expertas en cálculos de reservas y las propias petroleras engañaron al país haciendo creer que energéticamente no se hundiría en décadas, sino siglos.
¿Y ahora, habrá la posibilidad de que los políticos den muestras de grandeza y se desarrolle una política de Estado frente a semejante riesgo? La crisis de la hiperinflación de 1985 podría quedar chica frente a una crisis de esa naturaleza en lo que hoy es Bolivia. ¿Podemos imaginar el efecto multiplicador de un alza global en el precio de los hidrocarburos? Porque todo apunta a que se avanza hacia ese fin para satisfacer las condiciones que el Fondo Monetario Internacional puso para conceder préstamos al país.
Basta tan sólo recordar los momentos más críticos del escándalo de la “gasolina basura” o los que se vivió cuando los bloqueos carreteros se multiplicaron. A ello sumémosle caídas abruptas, recurrentes y a veces prolongadas del servicio de electricidad. Eso sucede no sólo en países ya estigmatizados por sus respectivas crisis, como Cuba, Yemen, Sudán y, en algún momento, Ecuador e Indonesia. Eso es “normal” en algunas regiones de Bolivia a las que la pasada bonanza del gas llegó tan sólo a nivel decorativo.
Es el caso específico de los departamentos de Beni y Pando que no fueron interconectados al Sistema Integrado Nacional (SIN). Por lo tanto, dependen de la provisión de diésel, 160 mil litros diarios, para generar electricidad. Lo propio sucede con sus respectivos sistemas de transporte a los que la provisión de carburantes llega en menor cantidad y con mayor tardanza que al resto del país. Ni hablar del gas domiciliario o vehicular. Los cortes, las caídas de servicio, las colas crónicas en los surtidores parecen imágenes sacadas de otros países. Allí lo que sí se va adelantando es la crisis, el colapso.
Lo más grave resulta que para Bolivia en su conjunto la cuenta regresiva hacia ese colapso energético ya empezó y se acorta a cada segundo. Lo más indignante es ver cómo pasaron ya cuatro gobiernos incapaces de prever lo que está hoy tan cerca. Lo más triste constituye el hecho de que diversos expertos han explicado que nuestro país cuenta con condiciones privilegiadas para el desarrollo de energías alternativas. Pero eso también resulta lo más esperanzador.
Según el Atlas Eólico Mundial, en zonas de siete de los nueve departamentos bolivianos hay alto o muy alto potencial para ese tipo de energía. Simultáneamente, el Atlas Solar muestra incluso un potencial mayor para la energía del sol porque abarca los nueve departamentos. Incluso se precisa, a manera de recomendación, que en Bolivia no habría competencia en el desarrollo de ambas, sino una saludable complementariedad.
Pero no sólo hay ese potencial, también suma el potencial de energía geotérmica que se ubica en regiones de Potosí, Oruro y La Paz. Y a ello se añade otra fuente que marca con especial intensidad al país, dada su pertenencia a tres cuencas hidrológicas: la energía hidroeléctrica. Con todo, según diversos estudios, las fuentes alternativas podrían generar más de 30 veces la cantidad de energía eléctrica que hoy se consume en Bolivia. Pero hoy, sólo se llega al 31 por ciento, y, de ello, apenas el 5 por ciento proveniente de las energías solar y eólica. Mientras que el grueso de la producción recae en la languideciente energía basada en el gas natural, probablemente, la amenaza mayor del colapso energético. Sabido es que las fuentes fósiles de energía, con mucha suerte, serán recuperadas dentro de cinco años o más.
En ese escenario, las dificultades adicionales radican en la tortuosa dinámica que marcaron la creación de los contados parques eólicos y solares que hay en Bolivia. Lo que ameritaría un lúcido y efectivo impulso para desarrollarlas. Lo propio ha sucedido con la construcción de grandes represas. Además de que, de entrada y por lo general, conllevan graves riesgos ambientales, de tiempo (tardan hasta décadas), económicos (costos colosales) e incluso estructurales. Desastres en ese sentido son célebres en todo el mundo, incluso uno brasileño afectó a poblaciones benianas en 2014.
Sin embargo, un factor que se muestra como valioso paliativo, justamente de naturaleza hidroeléctrica ha sido descuidado con proverbiales desidia, lenidad y corrupción: las micro hidroeléctricas o micro centrales de energía. Nuestro país parece ser el único del virtual club de países con este potencial que no ha querido desarrollarlo. Las cifras resultan contundentes.
Las experiencias en diversas partes del mundo, sean potencias o pequeños países, hablan por sí solas. China bordea las 50 mil microrepresas hidroeléctricas, Nepal (considerado un ejemplo mundial) cuenta con 3.300, Perú llegó a tener 350… Los ejemplos abundan sea en Francia, Noruega, Indonesia y Bután. El caso nepalí resulta singular porque llegó a organizar que el 20 por ciento de la energía eléctrica nacional llegue por esa vía. Incluso se reporta en algún momento bordeó el 38 por ciento para un país de más de 26 millones de habitantes. Los datos provienen de Practical Action y la FAO.
En Bolivia, donde estamos bendecidos por las cuencas del Plata, el Amazonas y la andina altiplánica las posibilidades quedan a la vista, suenan obvias. El impulso para la construcción de microhidroeléctricas suma tres ventanas de oportunidad en la actual crisis: se abre a múltiples iniciativas, es decir, privadas, estatales, comunitarias, etc; no precisan de grandes inversiones y su construcción resulta mucho más rápida que en los otros casos de fuentes de energía. Es más, hay diversas experiencias en diferentes partes del país, pero, además, se lanzaron en el pasado varias propuestas, incluso con estudios avanzados, que chocaron contra la burocracia y otros males de la política boliviana.
Las autoridades nacionales o, por lo menos, regionales deberían aplicarse sensatamente a esta materia cuanto antes. Y ese llamado suena especialmente urgente para las mencionadas regiones de Beni y Pando. Más todavía: los avances tecnológicos han abaratado costos y multiplicado, por ejemplo, para diversos servicios basados en la electricidad. Energía eléctrica mucho más económica y efectiva que la dependiente hoy del diésel bien podría aliviar las penurias de miles de familias.
¿O es que se torturará a las poblaciones de las regiones amazónicas y de otras a la espera del descubrimiento, desarrollo y explotación de algún milagroso megacampo? Sería bueno saber cuáles son las alternativas al consumo de diésel, gasolina y gas que permitan, por lo menos, paliar el Titanic energético en Bolivia. ¿O es que, al estilo que parece caracterizar al actual régimen, simplemente se esperará a que las cosas sucedan y las medidas deban asumirse por gravedad y tarde?





