Cuando Lorca deja de pertenecer a los bandos
Federico García Lorca, 90 años de su asesinato
Hay aniversarios que sirven para recordar a una persona. Y hay otros que revelan cómo una sociedad decide recordar su historia. Los noventa años del asesinato de Federico García Lorca pertenecen a esta segunda categoría.
Resulta llamativo que uno de los escritores más universales de la lengua española siga siendo presentado, con demasiada frecuencia, como si su muerte explicara mejor su legado que su propia obra. Como si el fusilamiento hubiera terminado eclipsando al poeta. Como si el símbolo hubiera desplazado al creador.
Lorca fue asesinado un 18 de agosto de 1936, al comienzo de la Guerra Civil española. Ese hecho es indiscutible. Lo discutible es la simplificación que durante décadas ha convertido su figura en patrimonio exclusivo de una determinada lectura política. La historia, sin embargo, suele resistirse a las versiones demasiado cómodas.
Quienes convivieron con él describieron a un hombre difícil de encerrar en etiquetas. Él mismo llegó a definirse como un "anarquista espiritual", una expresión que resume mejor su manera de entender el mundo que cualquier carnet partidario que nunca tuvo. Desconfiaba de la militancia cuando esta amenazaba la libertad del artista, y defendía que la creación debía conservar una independencia que pocas veces sobrevive a las consignas.
Quizá esa complejidad explique por qué su historia sigue incomodando.
Porque Lorca huyó de Madrid buscando refugio en la casa de Luis Rosales, un amigo falangista. Porque su detención estuvo atravesada por rivalidades personales, enemistades familiares y un contexto donde el odio político convivía con viejos resentimientos privados. Porque las tragedias reales rara vez obedecen a un único motivo.
Sin embargo, la memoria pública suele preferir relatos sencillos. Son más fáciles de explicar. También más fáciles de utilizar.
Existe otra paradoja que merece atención. Mientras buena parte del canon clásico es cuestionado periódicamente bajo el argumento de que "ya no resulta vigente", Lorca permanece prácticamente intacto. Sus obras siguen llenando teatros. Bodas de Sangre, Yerma, Mariana Pineda, Doña Rosita la soltera y La casa de Bernarda Alba continúan dialogando con públicos muy distintos entre sí.
No deja de ser curioso.
Sus personajes pertenecen a un mundo rural, cerrado por el honor, la culpa y el destino. Un universo aparentemente lejano del siglo XXI. Y, sin embargo, siguen encontrando espectadores que reconocen en esos conflictos algo profundamente humano. Tal vez porque las grandes tragedias nunca hablan únicamente de su tiempo.
Lorca comprendió algo que sigue siendo cierto hoy: el teatro no funciona cuando describe una época, sino cuando desnuda una emoción.
Su dimensión como poeta resulta todavía más difícil de reducir a cualquier bandera. Fue el gran animador de la Generación del 27. El hombre que llenaba auditorios leyendo romances inéditos. El amigo que convirtió la muerte del torero Ignacio Sánchez Mejías en uno de los poemas más memorables de la literatura española. Y también el observador capaz de detenerse ante un mendigo durante un Jueves Santo y preguntarse quién era realmente el más feliz de los dos.
Ese Lorca íntimo aparece con especial claridad en los diarios del diplomático chileno Carlos Morla Lynch. Allí desaparece el personaje histórico y aparece el ser humano. Quizá sea esa la versión más valiosa del poeta: la que no necesita convertirse en emblema para resultar extraordinaria.
Desde Bolivia, donde el teatro también lucha por preservar la memoria sin convertirse en propaganda, la figura de Lorca ofrece una lección que trasciende la historia española. Las sociedades maduras no necesitan apropiarse de sus artistas; necesitan comprenderlos. Porque cuando un creador termina perteneciendo a un partido, a una ideología o a una consigna, deja de pertenecer plenamente a la cultura.
Y ese es el verdadero riesgo de toda memoria selectiva.
Dentro de diez años, cuando se cumpla el centenario de su asesinato y de aquella guerra que marcó el siglo XX español, ya no quedará ningún testigo vivo de aquellos acontecimientos. Solo quedarán los libros, las obras, los poemas y la manera en que decidamos leerlos.
Quizá entonces convenga recordar que Federico García Lorca no necesitó ser un héroe político para convertirse en un clásico universal. Le bastó con hacer lo más difícil de todo: escribir una verdad humana capaz de sobrevivir a quienes intentaron silenciarla.
Lic. Andrés Grau – Dramaturgo y Dir. Del Centro de Artes Escénicas “artescenic”





