Las mismas viejas trampas

En las últimas semanas me ocurrieron dos cosas que, a primera vista, no tenían ninguna relación: terminé de leer Crimen y castigo, de Fiódor Dostoyevski, una de esas novelas que llevaba demasiados años postergando en mi lista de clásicos pendientes. Unos días antes había visto La Odisea, la reciente versión cinematográfica de Christopher Nolan. Sabía que no iba a encontrar una adaptación literal del poema de Homero, sino la particular mirada del director. La disfruté precisamente por eso. Y mientras avanzaba la película, me fui reencontrando con escenas que había leído durante mi etapa escolar, cuando la historia de Ulises todavía venía acompañada de tareas, resúmenes y controles de lectura.

Entonces apareció una pregunta: ¿cómo es posible que dos historias separadas por más de dos milenios y medio sigan resultándonos tan familiares?

Lo curioso no es que esos libros hayan sobrevivido al paso del tiempo. Lo verdaderamente extraño es que nosotros hayamos cambiado tan poco.

Ulises navega durante diez años intentando volver a casa. Miles de años después, seguimos abandonando hogares, construyendo otros o soñando con regresar al que quedó lejos. Solo cambiaron los mapas. Algunos cruzan océanos en avión; otros atraviesan fronteras a pie o se juegan la vida en botes precarios. La nostalgia sigue viajando con ellos.

Penélope espera. Antes tejía de día y destejía de noche para ganar tiempo. Hoy espera frente a una pantalla que no se ilumina: un mensaje que no llega, una llamada que se demora demasiado. Cambió el telar. No la incertidumbre.

Las sirenas tampoco desaparecieron. Solo aprendieron programación. Ya no cantan desde una isla; vibran en nuestros bolsillos. Cada notificación promete algo urgente, importante o irresistible. Ulises pidió que lo ataran al mástil para no sucumbir a la tentación. Nosotros, en cambio, acudimos a su llamado doscientas veces al día.

Dostoyevski me recordó otra evidencia incómoda: Raskólnikov no solo comete un crimen; antes ha construido toda una teoría para convencerse de que tiene derecho a hacerlo. El escritor ruso muestra así un rasgo muy humano: nuestra extraordinaria capacidad para inventar razones que nos permitan convivir con nuestras propias decisiones. Justificamos nuestros prejuicios, defendemos nuestras certezas y encontramos siempre una explicación elegante para aquello que ya habíamos decidido creer. Las redes sociales no inventaron ese mecanismo; apenas le regalaron un megáfono.

Homero y Dostoyevski no reconocerían casi ninguna de las herramientas con las que vivimos hoy. Hablamos con personas del otro lado del planeta en tiempo real, llevamos bibliotecas enteras en el bolsillo y dejamos que los algoritmos decidan qué noticias leer o qué música escuchar. Cambiamos el pergamino por la nube, la carreta por el automóvil y la carta manuscrita por WhatsApp.

Pero seguimos enamorándonos igual. Sentimos culpa, envidiamos, tememos, dudamos, esperamos y buscamos un lugar al que llamar hogar.

Las herramientas cambian. Los dilemas humanos, no.

Hace algún tiempo decidí empezar a llenar esos vacíos de lectura que uno va acumulando a lo largo de la vida, convencido de que siempre habrá tiempo para los grandes clásicos. Crimen y castigo era una deuda personal. Al salir de ver La Odisea, comprendí que los clásicos no sobreviven por ser antiguos, sino porque siguen hablándonos con una inquietante actualidad.

Esa es, después de todo, una buena definición de un clásico: un espejo extraordinariamente resistente. Uno en el que cada generación termina descubriendo el mismo rostro… aunque lleve ropa distinta. Cambiamos el caballo de Troya por el algoritmo. Pero seguimos cayendo, con admirable ingenuidad, en las mismas trampas de siempre.

 


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