La llave que no se oxida: Nadia Beller y el arte de estar siempre del lado correcto del poder

Mata Hari bailaba para oficiales alemanes mientras coqueteaba con los servicios franceses. No importa el bando: lo que importaba era estar cerca de quienes mandaban. La política boliviana, con sus propias coreografías, también fabrica sus Mata Hari. No hace falta espiar: basta con tener un talento extraordinario para aparecer siempre en la antesala del poder, justo cuando las puertas se abren.

Nadia Shirley Beller Delgadillo tiene 33 años, es abogada cruceña y, en apenas siete años, ha logrado lo que muchos políticos construyen en toda una vida: estar cerca de todos los centros de decisión del país. En 2019 fue candidata a diputada plurinominal por Santa Cruz bajo las siglas del Movimiento al Socialismo. No era una militante cualquiera: la periodista Amalia Pando la describió como “una persona muy allegada a Evo Morales” y “muy vinculada a la cúpula del masismo”. Defendió públicamente la reelección indefinida y respaldó la candidatura presidencial del entonces mandatario.

Esa fue la primera puerta. La segunda se abrió con la crisis de noviembre de 2019.

Tras la renuncia de Evo Morales, Beller apareció de manera sorpresiva en las más altas esferas del Gobierno transitorio. El propio Luis Fernando Camacho reconoció públicamente que ella había sido clave para generar acercamientos con sectores sociales que hasta entonces militaban en el MAS. “Nadia Beller me apoyó, previo y posterior a la salida de Evo Morales en el acercamiento a los sectores que eran afines a este”, escribió el líder cívico en Facebook. Más tarde, Beller confesaría que Camacho escuchaba sus conversaciones con autoridades del gobierno de Morales y le daba instrucciones en tiempo real. Operadora, intermediaria, puente: el cargo no importaba, lo que importaba era la función. Y la función era estar en el centro de la negociación.

La tercera parada fue el gobierno de Jeanine Áñez. Beller participó en espacios de negociación entre dirigentes del MAS y el gobierno transitorio. En las fotografías de la época, aparece junto a la presidenta interina durante el diálogo con organizaciones sociales afines al partido que, hasta meses antes, ella misma había representado. Su condición de cruceña y su conocimiento de la cúpula masista la convertían en un nexo perfecto entre el oriente y el occidente, entre los que gobernaban y los que habían gobernado.

La cuarta puerta, la más reciente, es la más desconcertante. Beller ha sido identificada como una figura de influencia política dentro del entorno del presidente Rodrigo Paz. Su expareja, Fernando Cerimedo, es asesor personal del mandatario. Y ella misma, desde una cama de hospital tras recibir tres disparos la noche del 17 de agosto, ha apuntado contra el propio Paz y su círculo.

Cuatro gobiernos. Cuatro espacios ideológicos que, en el papel, no podrían ser más distintos: el MAS de Evo Morales, el movimiento cívico de Camacho, el gobierno transitorio de Áñez, la administración de Rodrigo Paz. Y una misma persona atravesándolos todos, no como espectadora, sino como protagonista de segunda fila: candidata, operadora, negociadora, analista, activista, denunciante.

¿Qué explica esta capacidad de movilidad? El pragmatismo político, dirán unos. El camaleonismo ideológico, dirán otros. La supervivencia, la adaptación, la construcción de redes. Hay una palabra que los políticos profesionales utilizan con desdén cuando no entienden una trayectoria: “oportunismo”. Pero quizá el oportunismo sea una lectura demasiado sencilla para un fenómeno más complejo.

La pregunta incómoda es otra: ¿estamos ante una simple trayectoria de adaptación política o ante una extraordinaria capacidad para permanecer cerca del poder, independientemente de quién lo ejerza? Porque en democracia, cambiar de opinión no es un delito. Las convicciones pueden mutar, los proyectos pueden revisarse. El problema no es el cambio: el problema es el patrón. Cuando una misma figura aparece sistemáticamente en los pasillos del poder, cada vez que el poder cambia de manos, la pregunta sobre la naturaleza de esa presencia se vuelve legítima.

No se trata de acusar de espionaje. No hay evidencia de que Nadia Beller haya extraído información, infiltrado estructuras o actuado como agente de ningún servicio. Se trata de algo más sutil y, en cierto modo, más inquietante: la capacidad de leer el momento político con una precisión casi quirúrgica, de saber qué puerta tocar y en qué momento, de convertir la proximidad al poder en un activo que no se deprecia con los cambios de gobierno.

La política boliviana ha sido, en los últimos años, un campo de batalla de lealtades excluyentes. Ser del MAS o ser de la oposición, ser de Camacho o ser de Áñez, ser de Paz o ser de Evo: las identidades se han vuelto rígidas, las trincheras profundas. Y en medio de ese escenario de bandos irreconciliables, hay quienes parecen moverse con una soltura que desafía todas las clasificaciones.

Mata Hari no era una espía en el sentido técnico. Era una mujer que supo bailar en los salones equivocados, seducir a los hombres correctos y estar siempre donde la información circulaba. Su verdadero delito, quizá, no fue espiar sino saber demasiado sobre cómo funciona el poder. La política boliviana tiene sus propias Mata Hari. Personajes cuya verdadera importancia no siempre está en el cargo que ocupan, sino en las puertas que logran abrir. Y en la misteriosa habilidad para que esas puertas nunca, nunca, se cierren del todo.

Nadia Beller ha sobrevivido a tres balazos. También ha sobrevivido a tres cambios de gobierno. Hay quienes tienen una llave que no se oxida. La pregunta, para quienes observan la política boliviana, no es si esa llave existe. La pregunta es qué abre.

Yacuiba, 19 de agosto de 2026


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